Rodar en celuloide sigue siendo el sueño de muchos cineastas. Aunque la industria audiovisual abandonó este material hace más de una década, directores como Steven Spielberg, Alfred Hitchcock y Billy Wilder representan una época en la que el cine se hacía de forma orgánica y artística. Sin embargo, hoy solo unos pocos continúan usando este soporte, y hacerlo se ha convertido en un símbolo de prestigio.
Entre los años 2000 y 2015, un 83 % de las películas más taquilleras se rodaron en celuloide. No fue hasta 2012 cuando el formato digital superó al tradicional. Dentro de los defensores del celuloide destaca Christopher Nolan, quien desde El caballero oscuro (2008) comenzó a filmar algunas secuencias en IMAX, buscando una mayor inmersión. Este proceso lo llevó a rodar Oppenheimer en 65 mm, alternando color y blanco y negro, y combinando IMAX con gran formato.
Con La Odisea, Nolan da un paso más: es el primer filme narrativo rodado íntegramente en IMAX 70 mm. Para lograrlo, IMAX rediseñó sus cámaras, ya que en su estado normal sonaban como máquinas de coser industriales, lo que impedía captar diálogos de los actores.
Actualmente, solo 41 salas en todo el mundo pueden proyectar La Odisea en IMAX 70 mm a pantalla completa. El resto de espectadores la verá en celuloide de 35 mm o 70 mm, IMAX digital o digital estándar. ¿Cómo cambia esto la experiencia?
Un fotograma puede tener muchas formas
Imaginemos fotografiar una misma imagen con el móvil en horizontal y luego en vertical. Lo que está delante no cambia, pero la ventana a través de la cual vemos es diferente. En modo panorámico captamos más información a los lados y menos arriba. En vertical, encaja mejor la figura humana pero perdemos el paisaje. Esto es lo que en cine llamamos relación de aspecto: la proporción entre ancho y alto del fotograma. Es distinto al soporte o la resolución, aunque suelen estar vinculados.
La televisión tiene una proporción de 16:9. El formato IMAX tiene una proporción de 1.43:1, casi cuadrada. Se capta sobre una tira horizontal de película, donde cada fotograma ocupa 15 perforaciones. Este es el negativo más grande para cine comercial hoy, lo que implica mayor nitidez, detalle y calidad por incluir más información.
El resto de versiones recortan este formato original. El IMAX digital lo reduce a 1.90:1; el Dolby Cinema lo presenta en 2.39:1 o 1.85:1 según la sala; y la copia en 35 mm anamórfico (la más habitual) se proyecta en un rectángulo mucho más panorámico, de 2.39:1. En el formato 70 mm sin IMAX (ofrecido en algunos cines) también se pierden detalles en las partes superior e inferior, pero la copia mantiene la textura del celuloide original.
Volviendo al tamaño, cuanto más se aleja del 1.43:1 original, más información se pierde por arriba y por abajo, hasta recortar un tercio de lo que captó la cámara. El ancho no cambia, el recorte solo afecta al eje vertical. El lector puede consultar la comparativa en la página oficial de la película.
Se pierde, sobre todo, información de la periferia de la imagen, como techos y cielos. Estos son espacios por los que circulan los personajes y que permiten sentir inmersión. Lo que normalmente no se pierde, si el director ha trabajado bien el encuadre, son los elementos narrativos centrales –rostros, gestos, acción principal–, porque suelen situarse en la zona que sobrevive a cualquier recorte.
La crítica especializada que ha comparado las distintas copias de La Odisea coincide en que la experiencia no cambia tanto como cabría esperar. La versión en 35 mm recorta la imagen y aumenta ligeramente su textura, pero el relato sigue llegando con la misma claridad en todos los formatos. Esto puede deberse a que Nolan y su director de fotografía, Hoyte van Hoytema, han tenido en cuenta cómo se recortará la imagen en sus diferentes versiones para que ningún elemento fundamental quede fuera.
¿Para qué?
Entonces, si el resultado final es tan parecido en cualquier sala, ¿por qué filmar en un formato mucho más caro que casi nadie podrá disfrutar al completo?
La respuesta procede, en parte, de la historia del cine y, en parte, de la estrategia del propio director. Los grandes formatos han funcionado tradicionalmente como una marca de prestigio, de espectacularidad dentro de la industria, y actúan como reclamo de los espectadores. El fotograma más grande permite decir que se ha rodado con el mejor formato posible, un argumento que en el cine comercial reciente ha pesado tanto como cualquier razón puramente narrativa.
A ello se suma la justificación de la inmersión: cuanto más grande y más “cuadrado” sea el fotograma, menos distancia sentirá el espectador respecto a la pantalla, que ocupa casi completamente su campo de visión. En este caso, Christopher Nolan, además, lo usa como seña de su identidad como autor. En un mundo digital, es de los pocos que todavía mantiene las raíces del celuloide.
La Odisea resume el deseo de muchos directores de aunar la teoría sobre la pureza del formato original con un razonamiento que impulse el beneficio económico. De hecho, es su expresión más extrema hasta la fecha: una película pensada para el 1.43:1 pero fabricada, fotograma a fotograma, para sobrevivir a todos los recortes que le esperan fuera de esas 41 salas.
Fuente: Infobae