Terremotos en Venezuela: familias buscan restos entre escombros

Dos semanas después de que dos fuertes terremotos sacudieran la costa norte de Venezuela, la desesperación de los primeros días ha dado paso a una sombría realidad: la búsqueda de sobrevivientes se transformó en una penosa recolección de cadáveres. En medio de columnas de hormigón y polvo, decenas de familias continúan removiendo escombros con sus propias manos, sin importar el hedor ni el paso del tiempo.

En el estado La Guaira, el más golpeado por la tragedia, la cifra oficial de fallecidos asciende a casi 3.700 personas, pero se teme que haya miles más sepultados bajo los restos de edificios residenciales que se derrumbaron como castillos de naipes. La magnitud de la destrucción y la falta de maquinaria adecuada hacen que el paradero de incontables víctimas siga siendo incierto.

“Aquí no hay supervivientes”, afirmó Víctor José Calderón Castillo, quien perdió a una veintena de familiares. Sentado sobre lo que alguna vez fue un hogar, aseguró que aún hay tres personas atrapadas bajo los escombros. “Estamos buscando cadáveres”, agregó con una resignación que contrasta con la furia de los primeros días de rescates milagrosos.

La lucha contra el tiempo y la descomposición

Las escenas de angustia se repiten a lo largo del litoral venezolano. En Catia La Mar, una reunión familiar que se celebraba el día de los sismos dejó a por lo menos 20 personas sepultadas en la planta baja de un edificio. Hasta ahora, solo una mano asoma entre el hormigón, mientras los vecinos intentan dar pistas sobre dónde excavar.

En La Guaira, Breykel Rosas, de 27 años, recogía huesos que creía pertenecían al primo de su sobrina, un niño de 11 años. Los guardó en una funda de almohada azul claro y luego retomó el golpeteo con un mazo sobre una columna. Busca todavía a su sobrina de 5 años, que el miércoles habría cumplido seis. A su lado, Orange Castillo, de 23 años, sostenía un viejo osito de peluche de su hermano. “Aquí está mi hermanito”, dijo señalando la maraña de escombros donde cree que está atrapado su hermano de 18 años.

“El miedo se ha esfumado por completo. Cuando buscas a tu familia, no sientes miedo”, expresó Gregorio Torres, de 41 años, quien con un brazo enyesado sigue removiendo ruinas donde yacen su esposa y su hijo de 15 años.

El dolor de los que aún esperan

Muchos equipos internacionales de rescate ya se han retirado, pero los familiares se niegan a irse. Temen que las autoridades derriben los edificios dañados sin considerar los cuerpos. En Caraballeda, María Liendo sostenía un rotulador permanente para escribir el nombre de su cuñado en una bolsa mortuoria. “Es él, 100 por ciento”, dijo señalando sus dientes ennegrecidos por fumar puros, aunque su familia aún no lo cree.

Dayana Delgado pasó los primeros días excavando sin descanso entre los escombros donde su hijo Brayner, de 8 años, fue sepultado mientras jugaba baloncesto. Ahora vive en un campamento improvisado frente al montón de ruinas. “Quiero recuperar su cuerpecito para que no acabe en una fosa común”, dijo el padre, José Manuel Díaz, quien admitió que “quedarse aquí es horrible”.

Esperanzas rotas y silencios cómplices

Algunos sobrevivientes aún aseguran escuchar voces entre los escombros. Marry Alexander Escobar, de 46 años, solía acercarse a gritar los nombres de sus cuatro familiares sepultados en un bloque de apartamentos de La Guaira. Tras una oración de un sacerdote y un grupo de monjas, algunos se aferran a la esperanza, pero los rescatistas saben la verdad.

“El duelo les hace oír cosas”, comentó Salatiel Slongo Kloss, bombero brasileño que colabora en la zona. Su colega paraguayo Jefferson Navarro fue más directo: “A partir de ahora es prácticamente imposible encontrar sobrevivientes”.

Los equipos de emergencia comparten estas conclusiones en voz baja para no destruir las ilusiones de las familias. Sin embargo, las órdenes ya son claras. Deninson Quijada, bombero venezolano de 39 años, relató que sus superiores le indicaron que dejara de buscar supervivientes. “No vale la pena. Ya no podemos hacer nada más”, sentenció.

Mientras tanto, cientos de damnificados permanecen bajo toldos improvisados, soportando réplicas, lluvia y el rugido de las grúas. Observan, hipnotizados, cómo las máquinas remueven los restos de lo que fueron sus hogares, con la única esperanza de recuperar los cuerpos de sus seres queridos y darles una sepultura digna.

Fuente: Infobae

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