Carrera global por la IA: quién desarrolla, accede y depende

El planeta asiste a una competencia sin precedentes por dominar sistemas que generan conocimiento, aceleran avances científicos y expanden los límites de la salud, la longevidad y las capacidades mentales. En paralelo, la inteligencia artificial ya impacta en la protección de infraestructuras esenciales, la automatización económica y la estructura institucional del futuro cercano.

La IA ya no se limita a los centros de investigación. Su influencia crece en los gobiernos, los mercados, la defensa, la enseñanza, el empleo y la organización de la información en las sociedades. Cada nuevo modelo demanda mayor poder de cálculo, más energía, más inversión, más datos, más chips y más profesionales calificados.

Dicha infraestructura otorga beneficios tangibles a quienes pueden crearla, financiarla y mantenerla. Se evidencia así que la inteligencia artificial no es una mera innovación técnica, sino un factor de competitividad, autonomía y proyección estratégica.

De ahí que el diálogo internacional cobre renovada importancia, y el foco de la discusión se traslade a quién establece las normas de la IA avanzada, qué naciones pueden crear modelos de frontera, quiénes tienen acceso, bajo qué términos y con cuánta independencia tecnológica.

Los acontecimientos recientes confirmaron esta tendencia. La Organización de las Naciones Unidas inauguró en Ginebra la primera sesión del Diálogo Global sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial, impulsado por la resolución A/RES/79/325 de la Asamblea General y realizado junto a la Cumbre IA para el Bien. En ese marco, el secretario general António Guterres exigió pruebas de seguridad rigurosas y una responsabilidad legal clara, señalando que, con una gobernanza adecuada y amplia difusión, esta tecnología podría comprimir décadas de desarrollo en pocos años. Por otro lado, Argentina inició la ordenación de sus propios criterios mediante el debate sobre la modernización de su régimen societario frente a las organizaciones automatizadas. Asimismo, Estados Unidos aceleró, por orden ejecutiva, la transición hacia la criptografía poscuántica, con plazos vinculantes en 2030 y 2031 para migrar sus sistemas federales a los estándares del NIST.

En este escenario surgen nuevos actores. Jefes de Estado, primeros ministros, organismos multilaterales y también empresarios que hasta hace poco eran desconocidos para el gran público. Sam Altman, Dario Amodei, Demis Hassabis o Arthur Mensch ya no son solo figuras del ámbito tecnológico. Son participantes en una conversación global sobre el poder. Aunque no gobiernan estados, dirigen compañías que controlan una porción clave de la infraestructura intelectual del siglo XXI.

Los gobiernos, habituados a legislar después de que surge la innovación, advierten que ahora persiguen una tecnología que evoluciona antes de que el derecho pueda definirla. El resultado es evidente: el nuevo orden global de la inteligencia artificial comienza a estructurarse en torno a tres ejes: quién desarrolla, quién accede y quién depende.

Las naciones que crean modelos, chips, infraestructura y talento ocupan el centro. Aquellas que proveen energía, territorio, datos o mercados se sitúan en una posición intermedia. Los países que únicamente consumen tecnología extranjera quedan al final de la cadena, sujetos a licencias, términos de uso, restricciones externas y decisiones tomadas fuera de su marco institucional.

El debate regulatorio sobre la inteligencia artificial no basta para comprender lo que está en juego. Al hablar de esta tecnología, en realidad se discute la posible configuración de un nuevo orden mundial. No son solo normas dispersas, sino una arquitectura de poder que abarca a quienes establecen los estándares, controlan la infraestructura, definen los límites y, finalmente, a quienes están sujetos a ellos.

Ese orden podría concebirse como una red de centros de decisión repartidos entre estados y grandes corporaciones tecnológicas, donde la capacidad de cómputo, los datos y los modelos avanzados actúan como recursos estratégicos. En la última cumbre del G7, realizada en Evian-les-Bains, los líderes de OpenAI, Anthropic y Google DeepMind propusieron la formación de una coalición internacional, liderada por Estados Unidos, para definir reglas, estándares y controles sobre la inteligencia artificial avanzada. Altman amplió esta idea en una columna del Financial Times, sugiriendo un foro internacional similar al Organismo Internacional de Energía Atómica, con capacidad para certificar sistemas y condicionar el acceso a los modelos más potentes. Esta propuesta anticipa una gobernanza global que no elimina la competencia, pero organiza quién participa en la mesa decisoria.

Por tanto, la tensión no es únicamente regulatoria, sino estructural. Se trata de determinar si ese orden será abierto o concentrado, cooperativo o fragmentado, inclusivo o restrictivo. En esa definición está en juego algo más profundo que la regulación: la posición de cada país en la economía del conocimiento que comienza a consolidarse.

Esta contienda se acelera porque la tecnología misma ha cambiado de naturaleza. La inteligencia artificial ya no solo genera textos o imágenes. Comienza a funcionar como un agente: ejecuta tareas, recibe instrucciones complejas, interactúa con software, analiza vulnerabilidades, gestiona flujos de trabajo y encadena decisiones.

La competencia actual se centra en construir una nueva infraestructura de inteligencia sobre la que funcionarán las economías del futuro. Allí se determinará gran parte de la capacidad de las naciones para generar conocimiento, fortalecer su defensa, incrementar su productividad, transformar la educación, modernizar los servicios públicos y organizar la vida diaria.

Para Argentina, este panorama presenta una oportunidad que va más allá de la oferta de energía, territorio o recursos naturales. El país puede transformar esos activos en una estrategia de desarrollo tecnológico si consigue combinarlos con talento, inversión, infraestructura, apertura a la innovación, estabilidad institucional, seguridad jurídica y reglas claras y estables.

El nuevo orden global de la inteligencia artificial aún no está definido, pero ya se vislumbran sus primeras líneas. Se configura en los centros de datos, en los laboratorios de modelos de frontera, en las cadenas de suministro de chips, en las decisiones de seguridad nacional, en los organismos internacionales y en las mesas donde gobiernos y empresas comienzan a fijar los estándares de una tecnología destinada a reorganizar la economía mundial.

La competencia crucial ya no radica en crear máquinas que se comuniquen mejor, sino en edificar la capa de inteligencia sobre la que operarán las sociedades venideras. En ese ámbito se determinará qué naciones podrán desarrollar capacidades propias, cuáles dependerán de decisiones externas y quiénes tendrán la oportunidad real de participar en la edificación del futuro.

Fuente: Infobae

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