Han pasado cuatro semanas desde el doble terremoto y ya no quedan espacios para retórica ni justificaciones. El documento de Transparencia Venezuela presenta una realidad difícil de aceptar: el desastre no se originó con el sismo, sino mucho antes, cuando el Estado dejó de cumplir su deber de preparación para proteger a la ciudadanía.
El 24 de junio la naturaleza sacudió violentamente La Guaira, Caracas, parte de Falcón y Carabobo, y halló un país donde los centros hospitalarios ya estaban saturados, los sistemas de monitoreo sísmico prácticamente desmantelados y las entidades funcionando con más propaganda que capacidad operativa real.

Las cifras son contundentes. En las primeras 24 horas, el gobierno interino de Delcy Rodríguez apenas movilizó el 12,6 % de la capacidad de rescate. En 48 horas solo alcanzó el 34,6 %. En naciones acostumbradas a terremotos como Chile, ese despliegue supera el 70 % en el mismo lapso. La diferencia no es geográfica, sino entre destinar recursos a la protección ciudadana o a perpetuarse en el poder.
Mientras el llamado ‘Rodrigato’ organizaba conferencias de prensa y ajustaba cifras que variaban día a día, quienes realmente salvaron vidas entre los escombros de más de cien edificios derrumbados fueron los propios vecinos. Con palas, picos y manos desnudas, más del 80 % de los sobrevivientes fueron rescatados por ciudadanos antes de que llegara una respuesta oficial efectiva. Una vez más, Venezuela comprobó que la solidaridad funciona mejor que el Estado.
Y no se debió a falta de recursos, porque los ha habido en abundancia; fue por años de abandono y corrupción. Un país con inmensas riquezas terminó enfrentando una de las peores tragedias de su historia con hospitales sin insumos, sistemas de alerta reducidos al mínimo y organismos incapaces de reaccionar cuando cada minuto marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.

Ahora comienza otra fase igualmente peligrosa: la reconstrucción. Miles de millones de dólares deberán asignarse para levantar ciudades enteras. Sin transparencia ni controles independientes, el riesgo es evidente: que la corrupción de la “revolución del siglo XXI”, ahora bajo el mando de Delcy Rodríguez, vuelva a hacer negocios con el dolor de las víctimas.
El doblete sísmico derrumbó edificios. El informe de Transparencia Venezuela derrumbó un relato, porque dejó claro que la verdadera tragedia no fue solo un fenómeno natural, sino comprobar que, cuando más se necesitaba un Estado, lo que apareció fue un inmenso vacío.
La tierra dejó de temblar hace semanas. El abandono, en cambio, sigue generando réplicas.
Fuente: Infobae