La caída de avistamientos de ballenas jorobadas en el suroeste de Australia y la aparición inusual de albatros y petreles frente a la costa este abrieron interrogantes sobre posibles alteraciones en el océano Austral, según Phys.org. A fines de junio, los observadores registraron cifras un 60% por debajo de lo habitual.
La respuesta breve es que esos hechos podrían ser una señal de cambios inusuales, pero esa relación aún no está confirmada. Phys.org, que republicó un artículo de The Conversation, vinculó esas anomalías con olas de calor marinas persistentes y advirtió que el monitoreo en esa región sigue siendo limitado.
Una semana después de la alerta por las ballenas, observadores de aves describieron como un hecho “único en la vida” la aparición de grandes cantidades de albatros y petreles que rara vez se ven frente a la costa este australiana. Muchas de esas aves estaban en mal estado y aparecieron a miles de kilómetros de sus zonas habituales de alimentación en el océano Austral.
Esos avistamientos se produjeron pocas semanas después de que se confirmara el primer caso australiano de gripe aviar H5N1 altamente patógena en un ave marina migratoria moribunda. El artículo no presenta ese episodio como prueba de una causa común, sino como parte de un contexto reciente que incrementó la preocupación.
Qué cambios se observan

Mary-Anne Lea y Christopher Chapman plantean que, si aves marinas y mamíferos alteran sus desplazamientos, eso puede reflejar cambios en corrientes, condiciones meteorológicas o disponibilidad de presas.
Según Phys.org, los océanos del mundo atraviesan temperaturas muy elevadas y las olas de calor marinas también pueden afectar regiones antárticas frías. En especies adaptadas a aguas de entre 2 y 6 ℃, un aumento de apenas unos grados puede desordenar ecosistemas enteros.
Desde febrero, una extensa y persistente ola de calor marina afecta las aguas que rodean las islas Heard y McDonald, en Australia, y se extiende hasta el borde del hielo marino antártico. A ese fenómeno se le suma otra que impacta desde abril en el sur del mar de Tasmania, probablemente vinculada al fin de una sucesión de episodios de La Niña.
Ambas zonas figuran entre las que más rápido se calientan en el planeta. Los autores sostienen que el avance del cambio climático puede volver estos fenómenos más intensos, frecuentes y duraderos.
Lo que enseñan otros episodios de calor marino

Para buscar referencias, el texto recuerda lo ocurrido entre 2014 y 2016 en el Pacífico norte, cuando una ola de calor marina extrema permaneció durante muchos meses. El artículo señala que ese episodio pasó a conocerse como “the Blob”.
Las temperaturas del agua subieron entre 2 ℃ y 6 ℃ por encima de lo normal y el impacto ecológico fue amplio. Al menos 240 especies aparecieron fuera de sus áreas habituales, algunas más al norte de lo que se había registrado hasta entonces.
Ese episodio hizo desaparecer bosques de kelp, causó la muerte de ballenas, dejó aves marinas sin alimento y favoreció floraciones de algas tóxicas. A partir de ese antecedente, los autores plantean que la baja en avistamientos de ballenas y la presencia inusual de aves podrían estar ligadas a una versión menor de ese fenómeno.
La investigación citada también indica que este contexto altera la alimentación de depredadores marinos como los pingüinos pequeños en Tasmania. Además, detectó cambios importantes en la composición del zooplancton, una fuente clave de alimento para aves marinas, ballenas y peces, en los mares costeros de esa región.
Los autores añaden que ya en 1997-98 otros investigadores observaron que aguas superficiales más cálidas en el océano Austral dificultaban a las hembras de lobo fino antártico encontrar presas mientras criaban a sus cachorros. En el Atlántico sur, la muerte de cachorros y adultos es cada vez más frecuente y la población cayó en torno a 1,5 millones en los 15 años previos a 2022.
Por qué los científicos piden más monitoreo

El artículo insiste en que el conocimiento disponible no avanza al mismo ritmo que el calentamiento. También advierte, según Phys.org, que el monitoreo en el océano Austral sigue siendo insuficiente para confirmar si las señales detectadas en Australia obedecen de forma directa a esas anomalías térmicas.
Los autores piden seguir a largo plazo a especies clave y, al mismo tiempo, observar las condiciones ambientales en zonas de cría, alimentación y en sus fuentes de comida. Añaden que ese trabajo exigiría coordinación nacional, cooperación internacional y apoyo sostenido, porque es costoso, lento y complejo.
Un sistema de vigilancia de ese tipo permitiría a las autoridades reaccionar con mayor rapidez, por ejemplo al reducir o desviar barcos pesqueros si cae de golpe la cantidad de peces, y señalar áreas que requieren más protección.
La advertencia final del análisis difundido por Phys.org es que, sin una observación más constante de estos mares fríos, las señales tempranas seguirán llegando antes que las respuestas.
Fuente: Infobae