Mientras las plataformas digitales se inundan de postales de playas exóticas y mercados lejanos, una corriente silenciosa emerge entre los jóvenes que, cansados del consumo turístico desenfrenado, eligen como opción deliberada permanecer en su hogar o trasladarse a zonas rurales. Lo que antes se consideraba una señal de resignación o limitaciones económicas, hoy se interpreta como una postura cultural propia. Disfrutar de maratones de películas en casa o series de Netflix se valida como un plan igual de legítimo o incluso superior.
El diario suizo Le Temps publicó este lunes una reflexión al respecto, incluyendo testimonios de distintas personas. Una editora de vídeo francesa llamada Vanille comenzó llevando la vida que suele esperarse en redes sociales, pero la experiencia no resultó positiva. A principios de 2024, se mudó con su pareja, Jordi, a Tokio, en el vibrante distrito de Shibuya. La iniciativa fue de él, y ella sufrió una gran decepción. “Enseguida me sentí sola y aislada”, confesó en TikTok tras varios meses en Japón.
“Ya no quería llevar una vida nómada. Sentía la necesidad de sentar cabeza de verdad.” En febrero de 2026, la pareja abandonó Asia y se instaló en Normandía, región donde Vanille creció, en una casa de entramado de madera a 40 minutos en coche de la ciudad más cercana. “Mi vida es como la de una mujer de 80 años”, afirma. Una existencia tranquila, en contacto con la naturaleza, dedicada a reformar la vivienda y a disfrutar de bebidas calientes bajo una manta. “Una vida muy alejada de esta constante necesidad de consumir”, agrega.
Un fenómeno aún minoritario
Casos como el de Vanille se han multiplicado en los últimos años en las redes, aunque los especialistas piden prudencia antes de calificarlo como tendencia. El geógrafo Jean-Christophe Gay lo considera directamente un epifenómeno: el turismo local sigue siendo marginal. Gay sostiene, según recoge el periódico suizo, que los medios de comunicación y las plataformas sociales le otorgan una cobertura desproporcionada a este fenómeno de “quedarse en casa” o hacer turismo de proximidad, generando la impresión de que es una moda masiva cuando en realidad continúa siendo algo minoritario.

Sin embargo, algo se está moviendo. El geógrafo Rémy Knafou observa un renovado interés por las zonas rurales, impulsado por varios factores convergentes: la pandemia de coronavirus, el redescubrimiento de regiones cercanas, el auge del turismo lento y una atracción renovada por los bosques. Pero Knafou matiza: “En última instancia, suelen ser las élites las que regresan tras largos viajes”. Personas que ya han recorrido el mundo y ahora buscan paz, autenticidad y un sentido de pertenencia que el aeropuerto no puede ofrecer.
¿Cansancio del turismo?
Esa saturación tiene también una dimensión filosófica. Para Juliette Morice, autora del ensayo Renunciar a los viajes: Una indagación filosófica (PUF, 2024), el agotamiento del turismo surge de una fatiga de la propia mirada turística. “Al ver constantemente turistas con los que no queremos identificarnos, terminamos por dejar de querer ser uno de ellos”, explica la filósofa a Le Temps. Detrás de la fantasía del viaje auténtico se oculta a menudo una decepción: la de llegar a un lugar ya fotografiado, ya experimentado, ya agotado por millones de visitantes anteriores.
Las redes sociales han acelerado esa paradoja. Durante años, plataformas como Instagram o TikTok convirtieron los viajes en un símbolo de distinción social: un fin de semana en Lisboa, una estancia en Bali, la vida en furgoneta por Noruega. Viajar dejó de ser solo vacaciones para convertirse en una forma de demostrar la suerte de poder hacerlo. Pero a medida que los viajes se democratizaron y se exhibieron masivamente en redes, perdieron parte de su exclusividad simbólica. Cuando todo el mundo viaja y lo publica, quedarse en casa empieza a parecer la opción más diferenciadora.
¿Qué les queda por descubrir a quienes ya completaron el Erasmus, la visa de trabajo y el sueño de vivir en el extranjero? Según recoge Le Temps, a menudo no mucho: solo la sensación de haberlo visto todo antes de cumplir los 30. En ese escenario, el huerto del jardín, la reforma de una casa en el campo o simplemente una tarde de películas en la cama pueden ser, paradójicamente, el verdadero lujo de la temporada.
Fuente: Infobae