Ciudades que unen generaciones: la clave para envejecer mejor

Ubicar el parque resultó sencillo; hallar su entrada, no tanto. El GPS indicaba que estaba justo al frente, pero solo se veía la estación de tren. Tras varios minutos de vueltas, un grupo de personas mayores sentadas en bancos cercanos —con sus cuchicheos y risas— señaló el camino: detrás de los árboles, dando la vuelta y cruzando por un costado. No hubo una sola voz, sino un coro de desconocidos que terminó orientando a quien estaba perdido. Los urbanistas hablan de accesibilidad, movilidad y seguridad vial; los arquitectos discuten materiales, sombras y pendientes. Pero en ese coro ocurría algo que ningún plano sabe medir: una parte de la salud pública del siglo XXI.

Durante décadas, las respuestas al envejecimiento se buscaron dentro del cuerpo: hospitales, medicamentos, gimnasios, suplementos, genética. Todo eso importa. Sin embargo, a medida que las sociedades envejecen, surge otra pregunta: ¿qué papel juega la ciudad en la posibilidad de seguir perteneciendo al mundo? No solo de caminar, sino de formar parte activa.

Mucho tiempo se habló de ciudades “amigables con los mayores”. Era un avance, pero mantenía una lógica de compartimentos: aquí juegan los niños, allá hacen gimnasia los adultos mayores, más allá los adolescentes, en otro edificio los jubilados. Una sociedad que convivirá con cuatro o cinco generaciones vivas al mismo tiempo necesita otra cosa: lugares donde esas generaciones sean vecinas cotidianas, no invitadas ocasionales.

Durante mucho tiempo medimos la vida social preguntando cuántos amigos tenía alguien, cuántas reuniones mantenía por semana. La investigación más reciente sobre espacio público empieza a mostrar que también hace bien compartir un lugar con otros aunque no medie conversación. Leer rodeado de gente. Sentir que uno forma parte de un paisaje humano (Imagen ilustrativa Infobae)

Investigadores de Barcelona siguieron durante días a personas mayores con dispositivos GPS y acelerómetros para observar su uso de la ciudad. Descubrieron que la presencia de espacios verdes, árboles y bancos se asociaba con más tiempo fuera del hogar y mayores niveles de actividad física. Un banco deja de ser un simple mueble urbano: es un permiso para salir. Para alguien que teme cansarse, saber que podrá sentarse cada doscientos metros agranda el barrio. El territorio termina donde desaparece la posibilidad de descansar.

Sin embargo, no cualquier banco produce comunidad. Un asiento perdido frente a una avenida no funciona igual que uno junto a una rambla, un mercado, una escuela o una plaza donde pasan cosas. La arquitectura no fabrica amistades, pero puede reducir la distancia entre desconocidos. Puede hacer que sea natural mirar jugar a unos niños, comentar el clima, señalar el camino a alguien perdido o reconocer la cara de quien se sienta cada mañana en el mismo lugar.

Eric Klinenberg, sociólogo que trabajó el concepto de infraestructura social, sostiene que bibliotecas, plazas, mercados, cafés y veredas no son solo escenarios de la vida colectiva: son parte de la infraestructura que la hace posible. Cuando desaparecen esos lugares, desaparecen miles de interacciones mínimas que sostienen la sensación de pertenecer a un mundo compartido.

Las relaciones no dependen solo de las personas, sino también de los lugares donde tienen oportunidades de encontrarse una y otra vez. El problema no siempre es la falta de plazas; muchas veces es la falta de tiempo para habitarlas o la falta de diseño que invite a quedarse.

Al regresar del parque, me senté en una mesa donde jóvenes tomaban cañas y parejas cincuentonas disfrutaban de vermuts. Pedí una Vichy bien fría y abrí el libro que acababa de comprar en la librería cooperativa de la esquina: Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Michka ya no puede vivir sola y debe ir a una residencia. Cada página es un acto de amor, gratitud y también melancolía. “Pongo todo mi empeño, pero no funciona, siempre acabo hablándole como si fuera una niña y se me rompe el corazón pues sé muy bien qué tipo de mujer ha sido. Sé que ha leído a Doris Lessing, a Sylvia Plath y a Virginia Woolf, que aún está suscrita a Le Monde y que sigue leyendo el diario de cabo a rabo todos los días”. Descubrí a Michka y empecé a quererla en medio del parloteo de las mesas vecinas y las miradas lentas de los mayores que poblaban los bancos.

Hay una diferencia importante entre interacción y compañía. Durante mucho tiempo se midió la vida social preguntando cuántos amigos tenía alguien, cuántas llamadas recibía, cuántas reuniones mantenía por semana. La investigación más reciente sobre espacio público muestra otra dimensión: también hace bien compartir un lugar con otros aunque no medie conversación. Leer rodeado de gente, mirar pasar la tarde, reconocer las caras habituales, sentir que uno forma parte de un paisaje humano.

El sociólogo Eric Klinenberg, uno de los que más trabajó el concepto de infraestructura social, sostiene que las bibliotecas, las plazas, los mercados, los cafés y las veredas no son solo escenarios donde transcurre la vida colectiva: son parte de la infraestructura que la hace posible (Imagen ilustrativa Infobae)

La buena ciudad no obliga a relacionarse. Hace posible que la relación ocurra cuando aparece la ocasión.

Jan Gehl, arquitecto danés que transformó la forma de pensar el espacio público, explica que las ciudades generan primero actividades necesarias: ir al trabajo, hacer compras, llevar a un hijo a la escuela. Si el espacio está bien diseñado, aparecen luego las actividades opcionales: caminar sin apuro, sentarse, mirar, quedarse. Solo cuando existen esas actividades opcionales florecen las actividades sociales. Nadie sale de casa con el objetivo de conversar con un desconocido; antes debe haber un motivo para permanecer.

Ese argumento ayuda a entender por qué no basta con copiar modelos urbanos exitosos. Una rambla puede parecerse a otra; una plaza puede tener los mismos árboles, bancos y farolas. Pero si el alquiler expulsó a los vecinos, si los comercios cotidianos fueron reemplazados por negocios para turistas, si sentarse implica consumir, si nadie tiene tiempo para quedarse, la arquitectura pierde gran parte de su potencia. El espacio público sin vecinos que lo habiten no es espacio público: es escenografía.

Las ciudades del futuro tendrán que aprender una lección incómoda. No basta con hacerlas más accesibles. Habrá que hacerlas más habitables, no solo para quienes tienen movilidad reducida, sino para quienes necesitan un motivo para salir de casa aunque no tengan nada urgente que hacer.

En Buenos Aires se discuten veredas, bicisendas, plazas, estacionamientos, tránsito. Casi nunca se pregunta si una persona de ochenta años tiene un lugar donde sentarse a mirar jugar a sus nietos sin sentirse de más, si hay una silla disponible que no obligue a consumir, si un jubilado, una madre con un cochecito y un adolescente pueden coincidir en el mismo espacio sin tener territorios asignados. La pregunta no es si hay plazas, sino si esas plazas tienen razón de ser para quien no tiene apuro.

La arquitectura no fabrica amistades, pero puede reducir la distancia entre desconocidos. Puede hacer que sea natural mirar cómo juegan unos chicos, comentar el clima, señalar el camino a alguien que se perdió o simplemente reconocer la cara de quien se sienta todas las mañanas en el mismo lugar (Imagen ilustrativa Infobae)

La longevidad está cambiando la pregunta. Ya no se trata solo de cuánto vamos a vivir, sino de cómo vamos a compartir esos años. Tal vez las ciudades del futuro no necesiten inventar demasiadas cosas nuevas, sino recordar algo muy antiguo: que una buena ciudad no es la que hace circular personas, sino la que consigue que quieran quedarse un rato más. Porque es durante ese rato —mientras alguien lee un libro, otro toma un vermut, un grupo de niños juega y un coro de desconocidos ayuda a encontrar un parque— cuando una sociedad deja de ser una suma de individuos y vuelve a convertirse en comunidad.

Al regresar a la casa donde me hospedo, me pierdo en las calles pequeñas de casas bajas del centro histórico. Un grupo de mujeres charla en medio de la calle, sentadas en tres sillas comunes de cocina, con los pies casi rozándose y gestos amplios. Detrás de ellas, un grupo de niños juega a la mancha. Es tan difícil caminar entre unos y otros que invita a quedarse.

Sigo caminando y dudo si habré visto el pasado o son apenas recuerdos del futuro.

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.

Fuente: Infobae

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