Invenciones sobre Babasónicos, publicado por la editorial Gourmet Musical, reúne doce textos de autores que abordan la obra del grupo desde la interpretación y la lectura cultural, con edición de Sebastián Chaves.
Lejos del molde biográfico, el libro se presenta como un dispositivo de análisis y exploración del universo creativo de Babasónicos. Entre sus firmantes están Pablo Schanton, Leo Oyola, Tamara Tenenbaum, José Bellas, Julieta Habif, Pablo Plotkin, Gabriel Orqueda, Luis Paz, Juan Barberis, Olivia Pranteda y Andrea Guzmán, además del propio Chaves.
El enfoque editorial definido sostiene que cada disco, show, videoclip o entrevista del grupo “se aparece como un manifiesto tan elástico” que esquiva la bajada de línea y abre paso a la fantasía. “En ese limbo entre idea e imaginación”, cada capítulo funciona como “punto de debate”.
A continuación, se comparte el ensayo de Pablo Plotkin, titulado “La ciudad según Babasónicos”. Plotkin, quien dirigió la edición local de la revista Rolling Stone y es autor de la novela distópica Brasil del Sur y guionista de la serie Cromañón, construye un recorrido por las geografías urbanas que habitan las canciones del grupo.

La ciudad según Babasónicos
El tema más contundente y exitoso de Babasónicos se despliega sobre el paisaje de Once. Con la batería de Panza como columna vertebral y la guitarra de Mariano Roger en modo relámpago, Dárgelos lanza un imperativo: “Trae a casa mi rock & roll”. Esa frase, que cierra Infame (2003), condensa la canción más inequívocamente porteña del conjunto: un pequeño filme ambientado en Balvanera, el corazón comercial de Buenos Aires conocido como Once. Allí confluyen comunidades judía, peruana, árabe y surcoreana; y también fue escenario de tragedias como el atentado a la AMIA (1994), el incendio de República Cromañón (2004) y el accidente del tren Sarmiento (2012), que en total dejaron al menos 331 muertos, evidenciando la corrupción y el deterioro argentino.
Sin embargo, Babasónicos no ofrece una crónica social ni un retrato costumbrista. Su Once se ubica en una zona intermedia entre el realismo alucinado de Sumo y el lirismo barrial de Spinetta Jade. Es una ficción construida como un plano secuencia deslumbrante, un rock épico tocado por una banda en su cénit. El protagonista es un anónimo que despierta desnudo en una calle cualquiera. Al inicio, una “chica yanqui” lo encara y, como un oráculo, lo conduce a través de un portal similar a la medina de Fez. En ese laberinto, las cosas se deforman al ritmo de la música. La “mersa medieval” de marroquinerías y mercerías, la atmósfera densa de los talleres textiles, lugares que parecen catacumbas detenidas en el tiempo, desembocan en la manguera de un narguile, la cola de la bestia mutante que es la ciudad. En esa expedición caleidoscópica, Dárgelos suelta la palabra “chaparral” y aparecen ortodoxos mesiánicos, viudas y mendigos. Mientras, desde los coros, emergen jóvenes que bailan ajenos a todo: una fuga dionisíaca entre los escombros.
Las pocas referencias urbanas explícitas de Babasónicos suelen ser terminales ferroviarias, puntos de encuentro de multitudes en tránsito entre la periferia y el centro, con olores, baratijas, música, prostitución y venta de sustancias. En Orfeo, tema de Discutible (2018), Dárgelos traslada al mítico héroe griego a la capital argentina. Como el hijo de Apolo y Calíope, capaz de hechizar a hombres y fieras, ese personaje es un mesías musical que busca conocer a su audiencia para liberarla y manipularla a la vez. La letra dice:
“Busco emanciparlos de la duda y dejarlos en Constitución / para que vean que hay que desprenderse del grillete / de violencia e ignorancia que arrastramos”.
La estación Plaza Constitución, cabecera del ferrocarril Roca, es la puerta de entrada a la ciudad para los habitantes del sur del conurbano, como Lanús, municipio con zonas de clase media y baja, de donde provienen algunos integrantes de Babasónicos. Dárgelos, que creció con su hermano Diego a seis cuadras de la estación, se definió alguna vez como “un resento de zona sur”. Constitución, una de las terminales más grandes del mundo, donde su padre tenía un kiosco de diarios, también aparece en 4 AM, balada de Miami (1999). En esa suerte de “She’s Leaving Home” sónica, el narrador es un emancipador en ciernes: alienta a la chica a fugarse de la casa paterna de madrugada. La letra menciona: “Nos encontramos en Plaza Constitución / y no sabías dónde ibas”. A diferencia del tema de McCartney, que alterna con la perspectiva de los padres, 4 AM se centra en el enamorado que dice “huye conmigo, abandona a los demás”, asegurándole que ese lugar ya no es su hogar.
Otra pieza clave, Fizz, de Jessico (2001), describe el viaje del suburbio al centro como un tránsito entre realidades. Ese disco marcó el inicio del rock del nuevo siglo. En 2021, Spotify lanzó el podcast “Tan freak y tan popular: Jessico 20 años”, donde la banda rememora la grabación y su impacto. Dárgelos menciona que la versión final sonaba “desguarnecida”, pero el productor Andrew Weiss, coresponsable de la impecable producción junto al grupo, estaba convencido de que Fizz era una joya: un caramelo relleno de una sustancia carbonatada y rabiosa. Hizo todo para convencerlos de incluirla. Diego Tuñón, por su parte, sostiene en ese podcast que en Babasónicos manda la belleza, y es tirana, por lo que las chances de descartarla eran mínimas.
Quien haya asistido a la presentación de Jessico en el Gran Rex recordará la sensación de estar ante algo novedoso en la conquista mainstream de Babasónicos. Era la cristalización de un rock argentino con una enorme capacidad de síntesis: la belleza tóxica de guitarras simples, los paisajes sonoros de Tuñón y la voz de Dárgelos guiando una expedición de los barrios marginales hacia un centro fascinante e implacable, con el cemento gris y el neón. Más allá de la crítica social, el montaje musical de Fizz define el viaje: la salida del suburbio por el rock. Cuando Dárgelos canta “Cruza a vuelo sobre el puente / lo distrae la corriente / piensa en ello / y no hay marcha atrás”, se percibe el traqueteo de un tren diesel sobre las aguas del río Matanza-Riachuelo.
Esa es la Buenos Aires de Babasónicos: la transición interna pesa más que la geografía. La ciudad no es un mapa de calles y túneles, sino un estado mental, un delta de promesas oscuras, un espectáculo vivo. Esa apropiación sensorial se manifiesta en Adiós en Pompeya, de Discutible, una épica en cámara lenta que evoca el instante previo a la erupción del Vesubio. No hay coordenadas explícitas, salvo la ambigüedad del título. Como en la muestra “Pompeya” del pintor Nahuel Vecino, cercano a Dárgelos, la banda conecta la ciudad romana sepultada por la lava con Nueva Pompeya, barrio tanguero del sur porteño, junto al Puente Alsina, otro umbral entre el centro y la periferia, que inspiró a La Renga en “Voy a bailar a la Nave del Olvido” (1991) y su luna sobre los techos.
Eso remite a 2 Minutos, otra banda surgida en Lanús, precisamente en la localidad de Valentín Alsina. Mientras en 1994 ellos cantaban al orgullo agridulce de pertenecer a un margen desolado, con amigos convertidos en policías, cerveza en los kioscos y peleas callejeras, Babasónicos soñaba en Trance zomba (también de 1994) con montañas de agua, patinadores sagrados y transfiguraciones arbóreas. La referencia de Babasónicos era el Bowie que emergió de la mugre de Brixton como una criatura andrógina y fluorescente. No se trataba de narrar la aldea, sino de trascenderla: de ahí que su mirada sobre el conurbano y Buenos Aires sea poética y no documental.
El colmo, una de las mejores canciones del grupo, incluida en Anoche (2005), aborda la saturación y el deseo de fuga. Puede leerse como una alegoría de la fama o de la imposibilidad de la soledad en la era digital. Hacia el final del estribillo, la ciudad se vuelve metáfora: el último refugio donde el narrador podría perderse, transformado en el murmullo de una ciudad que ya no lo reconoce.
Finalmente, Aduana de palabras, de Romantisísmico (2013), explora la relación ambivalente de un escritor con su arte. La letra dice: “Todas esas palabras que no puedo ni quiero escribir / me desesperan / todas esas palabras que de pudor no saben, hablan por mí”. Pero su punto de partida es alguien que observa y saluda desde el otro lado del vidrio. La gran ciudad vuelve a cobijar al que quiere diluirse, perderse como el replicante de Blade Runner. “Bajo el influjo de las lámparas mata-insectos”, todos somos iguales, panteras negras buscando algo desconocido. La ciudad en Babasónicos es el gran borrador, un lugar para transformarse o desaparecer, y la playa final adonde Dárgelos irá por una nueva vida o por su yo invisible cuando la aventura del rock termine, aunque sabemos que nunca terminará.
Fuente: Infobae