Por años, los paleontólogos se han enfrentado a un complejo rompecabezas al intentar descifrar si una hendidura en un hueso fósil fue provocada por los dientes de un depredador o por simples procesos geológicos. Distinguir una mordedura real de una marca natural es crucial para comprender las dinámicas de los ecosistemas prehistóricos, y cualquier error puede llevar a conclusiones completamente equivocadas sobre el comportamiento de especies extintas.
Una reciente investigación publicada en la revista PLOS One, liderada por C. T. Siviero y su equipo de la Universidad de Loma Linda, ha dado un paso firme para resolver este misterio. Los científicos desarrollaron un método meticuloso para separar las auténticas marcas de dientes de otras similares, lo que ayuda a prevenir conclusiones apresuradas sobre si un dinosaurio cazaba, comía carroña o padecía una enfermedad ósea.

De acuerdo con los investigadores, una depresión minúscula en un fósil posee un enorme valor informativo, pero también un alto riesgo de ser malinterpretada. Por ello, el equipo se enfocó en generar pautas mucho más estrictas para el análisis de estas marcas, evitando así conclusiones equivocadas sobre la ecología de los dinosaurios.
Metodología aplicada en la Formación Lance
El estudio se centró en una vasta colección de fósiles provenientes de la Formación Lance, en Wyoming (Estados Unidos). Este yacimiento data del Maastrichtiense, la etapa final del período Cretácico, ocurrida entre 72 y 66 millones de años atrás. El sitio ha proporcionado miles de fósiles, siendo la mayoría pertenecientes al Edmontosaurus annectens, un dinosaurio herbívoro conocido por su característico pico de pato.

En una meticulosa labor, el equipo inspeccionó 3.013 huesos. Para ello emplearon lupas de aumento, microscopios digitales y tomografías computarizadas en aquellos especímenes con perforaciones sospechosas. Esta tecnología permitió observar el interior de las marcas y determinar su verdadero origen con alta precisión.
Inicialmente, apenas 13 fósiles mostraron señales compatibles con mordeduras. Sin embargo, las tomografías revelaron que una de esas piezas albergaba en realidad un foramen natural, una abertura por la que pasaban vasos sanguíneos y nervios, descartándose así la hipótesis de una mordida.
Resultados: solo 12 mordeduras genuinas
Tras el riguroso filtro, la investigación concluyó que únicamente 12 de los 3.013 huesos analizados conservaban marcas genuinas de dientes. Estas se encontraron en costillas, vértebras, un radio y un cúbito del Edmontosaurus.

Las marcas auténticas se presentaban en diversas formas:
- Perforaciones profundas que atravesaban el hueso.
- Largos arañazos producto del deslizamiento de un diente sobre la superficie ósea.
- Surcos paralelos muy finos que conservaban la impronta de los dentículos de una dentadura serrada.
La extraordinaria rareza de estos vestigios convierte a cada fósil marcado en una fuente invaluable de información sobre las interacciones entre depredadores y presas del Cretácico tardío.
La evidencia en los dientes del T. rex
Para identificar a los responsables de las marcas, los investigadores midieron la separación entre las estrías en los huesos y las compararon con la distancia de los dentículos en dientes fósiles de depredadores de la misma zona.
Entre los patrones de marcas hallados, los científicos identificaron los icnotaxones Knethichnus parallelum y Linichnus serratus, ambos asociados a dentaduras serradas, típicas del temible Tyrannosaurus rex.

La densidad y forma de las estrías coincidían exclusivamente con la dentadura del T. rex. En cuatro de los huesos, las evidencias señalan a este icónico depredador como el responsable más probable, aunque algunas mordeduras menores podrían pertenecer a cocodrilos u otros carnívoros de la época. Las diminutas estrías dejadas por los dentículos permitieron una identificación con un alto grado de certeza.
Comportamiento combinado: caza y carroñeo
Un dato revelador del estudio es que la mayoría de las mordeduras no presentaban señales de curación ósea. Esto indica que las heridas fueron infligidas cuando el animal ya estaba muriendo o había muerto, apuntando fuertemente a un comportamiento de carroñeo más que de caza activa en esos casos específicos.

No obstante, la investigación descarta la idea de que el T. rex fuera un carroñero exclusivo. La conclusión del equipo es que, al igual que los grandes depredadores de la actualidad, el ‘rey tirano’ combinaba la caza activa con el consumo oportunista de carroña. Esta estrategia flexible le permitía ahorrar energía vital y aprovechar cualquier fuente de alimento disponible en su ecosistema.
Un nuevo paradigma para la paleontología
El principal legado de esta investigación es el desarrollo de criterios robustos para diferenciar las auténticas marcas de dientes de otras alteraciones óseas. Muchos agujeros y surcos atribuidos durante décadas a mordeduras podrían ser en realidad producto de enfermedades, erosión, actividad de otros organismos o simples estructuras anatómicas naturales.
Los hallazgos exigen una mayor prudencia a la hora de reconstruir escenas de caza o interacciones entre especies extintas. Este nuevo método permitirá revisar fósiles estudiados durante décadas y revaluar con una precisión inédita la verdadera dinámica entre depredadores y presas en los ecosistemas del pasado remoto.
Fuente: Infobae