El calor extremo acelera el desgaste de baterías en autos eléctricos

Las olas de calor cada vez más intensas y los veranos extremos representan un reto para los vehículos eléctricos, especialmente para sus baterías, el componente más costoso del automóvil. Con temperaturas que en muchas regiones de España superan los 40 grados con frecuencia, los especialistas señalan que el calor acelera el deterioro de estos sistemas de almacenamiento energético y aconsejan adoptar ciertos hábitos para alargar su vida útil.

“El calor es el peor enemigo de tu batería”

resume el divulgador en movilidad eléctrica Máximo Sant.

Esta advertencia surge en un contexto de episodios de calor extremo cada vez más habituales durante el verano. Aunque las baterías están preparadas para funcionar en condiciones exigentes y los autos cuentan con sistemas de gestión térmica para su protección, Sant sostiene que el manejo que realice cada conductor sigue siendo clave para mantenerlas en buen estado por más años.

Cada ciclo de carga y descarga del auto implica el movimiento de iones dentro de la batería. Este desplazamiento continuo causa un desgaste natural de las celdas que, con el tiempo y los ciclos, reduce progresivamente su capacidad para almacenar energía. Ese deterioro es inevitable, pero, según Sant, puede ralentizarse si se evitan ciertos hábitos que lo aceleran.

“Si cuidas el coche, dentro de diez años seguirás teniendo una batería prácticamente como nueva”

asegura.

El calor acelera el desgaste de las baterías

De las tres recomendaciones que plantea el especialista, la primera que destaca en pleno verano está relacionada con la temperatura. Sant advierte que el calor es el principal enemigo de las baterías, especialmente cuando se superan los 45 grados.

Aunque los vehículos eléctricos disponen de sistemas para controlar la temperatura de la batería, el experto sugiere reducir al máximo la exposición del auto al sol cuando sea posible. Entre las medidas más simples se encuentran estacionar en un garaje o buscar sombra durante las horas de mayor radiación.

También recomienda evitar iniciar una carga inmediatamente después de que el vehículo haya permanecido largo tiempo bajo el sol o tras un trayecto con mucho calor. En esos casos, aconseja dejar que la batería se enfríe antes de conectarla al cargador. Algunos modelos, recuerda, cuentan incluso con sistemas que la acondicionan antes de comenzar la recarga.

Un vehículo eléctrico se carga en una estación futurista con pantallas holográficas que muestran el progreso de la carga y el uso de energía limpia. (Freepik)

Evitar los extremos de carga y abusar de la carga rápida

Más allá de la temperatura, Sant menciona otros dos hábitos que impactan directamente en la degradación de la batería. El primero se refiere al nivel de carga. Para explicarlo utiliza una comparación cotidiana que llama el “efecto buffet”. Al igual que una persona no debería comer en exceso ni estar demasiado tiempo sin hacerlo, una batería tampoco funciona de manera óptima cuando permanece constantemente al 100% o completamente descargada.

Por ello, recomienda aplicar la conocida regla del 20-80: mantener habitualmente la batería dentro de ese rango y evitar tanto las cargas completas como las descargas profundas en el uso diario. Según explica, ese equilibrio reduce el estrés en las celdas y ayuda a frenar su deterioro.

Cuando el vehículo vaya a estar parado por un periodo prolongado, el consejo varía ligeramente: lo ideal es dejar la batería aproximadamente al 50%, un nivel intermedio que favorece su conservación mientras no se utiliza.

El experto, sin embargo, introduce una excepción. Las baterías de litio-ferrofosfato (LFP), empleadas en algunos modelos de Tesla y MG, pueden cargarse habitualmente hasta el 100% sin que esto perjudique su estado, ya que presentan un comportamiento distinto al de otras químicas.

La tercera recomendación se enfoca en la carga rápida. Sant reconoce que este sistema es muy útil para recuperar autonomía durante un viaje largo, pero desaconseja convertirlo en el método habitual de recarga. Para ilustrarlo lo compara con un chute de cafeína: puede ser muy útil en momentos puntuales, pero no conviene abusar. Su recomendación es usar la carga lenta siempre que sea posible y reservar la carga rápida para desplazamientos donde realmente sea necesaria.

Como ejemplo, el especialista muestra una comparación sobre la evolución de una batería según el tipo de recarga utilizado. Según esos datos, una batería cargada principalmente con carga lenta puede alcanzar alrededor de 3.500 ciclos, mientras que otra usada casi exclusivamente con carga rápida se quedaría en torno a los 1.200 ciclos.

La diferencia también se nota en la capacidad que conserva la batería con el tiempo. De acuerdo con esa comparativa, tras diez años una batería sometida mayoritariamente a cargas lentas mantendría aproximadamente el 91% de su capacidad inicial, frente al 68% que conservaría otra utilizada únicamente con cargas rápidas.

Las tres recomendaciones buscan un mismo objetivo: retrasar el desgaste natural de un componente cuyo estado condiciona tanto la autonomía del vehículo como su valor con el paso de los años.

Fuente: Infobae

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