Entre las piedras irregulares de los barrios antiguos y el bullicio diario de la ciudad, una melodía aguda y persistente solía abrir ventanas y despertar la curiosidad de quienes vivían en las calles. Era el anuncio de un visitante conocido, un personaje que, sin palabras, convocaba a vecinos y comerciantes solo con el eco de su silbato.
Aquel sonido, tan característico del pasado urbano, marcaba el inicio de un pequeño ritual: familias que se apresuraban a buscar tijeras, cuchillos o navajas gastadas, confiando en la destreza de un artesano nómada, el afilador.
Hoy, la huella de este oficio apenas persiste en los recuerdos y en relatos que evocan una época en la que la vida cotidiana dependía de oficios tan esenciales como invisibles.

El afilador ambulante era un oficio itinerante dedicado a devolver el filo a cuchillos, tijeras, navajas, hoces, cuchillas y otras herramientas de trabajo. Su silbato llegó a formar parte de la vida en las calles porque avisaba de un servicio a domicilio útil para hogares, artesanos y comerciantes.
Su llegada hacía que hombres y mujeres se asomaran a los balcones y salieran con tijeras que ya no cortaban bien o con un cuchillo de cocina envuelto en un paño. No era un vendedor ni un pregonero, sino un trabajador sin el cual la ciudad, según detalló National Geographic, sencillamente no funcionaba.
Fueron habituales en España, Italia, Francia, Europa Central y América. El oficio consistía en devolver la utilidad a piezas básicas de la vida cotidiana y del trabajo.
Un oficio esencial para la vida cotidiana
Afilar herramientas era una actividad tan antigua como el uso de los metales. Este trabajo alcanzó su auge entre los siglos XVIII y XIX.

El afilador mantenía en condiciones de uso objetos imprescindibles para la vida doméstica, agrícola, ganadera, industrial y artesanal. En una sociedad en la que casi todo se reparaba, afilar era una necesidad concreta.
Sin un buen filo, un carnicero trabajaba peor y una costurera perdía precisión. Una ama de casa sufría cortes en la cocina y un campesino veía disminuir la eficacia de sus herramientas.
Los comerciantes también dependían de ese servicio por una razón práctica. El afilado se hacía en la misma puerta del negocio y les evitaba perder tiempo, según el artículo de National Geographic.
Cómo trabajaban los afiladores ambulantes

El centro del oficio era la muela o piedra de afilar. Los primeros afiladores la transportaban a la espalda en una estructura portátil.
Más tarde llegaron los carros empujados a mano y después las bicicletas adaptadas. Ya en el siglo XX aparecieron ciclomotores, motocicletas y pequeñas furgonetas con mecanismos más sofisticados.
La técnica consistía en hacer girar una piedra abrasiva y aplicar el filo con el ángulo exacto para no estropear la hoja. El agua o el aceite servían para refrigerar el metal y evitar que el calor arruinara su dureza.
El buen afilado exigía experiencia, pulso firme y conocimiento del material. También obligaba a controlar la velocidad de la muela, el ángulo, el grosor necesario según la herramienta y la eliminación de la rebaba.
De Galicia y el norte de Italia al resto del mundo

En Galicia, sobre todo en Ourense, el oficio formó una cultura profesional propia, con lenguaje propio e intensa tradición migratoria. Esa provincia se destacó en España por exportar generaciones de afiladores.
En el norte de Italia surgió una tradición parecida, en zonas como Val Rendena o Friuli. Desde allí salieron durante décadas hombres que recorrieron su país, Europa y América.
El artículo añade que algunas fuentes recuerdan que muchos emigraron a Estados Unidos, Reino Unido e incluso Nueva Zelanda con sus muelas portátiles y sus técnicas. Esa movilidad explica que la figura del afilador resulte reconocible en lugares tan distintos como Roma, Madrid, Chicago o Chennai.
Por qué fue desapareciendo su melodía

La decadencia del oficio fue lenta. La producción masiva de cuchillos y tijeras abarató esos objetos hasta el punto de que muchas personas empezaron a sustituirlos en vez de repararlos.
La mecanización agrícola también redujo el uso de ciertas herramientas. A eso se sumó la expansión de los afiladores eléctricos, domésticos y profesionales, que desplazaron parte de la demanda.
El cambio del comercio urbano restó espacio a un servicio ligado a pequeños negocios y a la cercanía con la clientela. Según National Geographic, la aparición de supermercados y cadenas con sistemas propios de mantenimiento aceleró su desaparición.
Fuente: Infobae