En 1983, el escritor argentino Jorge Luis Borges publicó una breve obra en formato de plaquette titulada Un argumento, editada por Ediciones Dos Amigos en Buenos Aires, con una tirada de apenas 36 ejemplares. Este texto, de apenas tres páginas, encierra una propuesta narrativa tan provocadora como poco conocida: invertir por completo la trama de la novela Diario de la guerra del cerdo (1969), de su amigo Adolfo Bioy Casares.
Borges escribió:
«He imaginado el argumento de una novela que por razones de ceguera no escribiré, y que sería el reverso de la admirable Guerra del cerdo, de Bioy Casares. El tema de ese libro es una conjuración de los jóvenes contra los viejos; el tema del mío, cuya redacción queda a cargo de cualquiera de mis lectores, es una conjuración de los viejos contra los jóvenes, de los padres contra los hijos».

Para llevar a cabo esta conjura gerontocrática, Borges barajó varios mecanismos literarios. Uno de ellos, tomado del cuento «El caso del difunto míster Elvesham» de H.G. Wells, donde un anciano logra transferir su alma al cuerpo de un joven mediante una droga. El joven despierta con la boca desdentada, la cara arrugada y encerrado en un asilo, mientras el viejo ocupa su cuerpo. La producción industrial de una pócima similar habría permitido un exterminio masivo de jóvenes, arrebatándoles su vitalidad sin necesidad de matarlos físicamente. Sin embargo, Borges optó por otros caminos para su propuesta.
La literatura previa ya había explorado el odio hacia la vejez, o gerontofobia. El crítico Enrique Anderson Imbert realizó un minucioso rastreo de estos antecedentes, impulsado precisamente por la obra de Bioy. Entre ellos destacó: Los destructores (1954) de Graham Greene; Los diarios de Mallot (1965) de Robert Nathan, donde se usa el término pig («cerdo») para designar a los ancianos; Cazadores de viejos (1966) de Dino Buzzati; y la propia Diario de la guerra del cerdo (1969) de Bioy Casares.

Anderson Imbert, en su estudio, rechazó la tesis de Ana María Barrenechea de que la novela de Bioy implicaba una defensa de la oligarquía, y demostró que la ambientación correspondía al primer peronismo, no a 1969 como se creía. Para Borges, el acicate más cercano fue sin duda el cuento «Cazadores de viejos» (1966) de Buzzati, que el propio Borges admiraba profundamente. Incluso incluyó El desierto de los tártaros de Buzzati en su Biblioteca Personal, con un elogio poco habitual en él: «Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. […] Hay nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati».
Buzzati también escribió un breve cuento de Nochebuena con un giro humorístico: en la tradición italiana de arrojar trastos viejos por la ventana en Año Nuevo, las miradas de la familia convergen hacia la abuela sentada en la cabecera de la mesa. El relato concluye con puntos suspensivos, dejando el destino de la anciana a la imaginación.

Tras la obra de Bioy, otras narraciones extremas continuaron explorando el exterminio de los mayores. Es el caso de Matar a los viejos (2001) de Carlos Droguett, de fuerte trasfondo político chileno, y la más reciente El asesino de viejos (2024) de David Magrañal, donde se justifica el genocidio por el peligro de la superpoblación mundial, eliminando a los mayores de 80 años. El filósofo alemán Romano Guardini ya había denunciado esta actitud en su libro Las edades de la vida (1960): «Nuestra época solo ve vida en la situación juvenil».

Borges, con un golpe de timón, invirtió la gerontofobia en neofobia. En Un argumento sugirió que la acción transcurriera en Lomas de Zamora o Morón, en la última o penúltima década del siglo XIX, descontextualizando el conflicto para insinuar que siempre ha existido. Recomendó evitar lo que Bioy llamaba «el peligro amarillo» —la superpoblación de personajes— y sugirió que no pasaran de diez, pues reprobaba «las muchedumbres de la novela rusa». Incluso indicó que dos de ellos debían parecerse para que el lector los confundiera.
Los protagonistas serían los ancianos. Sus motivaciones: unos, enfermos o postrados, envidian la salud juvenil; otros, avaros, no quieren que sus hijos hereden sus bienes; un anciano sereno y lúcido piensa que los jóvenes «pueden ser presa de cualquier fanatismo y son incapaces de la cordura». Algunos jóvenes serían cómplices sin saber que su destino ya está sellado. «Un padre puede convertir a su hijo e iniciarlo en la secta, para sacrificarlo después», escribió Borges. Incluso apeló a referencias librescas: el trunco sacrificio de Abraham o el canto trigésimo tercero del Infierno.
El texto original, tras su publicación en plaquette, apareció después en el diario Clarín (7 de abril de 1983), en el suplemento de Unomásuno de México (14 de mayo de 1983), en la compilación Los novelistas como críticos (1991) y finalmente en Textos recobrados 1956-1986. Hasta hoy, nadie ha aceptado el desafío borgesiano de escribir la novela neofóbica que propuso.
Borges no alcanzó a ver las señales de la «silverización de la sociedad» que gradualmente comienza a despertar. Como contrapunto, el artículo recuerda la clásica escultura de Bernini donde Eneas lleva sobre sus hombros a su padre Anquises y de una mano al pequeño Ascanio, mientras sostiene los penates lares. Una imagen que articula las tres generaciones de la vida, frente a la guerra de edades que Borges imaginó.

Fuente: Infobae