El 24 de mayo de 2002, Daniel Bajaña decidió montar un emprendimiento en una esquina de Urdenor 2, en el norte de Guayaquil. Allí instaló una carreta y preparó bolones con queso, chicharrón y mixtos.
En ese momento no había filas ni clientes esperando. Ese primer día apenas vendió cinco o diez unidades. Sabía que lo que deseaba alcanzar todavía estaba mucho más lejos de lo que imaginaba, aunque nunca pensó en abandonar el puesto.
“Yo sabía que iba a seguir adelante”, dice al recordar aquella mañana en la que los bolones costaban entre $ 0,75 y $ 1,25. La ciudad que antes conocía recorriendo barrios enteros como repartidor de periódicos pasó a desfilar frente a él en la esquina.
Vio aumentar el tránsito, aparecer nuevas viviendas y crecer un sector que, según recuerda, lucía muy distinto cuando comenzó.
“Antes por aquí casi ni carros pasaban. Ahora hay bastante tráfico”, comenta mientras observa el movimiento constante de vehículos frente a su negocio.
Durante los primeros años el puesto era conocido como El Rey del Bolón. El nombre que hoy identifica al local apareció por casualidad. Una clienta pidió un bolón más grande de lo habitual y, cuando Daniel terminó de prepararlo, comentó que parecía una cabeza de niño. La frase hizo reír a quienes estaban cerca y terminó quedándose.
Desde entonces, quienes llegan al lugar ya no preguntan únicamente por un bolón mixto o de chicharrón. La mayoría pide directamente un “cabeza de niño”, una versión de mayor tamaño que terminó convirtiéndose en el producto conocido del negocio.
La compañera de vida de Daniel, Rosa Navas, explica que la preparación arranca en la tarde anterior con el chicharrón y los aliños. Luego se levantan a las cinco de la mañana para continuar con el resto del proceso.
“El verde se pela en la madrugada y se fríe en ese momento porque no puede enfriarse. Si se enfría, ya no sirve para preparar el bolón, porque se pone duro”, explica mientras continúa con la preparación del desayuno.
El negocio funciona en familia: Daniel atiende junto con Rosa y sus hijos se suman cuando terminaba sus actividades. Cada integrante conoce su función y participa en la elaboración de los bolones que salen en la mañana. “Trabajamos en familia. Gracias a Dios, nos ha ido bien todo este tiempo”, dice Rosa.
Aunque él calcula que cada día vende alrededor de cien bolones, reconoce que nunca lo ha contado con exactitud. Lo que sí recuerda son los lugares desde donde han llegado sus clientes.
“Han venido personas de Estados Unidos, de Cuenca, de Ambato y de Quito. Un cliente hasta se llevó diez bolones para España”, complementa Daniel.
El cambio de oficio nunca le hizo olvidar los años en los que recorría Guayaquil en su bicicleta entregando diarios.
Asegura que ese trabajo le enseñó disciplina y constancia, cualidades que terminó llevando al pequeño puesto instalado en Urdenor 2.
Emprender, dice, significa aceptar días con mucho movimiento y otros más tranquilos, sin dejar de abrir el negocio. “Hay momentos buenos y hay momentos bajos, pero hay que estar ahí”, afirma.
Julio sin duda trae mayor movimiento por las fiestas de la ciudad. El puesto seguirá abriendo a las ocho de la mañana y atiende hasta cerca de las dos de la media tarde.
El bolón de queso cuesta $ 2,50; el de chicharrón, $ 3; el mixto, $ 3,50; y el famoso “cabeza de niño” tiene un precio de $ 6,50.
Daniel también alienta a aquellos que realmente no se atreven a realizar un emprendimiento por miedo a lo que puede pasar a futuro. “Hay que llegar y trabajar. Mientras la comida sea buena, la gente vendrá”. (I)
Fuente: El Universo