Con cada pitazo inicial de la Selección Nacional, un curioso ritual se activa en los hogares ecuatorianos. Hay quien se coloca la camiseta ‘de la suerte’, mientras otro ocupa el mismo lugar en el sofá. Son gestos que, a simple vista, parecen intrascendentes, pero que encierran una poderosa carga simbólica.
Millones de aficionados repiten estos pequeños actos cada vez que la Selección pisa el campo de juego. No es que crean firmemente que una prenda usada repetidas veces pueda torcer el destino de un marcador, sino que, en el fondo, las cábalas revelan nuestras inseguridades más profundas. Frente a lo que escapa de nuestro control, recurrimos a prácticas milenarias, incluso en una era dominada por la inteligencia artificial y el big data.
¿Qué hay detrás de una cábala?
Una cábala es un ritual repetitivo que una persona ejecuta con la esperanza de aumentar las probabilidades de un resultado positivo. El antropólogo Bronislaw Malinowski descifró este comportamiento hace casi un siglo. En sus estudios en las Islas Trobriand, observó que los pescadores no usaban magia para todo. Cuando faenaban en las lagunas calmadas, donde conocían cada movimiento de los peces, no realizaban conjuros. Pero al internarse en el océano abierto, donde el clima traicionero y las corrientes peligrosas desafiaban su dominio, aparecían ceremonias y objetos protectores.
Su conclusión fue reveladora: la magia y los rituales florecen donde el control humano se desvanece. No es una muestra de ignorancia, sino una estrategia para coexistir con la incertidumbre. Por eso las cábalas sobreviven con fuerza en el siglo XXI. No emergen cuando todo depende de nosotros, sino antes de un examen crucial, una cirugía, una entrevista de trabajo o, por supuesto, un partido decisivo.
“La magia comienza donde termina el control humano”. — Bronislaw Malinowski
El poder de los rituales en el deporte
Diversos estudios demuestran que las personas necesitan sentir que ejercen alguna influencia sobre los eventos para calmar la ansiedad. Los rituales, aunque no alteren la realidad objetiva, reducen el estrés y brindan una estabilidad emocional. Los deportistas de élite lo saben bien: Rafael Nadal ordena sus botellas de agua de la misma manera antes de cada punto; Michael Jordan vestía bajo su uniforme el pantalón corto de la Universidad de North Carolina. Nuestra Selección también guarda rutinas previas a los partidos como parte de su preparación mental.
No es pensamiento mágico. Se trata de forjar un entorno psicológico conocido cuando el resultado aún es incierto. Pero las cábalas cumplen otra función vital: forjan identidad colectiva. Durante los mundiales, las familias se reúnen, los amigos reavivan encuentros postergados y los vecinos comparten una misma pasión. La camiseta, el asado, la bandera en el balcón o el grito de gol se convierten en ritos que cimientan el sentido de pertenencia.
Quizás por eso estos gestos generan sonrisas y complicidad. Todos sabemos que, racionalmente, no moverán el marcador, pero intuimos que transforman algo más importante: la manera en que vivimos la espera. La incertidumbre es una de las experiencias más duras para el cerebro humano. Nuestro sistema cognitivo busca patrones y reduce amenazas. Cuando no puede hacerlo, aparecen estos rituales. No existen porque ignoremos cómo funciona el mundo, sino porque somos profundamente humanos.
Cuando el árbitro haga sonar el silbato inicial, millones de personas estarán convencidas de que no pueden moverse del sillón ni cambiar de camiseta. Y aunque todos sepamos que el resultado dependerá del talento, la estrategia y el esfuerzo de los jugadores, nos aferraremos a esas pequeñas ceremonias. No porque cambien un partido, sino porque transforman la manera en que lo vivimos.
Definitivamente, no solo elegimos creer en un equipo. Elegimos creer los unos en los otros.
Fuente: Infobae