La pintura al temple, considerada la técnica más antigua de la que se tiene registro, resurge en la obra de Ramiro Pasch. Este joven artista bonaerense ha decidido retomar un método que marcó las creaciones de Botticelli, Miguel Ángel y Leonardo, basado en la mezcla de pigmento en polvo, agua y un aglutinante orgánico como la yema de huevo.
En tiempos donde el óleo y los sintéticos dominan, Pasch apuesta por una especie de vieja alquimia, rescatando un saber que muchos consideraban anecdótico. Su trabajo se caracteriza por un proceso laborioso que se refleja en composiciones donde la paciencia y el detalle son protagonistas.
Las obras que presenta en Primum Mobile, su exposición individual en la galería ALMACÉN 47 —dentro del marco de Central AFFAIR, en galerías Larreta—, son pequeñas pero de una riqueza visual que exige contemplación detenida.

En entrevista, Pasch explica que su búsqueda es doble: por un lado, actualizar una técnica casi desplazada como el temple al huevo; por otro, construir un imaginario donde la pintura gótica medieval, el surrealismo y los arquetipos simbólicos coexisten en escenas que, según define, “se extienden en el tiempo” más que en el espacio.
La apuesta técnica tiene consecuencias concretas: cada temple requiere una superficie rígida de madera preparada con gesso, capas acuosas y transparentes, y un ritmo de trabajo lento. Pasch señala que una pieza pequeña puede demandarle “un mes o tres semanas por lo menos”, mientras que las acuarelas, también presentes en la exhibición, necesitan menos tiempo.
Su llegada al temple surgió como una evolución natural: primero trabajó en tinta, luego sumó acuarela, y al sentir que había alcanzado “un techo”, recurrió al temple para obtener “un poco más de peso, un poco más de volumen”, incluso en sentido físico en las obras.
Pasch se dedica principalmente al dibujo, la acuarela y el temple al huevo. Su producción se centra en la construcción de universos narrativos donde se cruzan símbolos, mitología, filosofía y espiritualidad, explorando la tensión entre lo visible y lo oculto.

Primum Mobile toma su nombre de un concepto astronómico y filosófico medieval: el “primer móvil”, la esfera celeste que se creía impulsaba el cosmos y el origen del tiempo. Desde esa referencia, el artista reflexiona sobre el origen, la transformación, los opuestos y aquello que permanece oculto detrás de lo visible.
“El primum mobile es el primer movimiento, es la idea de que existe algo que dio movimiento al mundo. Ese principio puede llamarse Dios, Big Bang o huevo primigenio, pero en todos los casos refiere a una fuerza inicial única de la que deriva todo lo demás”, dijo Pasch.
En su obra, la técnica no es un mero ornamento, sino parte del sentido. El temple le permite convertir la trama, la superposición de capas y la escala reducida en una forma de mirar más lenta. Los detalles, en ese formato pequeño, invitan al ojo a acercarse, a construir una narrativa de la observación por sobre lo evidente.
Pasch define sus piezas como objetos de observación demorada: “Mis obras se extienden por ahí, no tanto en el tamaño, en el espacio, porque son pequeñas, pero sí en el tiempo”. Compara el proceso con “una pieza de relojería”, pues utiliza pinceles redondos de acuarela entre el cero y el dos para construir detalle por detalle, sin perder el control de la composición.

Al describir el procedimiento, Pasch destaca el componente “tan alquímico” de la preparación material. La pintura se aplica sobre tabla con gesso porque necesita una base “muy rígida, pero también absorbente”; si se usara sobre lienzo, la flexibilidad del soporte quebraría la capa pictórica.
El punto decisivo está en la imposibilidad de mezclar libremente sobre la superficie, como ocurre con el óleo: “Una vez que uno hace una pincelada, se seca instantáneamente”, y agrega que esa restricción obliga a resolver luces, sombras y volúmenes mediante “tramas superpuestas de pintura muy transparente”.
Más allá de la técnica, Pasch sitúa el origen de sus escenas en una idea espacial heredada de la pintura medieval. Frente a la centralidad perspectívica del Renacimiento, le atrae el “espacio fragmentado” de la tradición gótica italiana, donde una obra puede leerse como un mapa y no desde un único punto de fuga.
“Vos entrás por donde quieras”, explica sobre esas composiciones pobladas por escenas parciales, repeticiones y recorridos múltiples. Esta estructura se asemeja a las viñetas narrativas de pinturas religiosas medievales, donde un mismo personaje aparece reiterado en distintos episodios.

En la obra de Pasch aparecen de forma persistente diferentes niveles de perspectivas, microescenas y pequeños gestos que se repiten, construyendo una continuidad refractaria que apela a la extrañeza.
“Mi idea original siempre fue tratar de hacer un puente entre lo que es la pintura gótica medieval y el surrealismo”, afirma, y añade que en los últimos años incorporó además los arquetipos junguianos y la figura circular o esférica como emblema del origen.
Ese repertorio remite a oposiciones y figuras universales: lo femenino y lo masculino, el caos y el orden, el gran padre y la gran madre. En algunas obras esos signos aparecen explícitos; en otros quedan ocultos, como en el retrato de Sofía, donde el indicio decisivo es un huevo visible en la frente.
Para Pasch, esos símbolos no pertenecen solo al pasado, sino que “siguen presentes en las palabras, los instintos y las imágenes colectivas, aunque muchas veces no se los advierta”.
Allí ubica una función central de la imagen: la pintura permite traducir textos o ideas complejas a un plano más tangible y accesible que la escritura, de modo que el símbolo pueda abordarse visualmente.
*Primum Mobile, de Ramiro Pasch, en Almacén 47, dentro de Central AFFAIR, galerías Larreta (San Martín 954 / Florida 971, Piso 1, Local 47). De martes a viernes, de 15 a 19 horas. Entrada gratuita.
Fuente: Infobae