Un Oldsmobile 88 Convertible avanzaba por Springs-Fireplace Road, en East Hampton, Long Island, la tarde del 11 de agosto de 1956. Al volante iba Paul Jackson Pollock, uno de los artistas más influyentes de Estados Unidos. Tenía 44 años. Lo acompañaban Ruth Kligman, una joven artista con quien sostenía una relación amorosa, y Edith Metzger, amiga de Kligman, en el asiento trasero. Pollock había consumido alcohol. En un instante, perdió el dominio del vehículo, se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol.
El impacto fue brutal. Pollock falleció casi de inmediato, al igual que Metzger. Kligman sobrevivió con heridas graves. La noticia sacudió al mundo del arte estadounidense. Pero esa tragedia no solo apagó la vida de un hombre; también interrumpió una carrera que había transformado la historia de la pintura.
Pollock logró algo excepcional: hizo que el proceso de pintar fuera tan relevante como la imagen final. Colocaba enormes telas en el suelo, caminaba a su alrededor, dejaba caer, salpicaba y escurría pintura sobre la superficie hasta convertir cada movimiento en parte de la obra. A eso se le llamó action painting, y él fue su máximo representante.

Los primeros pasos de un genio errante
Paul Jackson Pollock nació el 28 de enero de 1912 en Cody, Wyoming, en una familia modesta. Era el menor de cinco hermanos. Su infancia transcurrió entre constantes mudanzas por el oeste de Estados Unidos. Su padre, Leroy Pollock, trabajó en labores agrícolas y administración de propiedades, llevando a la familia por California, Arizona y otros estados. Creció lejos de los grandes centros culturales. Sin embargo, desde muy joven mostró inclinación por el dibujo y la pintura.
En 1928, aún adolescente, se mudó a Los Ángeles e ingresó a la Manual Arts High School. Allí tuvo como maestro a Frederick Schwankovsky, quien lo introdujo en corrientes artísticas y espirituales alejadas de la enseñanza tradicional. Era talentoso, pero impulsivo y con problemas de alcohol, una lucha que lo acompañaría toda la vida.
En 1930 siguió a su hermano Charles hasta Nueva York, donde comenzó su formación artística seria. La ciudad era un hervidero cultural. Estudió con Thomas Hart Benton, figura clave del regionalismo estadounidense, quien enseñaba una pintura figurativa y monumental, muy vinculada a la vida del país. Pollock aprendió de él, pero también empezó a distanciarse. La influencia de Benton se nota en sus primeras obras, sobre todo en el movimiento y la organización de las figuras. Pronto, sin embargo, buscó otros caminos. Durante los años treinta conoció el muralismo mexicano y a artistas como José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.
También descubrió la obra de Pablo Picasso, que marcó profundamente su evolución. Pero aún estaba lejos de convertirse en el revolucionario de la pintura estadounidense.

La década oscura y el encuentro decisivo
Los años treinta fueron duros. Pollock trabajó para el Federal Art Project, un programa del New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt que daba empleo a artistas durante la Gran Depresión. Fue una época de aprendizaje y supervivencia. Su estilo aún no se definía por completo: sus pinturas eran figurativas, expresionistas y, a menudo, sombrías.
Mientras tanto, sus problemas personales se agravaban. El alcohol se volvió una presencia constante. Intentó dejar de beber en varios momentos y buscó ayuda psicológica. La relación entre su estado anímico y su producción artística se convertiría en uno de los temas más debatidos de su biografía.
Pero en la década de 1940 apareció Peggy Guggenheim, coleccionista y galerista, una de las mujeres más influyentes del arte moderno. Quedó impresionada con la obra de Pollock. En 1943 le ofreció un contrato con su galería, Art of This Century, en Nueva York. Fue el punto de inflexión. Pollock recibió respaldo económico y visibilidad. Sobre todo, encontró un espacio para desarrollar una pintura cada vez más personal. Su trabajo comenzó a abandonar las figuras reconocibles; los cuerpos, animales y símbolos se fueron disolviendo.
En esos años también entró en su vida Lee Krasner. Era una artista formada, inteligente y comprometida con la pintura. La relación se consolidó y se casaron en 1945. Krasner fue mucho más que su esposa: comprendía su trabajo, debatía con él, lo alentaba y trataba de ayudarlo cuando el alcohol amenazaba con destruirlo.

Ese mismo año se mudaron a The Springs, una zona rural de East Hampton. Allí Pollock encontró lo que necesitaba: espacio. Y en ese lugar comenzó la etapa que lo convertiría en leyenda.
El nacimiento del dripping
Pollock dejó de usar el caballete. Colocaba las telas enormes directamente sobre el suelo. Esa decisión, aparentemente simple, transformó su relación con la obra. Podía caminar alrededor, acercarse, alejarse, girar. Entonces empezó a dejar caer la pintura. No solo usaba el pincel para tocar la superficie: lo empleaba para lanzar, gotear o arrastrar pintura. También utilizaba palos, espátulas y otros objetos. La pintura caía desde diferentes alturas, formando redes, manchas y líneas. El movimiento del artista quedaba registrado en la tela. Eso fue el dripping, y Pollock lo convirtió en un lenguaje propio.
En 1949, la revista Life publicó un artículo que lo catapultó a la fama. La portada preguntaba: “¿Es él el mayor pintor vivo de Estados Unidos?”. De pronto, un artista que había pasado años luchando por vender sus cuadros se volvió una figura pública. Sus enormes obras eran discutidas por críticos, coleccionistas y público. Unos las veían como revolucionarias; otros, como simples manchas. Pero nadie podía negar que algo había cambiado.
Pollock consiguió que la acción de pintar formara parte de la obra. Ya no se trataba solo de contemplar una escena: había que imaginar al artista moviéndose alrededor de la tela, lanzando pintura, cambiando el ritmo. El cuadro era el resultado de una acción. Por eso se convirtió en el action painter.

El costo del éxito
La fama no resolvió sus problemas. Siguió luchando contra el alcoholismo. La presión aumentó. Su producción cambió. Después de los grandes cuadros abstractos de finales de los cuarenta, regresó parcialmente a imágenes y figuras reconocibles. Algunas obras fueron bien recibidas; otras causaron desconcierto. El artista sabía que había llegado a un punto difícil de superar. La técnica que lo había convertido en estrella también podía convertirse en una prisión.
Mientras tanto, su relación con Krasner pasaba por momentos complicados. Ella intentaba sostenerlo y ayudarlo a recuperar el control. Pero Pollock alternaba períodos de sobriedad con recaídas. En 1956, su carrera aún era importante, pero su vida personal estaba cada vez más desordenada. Y llegó aquel verano trágico.
El 11 de agosto de 1956, Pollock salió en auto con Ruth Kligman, de 26 años, y Edith Metzger, de 25. En algún momento, mientras conducía por Springs-Fireplace Road, perdió el control y se salió de la carretera. El choque contra un árbol fue mortal. La muerte puso un punto final inesperado a la trayectoria de uno de los artistas más importantes de Estados Unidos.
Lee Krasner estaba en Europa cuando recibió la noticia. Regresó de inmediato. Había perdido a su marido, pero también a un hombre cuya carrera ayudó a sostener durante años. A partir de entonces se dedicó a preservar su obra y su legado. No permitió que la historia de Pollock se redujera solo a su alcoholismo o a su muerte. Sabía que detrás del hombre destruido por sus excesos existía un artista extraordinario.
El tiempo le dio la razón. Las obras de Pollock adquirieron un valor creciente. Su influencia se extendió por generaciones. Su manera de trabajar transformó la pintura estadounidense y contribuyó a desplazar el centro del arte moderno de París a Nueva York. El expresionismo abstracto se convirtió en uno de los movimientos fundamentales del siglo XX, y sus pinturas quedaron en el centro de esa transformación.
Hoy, al contemplar una tela de Pollock, cuesta imaginar el escándalo que provocaron cuando aparecieron. El espectador ya conoce el lenguaje. Las salpicaduras, las líneas, las capas y las manchas son parte del vocabulario del arte moderno. Pero en la década de 1940, aquella forma de pintar parecía casi una provocación.
Fuente: Infobae