Vivimos en una época de transformaciones vertiginosas. Las relaciones amorosas se gestionan desde aplicaciones, los conflictos se dirimen por mensajes de texto, la intimidad se exhibe en redes sociales y la atención humana está constantemente capturada por pantallas y algoritmos.
Surge entonces una pregunta clave: en un mundo donde la Inteligencia Artificial (IA) puede simular emociones y predecir comportamientos, ¿sigue siendo relevante el psicoanálisis y su concepto del inconsciente? ¿Qué ética puede guiar el sufrimiento humano, los deseos reprimidos y las dificultades para realizarse?
Ya en 1960, el psicoanalista francés Jacques Lacan planteaba ante un auditorio universitario si el psicoanálisis constituía la ética que su tiempo necesitaba. Hoy, esa interrogante cobra aún más fuerza y merece una respuesta afirmativa.
El valor del tropiezo frente a la perfección de la máquina
La IA avanza a pasos agigantados: no solo procesa datos, sino que simula empatía, analiza tonos de voz en milisegundos y predice conductas con precisión. Como advirtió Walter Benjamin, la uniformidad técnica amenaza la sensibilidad humana; hoy esa estandarización se ha multiplicado exponencialmente.

Sin embargo, el ser humano no explora sus anhelos ni se libera de sus mandatos internos con respuestas preprogramadas. Mientras la IA busca llenar vacíos y ofrecer la explicación óptima, el psicoanálisis trabaja con la inquietud, la incertidumbre y lo fallido. Es en la escucha de la palabra, en los tropiezos, los olvidos, los sueños y los lapsus donde emerge la verdad más genuina del sujeto.
La máquina ofrece certezas calculadas; el analista acoge lo imprevisible de la contingencia y sostiene un deseo de escucha e interpretación en la transferencia que ningún software puede replicar. El algoritmo busca corregir el error; el psicoanálisis lo hace hablar. El amor, el deseo y el dolor humano no se resuelven con fórmulas matemáticas ni lógica computacional.
En la sesión virtual: interpretación de un sueño
Desde la pandemia, las pantallas se volvieron herramientas esenciales para la práctica analítica. Hoy, una sesión puede transcurrir desde cualquier lugar del mundo mediante videollamada.
Hace algún tiempo, un paciente al que llamaré Ernesto, emigrado con su familia, inició su análisis virtualmente desde el extranjero. Relataba malhumor, fastidio laboral y síntomas corporales: falta de aire, ardor en el pecho y dermatitis facial cada vez que debía reportar a un jefe que sentía como un padre juzgador. Para evitar la tensión, se callaba o recurría al alcohol.
En una sesión virtual, comenzó diciendo que había soñado con su jefe, pero no recordaba el contenido. Mientras hablaba de la dificultad de encontrar otra postura en el trabajo, exclamó:
“¡Recordé el sueño! Allí podía responderle a mi jefe, lo enfrentaba diciéndole en qué disentía y me sentía aliviado”.
El sueño reveló un deseo: encontrar una posición para di-sentir (decir lo que siente), en lugar de callarse o reaccionar con el cuerpo. Esto le permitió traer recuerdos y asociaciones, y al poner en palabras, los síntomas comenzaron a ceder.
En otras ocasiones, la propia tecnología facilita la emergencia de la palabra. Otra paciente inició su sesión online sin encender la cámara y exclamó:
“¡Qué fallido!”
. El analista sugirió que tal vez era hora de “deponer la mirada”. Apagar la cámara recrea, de algún modo, la invención freudiana del diván: al no sostener una imagen frente a la pantalla, el analizante se sumerge en la asociación libre.

“Lalangue”: una lengua única para cada historia
Frente a la homogeneización del mundo hiperconectado, donde los algoritmos estandarizan lo que decimos, el psicoanálisis defiende una ética que privilegia al sujeto, sus deseos y su obrar en el lazo social.
La filósofa Bárbara Cassin, en su libro “Elogio de la traducción”, juega con homofonías y neologismos para expresar que cada lengua conserva un resto intraducible. Lacan acuñó el término lalangue, la lengua del inconsciente, que se descifra en transferencia. Cada análisis produce una lengua singular, un texto único entre analista y analizante, ajeno a los modismos prefabricados de la época.
La ética del psicoanálisis no es una moral del “deber ser”, sino la ética del “bien decir”, orientada por la escucha y la interpretación. Consiste en dar lugar a lo inesperado para que los síntomas, inhibiciones y angustias cesen a través de la palabra en transferencia y encuentren otro rumbo. El acto analítico sigue sosteniéndose en una ética donde el inconsciente se hace leer en sus efectos, mostrando que lo singular del sujeto resiste a lo automatizado del algoritmo.
Fuente: Infobae