Elizabeth Barrett: amor y libertad tras años de encierro

Antes de cumplir la mayoría de edad, Elizabeth Barrett ya había demostrado un talento asombroso: a los cuatro años escribía poemas, a los seis devoraba novelas, a los ocho traducía a Homero y a los diez comenzó el estudio del griego. Nació el 6 de marzo de 1806 en la pequeña aldea de Coxhoe, ubicada a unos 430 kilómetros al norte de Londres.

Su padre, Edward Moulton-Barrett, heredó de su abuelo extensas plantaciones de caña de azúcar en Jamaica, que aseguraron la riqueza familiar. Su madre, Mary Graham-Clarke, no solo trajo una dote considerable, sino también un linaje distinguido: era descendiente del rey Eduardo III de Inglaterra.

A los 12 años, Elizabeth ya había compuesto un poema épico titulado La Batalla de Maratón, que revelaba su fascinación por la literatura clásica y un dominio precoz del lenguaje. Su madre Mary, al percatarse del talento de su primogénita, comenzó a reunir y conservar sus escritos con esmero.

Elizabeth fue la mayor de doce hermanos. El padre, de carácter autoritario, impuso a todos sus hijos una regla inflexible: prohibido casarse. Quien osara desafiar esta orden sería repudiado.

¿La razón de esta drástica prohibición? Aunque nunca se dejó constancia por escrito, se presume que Edward Moulton-Barrett temía que el matrimonio de sus hijos fragmentara el enorme patrimonio familiar.

Quienes desobedecieron fueron repudiados sin piedad por el patriarca.

Las cuatro hijas del matrimonio sufrieron diversos problemas de salud desde pequeñas. Henrietta era frágil y enfermiza, pero la más afectada fue Elizabeth. A partir de los 15 años padeció una enfermedad crónica que la confinaba a su cuarto durante largas temporadas. Inicialmente se atribuyó a una lesión en la columna tras una caída de caballo; en la actualidad se cree que podría tratarse de una enfermedad autoinmune o un trastorno neuromuscular grave.

Los intensos dolores de cabeza y de espalda la obligaban a permanecer inmóvil, lo que fue reduciendo su movilidad. Para aliviarlos, recurrió al consumo de sustancias, particularmente al láudano, una tintura de opio que contenía morfina, codeína y otros alcaloides.

El láudano era un potente analgésico que calmaba el dolor, pero generaba una fuerte dependencia. Con el tiempo, Elizabeth necesitaba dosis cada vez mayores para obtener el mismo alivio.

Algunos biógrafos sugieren que el consumo de opiáceos pudo haber estimulado su imaginación y potenciado su creatividad literaria.

Desesperados, sus padres la enviaron a Gloucester para consultar a especialistas, pero ningún diagnóstico trajo la cura anhelada.

La imaginación como refugio

Recluida en su habitación, la lectura y la escritura se volvieron su tabla de salvación, la única razón para seguir adelante cada día.

A los 15 años leyó Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft, obra que defendía la igualdad educativa entre hombres y mujeres. Elizabeth se sintió profundamente identificada con esas ideas.

En 1828, cuando Elizabeth tenía 22 años, falleció su madre. La pérdida endureció aún más el carácter de su padre, quien se volvió todavía más controlador.

La tía Sarah Graham-Clarke, hermana de Mary, asumió el cuidado de la familia. Soltera y culta, solía chocar con la personalidad de su sobrina mayor.

La abolición de la esclavitud provocó enormes pérdidas económicas a Edward en sus plantaciones caribeñas. Las deudas y los cambios sociales arruinaron a la familia, que se vio obligada a vender Hope End, la mansión neoclásica familiar situada en una propiedad de 190 hectáreas. Fue un duro golpe del que nunca se recuperaron del todo.

La época de abundancia había terminado.

En 1837, Elizabeth contrajo una grave enfermedad pulmonar. Al año siguiente, por consejo médico, la familia se mudó temporalmente a la costa de Devonshire.

Las desgracias continuaron: en febrero de 1840, su hermano Samuel murió en Jamaica víctima de una fiebre desconocida; cinco meses después, Edward, su hermano preferido, se ahogó en un accidente náutico.

Un perro secuestrado y 574 cartas

Elizabeth llevaba una existencia solitaria y triste, considerada una inválida que apenas salía de su cuarto en el piso superior de la casa. Su única compañía era su perro Flush, un Cocker Spaniel que le había regalado la escritora Mary Russell Mitford. En medio del aislamiento, la escritura y su mascota se convirtieron en sus mayores consuelos.

Flush fue protagonista de un suceso notable: fue secuestrado por ladrones de perros que exigieron un rescate. La familia pagó y el perro regresó sano y salvo. Este episodio fue tan famoso que la escritora Virginia Woolf escribió una biografía de Elizabeth titulada Flush: a biography (1933).

La poeta inglesa Elizabeth Barrett vivía encerrada en su casa por problemas de salud

Aquellos años de forzado encierro en la casa de los Barrett en Wimpole Street, en el barrio londinense de Marylebone, resultaron ser los más prolíficos de su carrera. Allí escribió una gran cantidad de poesía, prosa y traducciones.

Irónicamente, su incapacidad para realizar las tareas domésticas la liberó para dedicarse por completo a la lectura y la escritura. En 1844 publicó el volumen Poems, junto con varios ensayos críticos. Estos poemas llamaron la atención del escritor Robert Browning, seis años menor que ella, quien quedó cautivado por la fuerza de su verso y deseó conocerla.

El 10 de enero de 1845, Robert le escribió una carta que cambió su vida. Comenzaba así:

«Amo sus versos con todo mi corazón Miss Barrett…»

Elizabeth respondió, y dio inicio a un intenso intercambio epistolar de 574 cartas en 20 meses. Sentirse amada y admirada por un hombre fue para ella el mejor de los regalos.

Durante meses, Robert suplicó visitarla, pero ella se negaba por miedo a que él viera a una mujer enferma, débil y poco atractiva.

Cuando finalmente aceptó, Robert no vio a la inválida que ella temía, sino a una mujer brillante atrapada en su hogar. Pronto le propuso matrimonio. Ella le confesó la prohibición paterna, pero él la convenció de que podían desafiar aquella orden. En absoluto secreto, comenzaron a planear la boda.

Desafío y huida

A sus 40 años, Elizabeth finalmente se atrevió a desafiar a su padre. Se casó en secreto con Robert, de 34, para evitar cualquier interferencia paterna.

El sábado 12 de septiembre de 1846, Elizabeth salió de su casa sin vestido de novia ni maquillaje, acompañada de su doncella Elizabeth Wilson. Caminaron hasta la iglesia parroquial de St. Marylebone, donde la esperaba Robert. En una iglesia casi vacía, se juraron amor eterno. Únicos testigos: George Barrett, hermano de la novia, y el clérigo oficiante.

Tras la ceremonia, Elizabeth regresó a casa de sus padres en Wimpole Street y actuó con total normalidad. Había salido soltera y volvía casada, pero fingió que nada había ocurrido. Cenó con la familia y subió a su habitación, mientras por dentro celebraba su secreto.

Mantuvo la farsa durante una semana, mientras Robert ultimaba los preparativos para la fuga.

El sábado 19 de septiembre llegó el momento decisivo. Como Elizabeth rara vez bajaba a cenar, nadie sospechó. Con ayuda de su doncella, tomó sus pocas pertenencias y a Flush, y salió sigilosamente. Se encontró con Robert en una librería, luego tomaron un tren, cruzaron el Canal de la Mancha y se internaron en Europa. Finalmente se establecieron en Florencia, Italia.

En la rígida sociedad victoriana era inusual que una mujer se casara por primera vez a los 40 años. Elizabeth se lo había jugado todo.

Cuando su padre supo la noticia, montó en cólera. La desheredó de inmediato y rompió todo contacto. Cada carta que Elizabeth le escribió fue devuelta sin abrir.

Al año siguiente, su hermana Henrietta también se casó contra la voluntad paterna, al igual que George. El patriarca los repudió de igual manera, borrándolos de su vida.

Amor es salud

Instalados en Florencia, para sorpresa de ambos, la salud de Elizabeth mejoró notablemente: empezó a caminar, viajar, disfrutar de la vida y escribir sin pausa. Además, ¡quedó embarazada!

El 9 de marzo de 1849, tres días después de cumplir 43 años, dio a luz a su único hijo: Robert Wiedeman Barrett Browning, a quien llamaban cariñosamente «Pen«.

El embarazo fue considerado casi milagroso, pues nadie creía que la frágil Elizabeth pudiera concebir, y menos a esa edad.

Su vida estaba ahora plena. En 1850 publicó Sonnets from the Portuguese, una colección de 44 sonetos de amor escritos durante los primeros años de su relación con Robert. La obra, que narra su propia historia con sinceridad e intensidad, es considerada actualmente como una de las más grandes colecciones de sonetos amorosos en lengua inglesa. El soneto 43 comienza así:

«¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras.
Te amo con la profundidad, la anchura y la altura
que mi alma puede alcanzar, cuando, fuera de la vista,
busca los límites del ser y de la gracia ideal».

Elizabeth continuó produciendo. En 1851 publicó Las ventanas de la casa Guidi, considerada por muchos su mejor obra. También trabó amistad con las poetas británicas Isabella Blagden y Theodosia Trollope Garrow. Su vida había alcanzado una plenitud que nunca había imaginado.

El 17 de abril de 1857 falleció Edward, su padre. Murió sin reconciliarse con ella, pero Elizabeth ya lo había perdonado, convencida de que el perdón es la clave para sanar las heridas.

En noviembre de 1860, su hermana Henrietta falleció, justo cuando Elizabeth publicaba Poemas antes del Congreso, una colección de poesía política inspirada por la unificación italiana. La pérdida la sumió en una profunda tristeza y aumentó su consumo de morfina. Poco después, el 29 de junio de 1861, a los 55 años, Elizabeth murió. Las causas oficiales fueron insuficiencia cardíaca y pulmonar, derivadas de su larga enfermedad.

Habían disfrutado de quince años de felicidad junto a Robert.

Su hijo Pen tenía solo 12 años. Robert se volcó en su crianza, pero no pudieron soportar la tristeza en Florencia y regresaron a Londres.

Robert contó que Elizabeth murió en sus brazos, sonriendo, y que su última palabra fue «hermoso…»

¿ Hermoso amor? ¿ Hermoso Robert? ¿ Hermosa vida compartida? La interpretación queda en libertad del lector.

Fuente: Infobae

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