Hace más de 3.700 años, durante el esplendor del Imperio Medio egipcio, un rey y cinco princesas de la realeza vivieron y murieron en una de las épocas más prósperas de la civilización faraónica. Sus restos óseos pasaron más de un siglo olvidados en el sótano de un museo, sin que nadie los examinara con rigor científico.
Ahora, un equipo de investigadores de Egipto y el Reino Unido ha reexaminado esos huesos con tecnología de punta y ha llegado a una conclusión sorprendente: aquellas mujeres de la realeza no solo tenían arcos y armas en sus tumbas como elementos decorativos; las usaron de verdad en combate. El estudio fue publicado en la revista Frontiers in Environmental Archaeology.
Este descubrimiento sacude uno de los debates más antiguos de la arqueología egipcia: ¿eran las armas halladas en tumbas femeninas de élite simples ornamentos o herramientas de uso real?
La investigación estuvo a cargo de Zeinab Hashesh, del Departamento de Arqueología de la Universidad de Beni-Suef; Ahmed Gabr, del Sector de Egiptología del Ministerio de Turismo y Antigüedades de El Cairo; y Roxie Walker, del Instituto de Bioarqueología de Londres.
Tres mil años en el sótano de un museo

Las excavaciones realizadas por Jacques de Morgan entre 1894 y 1895 en el complejo de pirámides de Dahshur, al sur de El Cairo, sacaron a la luz los restos del rey Hor y de cinco princesas: Ita, Khenmet, Itaweret, Noub-Hotep y el individuo 408.
El rey Hor, también conocido como Hor Auibra, fue un faraón de la decimotercera dinastía que reinó alrededor del 1777 a.C., en un período breve e inestable. Su tumba fue descubierta en el mismo complejo piramidal que albergaba a las princesas de la dinastía anterior, lo que sugiere vínculos rituales y posiblemente familiares entre ambas casas reales.
Las princesas Ita, Khenmet, Itaweret y Sathathormeryt eran hijas del faraón Amenemhat II y vivieron unas décadas antes que el rey Hor, durante la decimosegunda dinastía. En cuanto a Noub-Hotep, enterrada junto a Hor, los investigadores no pudieron confirmar si era su hija o su esposa.
Los huesos llegaron al Museo Egipcio de El Cairo, donde permanecieron sin análisis científico durante más de cien años. El examen original de 1895 fue parcial: el médico Daniel Marie Fouquet solo estudió al rey Hor y a la princesa Noub-Hotep. Las otras cuatro mujeres quedaron fuera de cualquier estudio y sus cráneos se perdieron tras ser enviados a la Escuela de Medicina de El Cairo en el siglo XIX.
Ese vacío científico reflejaba un problema mayor: la bioarqueología, disciplina que descifra lo que los huesos revelan sobre la vida y la salud de una persona, había sido poco aplicada al estudio de restos reales egipcios.

Los investigadores señalaron que esa omisión dejó sin respuesta preguntas clave sobre la salud, las actividades y los lazos familiares de la élite del Imperio Medio. Por ello, se propusieron reevaluar a esos seis individuos con análisis de huesos, rayos X y química de los materiales de embalsamamiento, para reconstruir quiénes eran, qué enfermedades padecieron, cómo se movían y si existían lazos de parentesco entre ellos.
Lo que el arco grabó en el hueso

El equipo examinó los restos redescubiertos en 2020 en el sótano del Museo Egipcio de El Cairo. Para analizar los materiales de embalsamamiento aplicaron espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier (FTIR), una técnica que identifica la composición de una sustancia sin dañarla.
Los músculos del brazo y el antebrazo de princesas como Khenmet, Itaweret y Noub-Hotep dejaron marcas en el hueso características de alguien que practica tiro con arco de forma habitual. Los investigadores concluyeron que esos objetos “parecen haber sido usados activamente, como se refleja en adaptaciones esqueléticas tales como asimetría, hipertrofia muscular y modificación de metacarpos” —los huesos de la palma de la mano.
A pesar de pertenecer a la realeza, varios individuos sufrieron problemas de salud. El rey Hor presentó señales de desnutrición o infección en la infancia, y la princesa Khenmet mostró osteopenia —pérdida de densidad ósea— en la edad adulta.

Las fracturas encontradas, curadas sin deformación ni infección, constituyen, según la investigación, “confirmación esquelética rara de la pericia médica practicada en un contexto real del Reino Medio”, en línea con el Papiro Quirúrgico Edwin Smith, el texto médico más antiguo conocido sobre cirugía y trauma.
El análisis químico reveló una mezcla de incienso y resina de la planta Juniperus oxycedrus, un tipo de enebro, en casi todos los individuos, lo que indicó que el embalsamamiento seguía un protocolo estándar reservado para la élite.
Varios individuos compartieron anomalías congénitas en la columna vertebral, como espina bífida —una malformación en el cierre de la columna—, fusión de vértebras y asimetría de articulaciones, lo que apuntó a matrimonios dentro del mismo grupo familiar.

Los investigadores escribieron que los hallazgos “pintan un cuadro detallado de una familia real cuyo privilegio biológico —manifestado en el acceso a cuidados superiores y a un entorno protegido— no los protegió completamente de los desafíos fisiológicos de su tiempo”.
La principal limitación del estudio fue la ausencia de cráneos en la mayoría de los individuos, perdidos tras ser enviados a la Escuela de Medicina de El Cairo en el siglo XIX.
Como próximos pasos, el equipo planea realizar análisis de ADN antiguo e isótopos estables, técnicas que permiten rastrear orígenes geográficos y dieta, pendientes de autorización del Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto.

La primera autora del estudio, la doctora Zeinab Hashesh, comentó: “Nuestro sueño sería ir mucho más allá de simplemente identificar a los miembros de la realeza de Dahshur”.
“Intentaríamos contar sus historias de vida completas: sus familias, su salud e incluso sus roles políticos, con el mayor detalle posible. Más allá de la ciencia, preservaríamos los restos, crearíamos impresiones en 3D para la enseñanza y exposiciones virtuales, y los exhibiríamos junto a sus joyas, armas y objetos funerarios. Todo esto se haría con respeto, asegurando que los restos se presenten de manera ética, tal como fueron enterrados originalmente”, resaltó.
“Sus objetos y joyas son verdaderamente fascinantes, impresionantes en su artesanía. Sin embargo, mientras los arqueólogos se han centrado durante mucho tiempo en preservar estos tesoros, las personas mismas fueron olvidadas con frecuencia. Nuestro estudio busca cambiar eso”, concluyó.
Fuente: Infobae