El cine de Hollywood ha perpetuado la imagen del gladiador como un semidiós de músculos perfectos, pero la arqueología acaba de desmontar ese mito. National Geographic ha sacado a la luz un fascinante retrato de estos combatientes en la antigua Roma: lejos de ser un simple espectáculo de sangre, estos hombres fueron los símbolos sexuales de su época, aunque por razones muy distintas a las que muestra la ficción.
Lo primero que sorprende es su apariencia física. En lugar del cuerpo esculpido que todos imaginamos, los gladiadores reales tenían una complexión robusta y fornida. Este aspecto no era casualidad, sino el resultado de una dieta vegetariana cargada de carbohidratos. Su alimentación se basaba en enormes cantidades de sagina, un guiso de cebada y legumbres que los propios romanos llamaban, sin rodeos, “relleno”.
Esa dieta generaba una gruesa capa de grasa subcutánea que cumplía una función vital en la arena: actuar como un escudo natural para proteger los órganos internos. Esto permitía que los golpes y cortes fueran más vistosos y sangrientos para el público, pero con menor riesgo de muerte. El espectáculo estaba asegurado.
Las inscripciones encontradas en los cuarteles de Pompeya ofrecen una ventana directa a la mentalidad de estos luchadores. Cresces, un retiarius —el que peleaba con red y tridente—, se jactaba sin pudor de “atender a las chicas de noche, de mañana y a toda hora”.
Celadus el Tracio (Thraex), que combatía con escudo pequeño y espada curva, se autodenominaba el “ídolo y orgullo de las chicas”. Ambos, juntos, se proclamaban “los señores de las chicas”.
No eran solo ellos quienes se veían así. El poeta Marcial ensalzó al luchador Hermes llamándolo el “favorito y pasión” de las ludiarum, un término coloquial para las mujeres fascinadas por los gladiadores. Incluso Tertuliano, el teólogo cristiano, se lamentaba de que los hombres entregaran sus almas y las mujeres sus cuerpos a estos combatientes.
Las huellas imborrables de la arena
La vida de un gladiador dejaba marcas profundas, y no solo en la arena. El examen forense de los esqueletos hallados en un cementerio de gladiadores en Éfeso (actual Turquía) reveló que estos hombres tenían los dientes en peor estado que el resto de la población de la época. La causa: su dieta blanda y el enorme estrés físico y psicológico que reducía la producción de saliva. Ese deterioro dental, según detalló National Geographic, se traducía en un mal aliento permanente.
El entrenamiento constante también dejaba su firma. Plinio el Viejo documentó el caso de Studiosus, un Thraex al servicio del emperador Calígula, que tenía el brazo derecho más largo que el izquierdo. Esta asimetría no era una excepción.
En un cementerio de gladiadores en York (Reino Unido), de los 74 esqueletos de hombres jóvenes exhumados, uno de cada 7 presentaba un brazo más desarrollado que el otro, una deformación similar a la de los arqueros medievales. Era la huella imborrable de años de entrenamiento repetitivo.
El casco y las armas también dejaban cicatrices. El satirista Juvenal describió a Sergio, un gladiador que logró seducir a la esposa de un senador, como un hombre con una marca en la frente y una protuberancia en la nariz, producto del roce del yelmo. Todo ello, sumado a las cicatrices de guerra, conformaba su atractivo.
Los restos óseos de Éfeso y York muestran traumas por fuerza cortante y contundente, muchos de ellos curados. Un hallazgo particularmente impactante es el de un gladiador de Éfeso que, ya retirado como entrenador, logró sobrevivir a la amputación de una pierna.
El secreto de su atractivo: la transgresión y el peligro
Entonces, ¿qué convertía a estos hombres corpulentos, malolientes y llenos de cicatrices en objetos de deseo? La respuesta, según National Geographic, es una mezcla de la atracción por la violencia y el atractivo de la transgresión social. Juvenal lo explica sin ambages: lo que cautivaba a la esposa del senador de Sergio era simple y llanamente su oficio.
“Era gladiador, eso convierte a cualquiera en un Adonis… Es el acero lo que aman”.
El poeta juega con las palabras: ferrum (acero) aludía tanto a la espada gladius como a un eufemismo sexual en el latín coloquial.
La clave estaba en su condición social. Los gladiadores ocupaban el escalón más bajo de la escala social romana. Eran prisioneros de guerra, criminales, esclavos y hombres libres que habían renunciado a su estatus jurídico al jurar “ser quemados, encadenados, golpeados y muertos con el acero”. Su vida no les pertenecía.
Esa condición de parias, paradójicamente, los hacía irresistibles para las mujeres de la élite. La novela El Satiricón, de Petronio (siglo I d. C.), cuenta la historia de una doncella que describe a su ama como una de esas mujeres que el espectáculo de la arena “ponía en llamas”. Su mayor placer no era verlos pelear, sino besar las marcas del látigo en sus cuerpos. La transgresión era, en sí misma, el mayor de los afrodisíacos.
Fuente: Infobae