Francesco Guicciardini: el desencanto político que superó a Maquiavelo

El pensador florentino Francesco Guicciardini plasmó en sus Ricordi politici e civili una perspectiva política sombría, dominada por la oscuridad, la fortuna y la prudencia. Este legado lo distancia del optimismo típico del Renacimiento y lo aproxima a una interpretación descarnada del ejercicio del poder. Estas notas privadas, iniciadas en 1512 y perfeccionadas a lo largo de dos décadas, reúnen 221 advertencias sobre cómo actuar en un mundo que, según su autor, no puede entenderse “conforme a regla”.

Italia se presenta en este contexto como un escenario de contrastes políticos extremos: la tierra de Asís, de Cesare Beccaria, del pacifismo y de la abolición de la pena de muerte, fue también el lugar del terrorismo más violento, la cuna del fascismo y, posteriormente, el escenario del populismo performativo de Silvio Berlusconi. En este panorama, desde Maquiavelo hasta Da Empoli, el texto ubica una tradición de observadores excepcionales de la vida pública.

Florentino al igual que Maquiavelo, Guicciardini nació en 1483 y falleció en 1540. Fue amigo y confidente intelectual del autor de El Príncipe, pero alcanzó posiciones más elevadas en el ámbito público: embajador en España del gonfaloniero Pier Soderini, consejero de papas y enlace de los Médici entre Roma y Florencia.

De esa experiencia surgió una obra fundamental para la historiografía italiana, la Storia d’Italia, considerada un libro fundacional por el respaldo documental de sus fuentes. Sin embargo, su mayor fama proviene de ese “libro secreto” escrito para su familia, dentro de una tradición arraigada en la aristocracia florentina.

Francesco Guicciardini

Los Ricordi politici e civili no se describen como memorias personales, sino como recordatorios o advertencias, un manual de prudencia y de “educación del juicio político”. Según el editor del volumen, Jorge del Palacio, Guicciardini comenzó a redactarlos en España en 1512 y los fue completando a lo largo de dos décadas.

La paradoja del autor radica en que se tomó el trabajo de compilar saberes del mundo mientras mantenía una convicción profundamente escéptica sobre la capacidad humana para comprenderlo. Una de sus intuiciones más arraigadas sostiene que “los hombres viven en la oscuridad de las cosas”.

En una carta dirigida a Maquiavelo, expresó esa idea con una imagen aún más cruda: “Andamos todos entre tinieblas, pero con las manos atadas a la espalda, para que no podamos esquivar los golpes”. Del Palacio, en su edición comentada, señala que ambos florentinos escriben “post res perditas”, es decir, desde una autoridad surgida de la derrota.

Ese punto de partida diferencia a Guicciardini de Maquiavelo no por falta de experiencia política, sino por la profundidad de su desencanto. Si había llegado más lejos que su contemporáneo en los asuntos públicos, también se sumergió en un escepticismo más profundo.

Nicolás Maquiavelo, precursor del pensamiento político moderno, fue colocado durante siglos del lado de los villanos, aunque el contenido de su obra refleje otra cosa.

Tras observar cómo Florencia pasaba del autogobierno orgulloso a la tiranía de Cosme I de Médici, primer Gran Duque de Toscana, Guicciardini queda retratado menos como un renacentista italiano y más como un barroco español.

Su ruptura central consiste en enterrar la idea, todavía presente en Maquiavelo, de que la historia pueda servir como maestra de vida. Para Guicciardini, “las cosas del mundo” no se dejan comprender mediante reglas fijas, y la existencia humana permanece sometida a la fortuna.

De ahí deriva un realismo político severo: el poder crudo siempre tiende a imponerse y, frente a esa fuerza, la astucia y la prudencia nunca bastan del todo. El autor recomienda conductas concretas: hacerse visible para quien manda, tejer una red de amigos, desconfiar de las desinformaciones y dominar las artes del secreto.

Como refugio final aparece el estoicismo. El único norte moral posible para interpretar el mundo se resume en una palabra que después fascinaría a los barrocos españoles: “discreción”.

Guicciardini la definió con una advertencia contundente: “La cual, si no te ha sido dada por naturaleza, pocas veces se aprende tanto que baste a través de la experiencia. Y, desde luego, jamás con los libros”.

Fuente: Infobae

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