Joe Hisaishi: el genio de Ghibli que conquista el Carnegie Hall

Cuando Joe Hisaishi se sentó al piano de cola en el escenario del Symphony Center de Chicago, el público estalló en vítores apenas reconoció los primeros acordes de la banda sonora de El viaje de Chihiro. La escena se repite en cada ciudad: el compositor de 75 años sabe cómo encender la emoción de sus seguidores, que reaccionan como si estuvieran en un concierto de música pop.

Pero Hisaishi no es un artista pop ni un músico de estadio común. Es el cerebro musical detrás de las películas más queridas del Studio Ghibli, el estudio de animación japonés que ha marcado generaciones. Su música, capaz de llenar el Madison Square Garden con una orquesta sinfónica, también logra que un silencio reverencial se apodere de una sala de conciertos clásica.

Durante más de cuarenta años, Hisaishi ha llevado una doble vida: celebridad de bandas sonoras y compositor/ director de música clásica. Ahora, esa vida paralela cobra protagonismo. Ha firmado con el sello Deutsche Grammophon, compone obras para conciertos en lugar de cine, y actúa con orquestas de primer nivel mundial. Su reciente gira lo trajo de vuelta a Nueva York, pero esta vez al Carnegie Hall, el templo de la música clásica.

Un viaje desde el minimalismo

Hisaishi creció en el Japón de la posguerra, inmerso en la cultura occidental que sus compatriotas transformaban en nuevos géneros como el city pop. Su formación en el método Suzuki de violín y piano lo llevó a los clásicos, pero también a compositores vivos como Shostakovich y Pierre Boulez. El álbum A Rainbow in Curved Air de Terry Riley le abrió las puertas del minimalismo, una corriente que nunca lo ha abandonado.

Tan fuerte fue su admiración por el jazz que abandonó su nombre de nacimiento, Mamoru Fujisawa, para adoptar el de Joe Hisaishi, inspirado en los kanji japoneses y equivalentes fonéticos de Quincy Jones. En sus propias palabras:

“En vez de limitarme a imitar los géneros de forma superficial, estoy absorbiendo las filosofías, las técnicas y el espíritu experimental inherentes a cada forma musical, y mi objetivo es integrarlos en mi propia expresión artística”.

Su primer álbum, MKWAJU (1981), es una muestra de minimalismo con toques pop, con vibráfonos repetitivos y sonidos electrónicos. Esa sensibilidad lo llevó a la banda sonora de Nausicaä del Valle del Viento (1984), su primera colaboración con Hayao Miyazaki. Al director le gustó tanto el trabajo preparatorio de Hisaishi que lo contrató para la banda sonora definitiva. Desde entonces, han trabajado juntos en todas las películas del estudio.

El método Miyazaki–Hisaishi

Miyazaki describió su relación con Hisaishi como un intercambio, no una colaboración codo a codo. Para cada película, el director enviaba al compositor una nota o una recopilación de poemas para sugerir el ambiente y los personajes, confiando plenamente en que Hisaishi devolvería el sonido adecuado. Sobre Mi vecino Totoro (1988), Miyazaki escribió:

“Por eso la música minimalista de Hisaishi-san era la mejor. Si fuera más misteriosa, resultaría sobrenatural. Lo que me pareció perfecto fue que incluyera sonidos que hemos oído en alguna parte y que reconocemos, pero que aun así nos diera la sensación de que hay algo un poco diferente”.

Las bandas sonoras de Hisaishi son encantadoras e imborrables porque aborda la composición de forma horizontal, a través de una línea melódica más que de armonías superpuestas. Esto crea música que fluye junto a la película, como un contrapunto, sin limitarse a acompañarla con efectos ilustrativos. El trompetista principal de la Sinfónica de Chicago, Esteban Batallán, asegura que cualquiera que escuche una melodía de Hisaishi “se emociona al instante”.

El presidente de la Orquesta de Filadelfia, Ryan Fleur, recordó que cuando Hisaishi tocó como bis su música de Studio Ghibli, a los espectadores “se les caían las lágrimas por las mejillas”. El propio compositor confiesa:

“El primer público de mi música soy yo mismo. Si no me conmueve ni me emociona, entonces no es lo suficientemente buena”.

Del estadio al Carnegie Hall

Hisaishi es tan popular que puede llenar estadios durante varios días con conciertos de sus suites sinfónicas adaptadas de las bandas sonoras de Ghibli. Pero esa faceta, con mercadeo y sentimentalismo, corre el riesgo de convertirlo en un Yanni o un André Rieu. Por eso, siempre ha mantenido una carrera más tradicional como director de orquesta clásica en Japón, interpretando sinfonías de Beethoven, Brahms y Schubert, así como música contemporánea minimalista.

Tras la pandemia, salió con una gira de estadios dedicada a Ghibli, pero también consiguió una nueva agencia de representación, la prestigiosa HarrisonParrott. Su directora ejecutiva, Moema Parrott, explicó: “Llevaba varios años haciendo estas giras por estadios, y en realidad no era lo que buscaba. Sentía que se estaba desviando de su camino, así que la cuestión ha sido: ‘¿Cómo lo reposicionamos para alejar esa percepción de él como compositor de bandas sonoras y hacer que la gente vea cuál es su verdadera pasión?’. Esta es, sin duda, su época dorada”.

Ahora combina en sus programas piezas como Desert Music de Reich con su reciente Concierto para orquesta. En el Carnegie Hall, su música enmarcó la Primera sinfonía de Glass, y en Tanglewood, el Concierto para piano de Ravel con Jean-Yves Thibaudet. Las entradas se agotan, y el público es visiblemente más joven. En Filadelfia, el 75% de los asistentes nunca había estado en la sala ni había escuchado a la orquesta antes. De ellos, el 15% volvió para otros conciertos.

La música que suena a rock

Un asistente le dijo a Hisaishi: “Era casi como escuchar música rock”. El compositor lo atribuye a su enfoque rítmico: “Creo que mi enfoque se basa mucho en el ritmo, lo que hace que la música resulte más inmediata y accesible. Quizá eso pueda convertirse en un punto de conexión, ayudando a más gente a descubrir lo poderosa que puede ser una orquesta”.

En sus obras de concierto, a diferencia de las bandas sonoras (que se rigen por la melodía), el ritmo es el motor. Ejemplo de ello es su Concierto para arpa, escrito para Emmanuel Ceysson y lanzado este mes con Deutsche Grammophon. También su Segunda sinfonía, que depende totalmente de la precisión rítmica y ha puesto a prueba a orquestas como la de Filadelfia y la de Chicago. Batallán la calificó, con un suspiro, como “muy exigente”.

En los ensayos, Hisaishi se muestra amable: sube al podio con zapatillas y ropa informal, saluda con sencillez y pide a los músicos que repitan un pasaje, a veces cantándoles la articulación correcta. Después, los músicos se acercan para selfis y autógrafos; uno incluso llevó a su familia para que lo conocieran.

No ha dejado de dirigir música de cine. El concierto de Chicago terminó con la suite de El viaje de Chihiro y un bis de Mi vecino Totoro. También compuso la banda sonora de la película occidental El gran viaje de tu vida (2023). Planea más conciertos en estadios, pero de forma más selectiva, en “escenarios emblemáticos” como Red Rocks o la Arena di Verona.

Para él, no hay diferencia entre tocar para 20.000 personas o para 2000:

“Siempre he sentido que me comunico directamente con cada persona del público, compartiendo mi mensaje con ellos uno a uno. Esa es la mentalidad que siempre tengo, así que da igual si hay 20.000 personas o 2000, para mí eso no representa ninguna diferencia. Para mí, siempre es una relación uno a uno”.

Fuente: Infobae

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