El estadio de Atlanta, considerado por muchos como el mejor del planeta, fue testigo de una de las noches más emotivas del fútbol argentino. Lionel Scaloni, con la mirada perdida y lágrimas incontenibles, no podía articular palabra. Lionel Messi, con los ojos desbordados de emoción, soltó un llanto que ni siquiera había llegado en la consagración mundialista. Los hinchas, hipnotizados, caían rendidos en sus butacas. Los familiares de los jugadores, con el apellido de cada héroe en la espalda, volvían a respirar. En ese instante, el coloso de Atlanta comprendió que la verdadera grandeza de un estadio no está en su arquitectura, sino en la gente y los sentimientos que lo habitan. Era volver a vivir, escapar del túnel oscuro que significa quedar eliminado en octavos de final ante Egipto. Porque perder en un Mundial es un velorio, aunque al día siguiente el sol vuelva a brillar. Durante largos minutos de aquella tarde —en la cancha nadie sabía si era de día o de noche, si era una película o una pesadilla—, Argentina estuvo fuera del torneo. Se avecinaba un tsunami de sensaciones negativas: asistir al último partido de Leo, ver el penal errado tras patearlo como si no fuera él, y revivir fantasmas de otros tiempos. Hasta que apareció otra vez el mismo de siempre… Messi es el tipo más competitivo de la historia. No quería irse, como nadie. Pero él decide sobre el destino. Todo ocurrió en trece minutos. Primero, el pase a Cuti Romero para que sorprendiera en el área como si fuera Passarella. Luego, un zapatazo a una pelota que iba de un lado a otro para recuperar las pulsaciones. Y ahí se fue por más: una contra letal, el centro perfecto de Lautaro Martínez, y Enzo Fernández demuestra por qué el tipo confía en que puede ser capaz de todo. Ojos bien abiertos, cabezazo glorioso. Egipto quedó estatua. Final. Y se desató un festejo que nadie olvidará jamás. Scaloni confiesa que en el cuerpo técnico le dicen “la llorona”. Pero Messi también llora. Miles de personas lloran acá. Millones lloran allá. Esta vez no importa que nos tilden de llorones a los argentinos. Vení, vení, llorá conmigo…

Argentina no es un equipo débil, jamás le faltará personalidad. Ya demostró que la sensibilidad es una virtud: sentido de pertenencia, templanza, amor por los colores y orgullo por las tres estrellas sobre el escudo. Una de ellas, además, la conquistó esta camada maravillosa de futbolistas. En otra vida, el equipo no lograba conmover a los hinchas; muchos se pintaban la banderita en la cara durante los Mundiales y luego se olvidaban de la camiseta durante cuatro años. Ahora es popular. Se quiere a la Selección como al club, o al menos eso se percibe durante este mes. Hubo camadas extraordinarias, como la de 2014, que merecieron la vuelta olímpica que el fútbol les negó. Pero lo que ocurre en este ciclo, el mejor de la historia, es maravilloso. Se vio en ese final con Messi volando por el aire, con sus compañeros mostrándole al mundo quién es el líder. Ahí se volvió a ver que él vive cerca del cielo. Y, justamente, toca hablar del “Quite de Dios”. Agradecerle, entre tantos santos invocados, a Marco Giampaolo… Fue el entrenador que transformó a Paredes en volante central. Todos saben que Leandro se inició como 10, que Riquelme lo había señalado como su sucesor, pero su juego se reconfiguró en la temporada 2015-2016. Allí la Roma lo cedió a préstamo al Empoli y apareció en su vida el actual DT del Cremonese. Ya en ese entonces, Giampaolo —nacido en Suiza pero criado en Italia— le anunció que iba a ser el nuevo Pirlo, campeón del mundo con Italia en 2006. El ingreso de Paredes como titular fue clave, antes y después de ese robo en el 2-2 que se festejó como un gol. Si está sano, el capitán de Boca no sale más.
Ya habrá tiempo para analizar los defectos del equipo. En los partidos de eliminación directa le llegaron poco y le convirtieron mucho. De ahí el fastidio de Dibu Martínez, independientemente de la atajada extraordinaria al final contra Cabo Verde. Falta cambio de ritmo en el mediocampo, aunque en Atlanta no se sufrió la humedad de Miami. De Paul debutó bien en el Mundial pero después terminó varios partidos afuera, justo él que se convirtió en el corazón de un equipo sanguíneo. En el lateral derecho todavía no hay garantías en Molina ni en Montiel, más allá de su aparición en el área para dejarle la pelota al 10 en el 2-2. Julián Álvarez por ahora no está en modo Kempes como en Qatar. Y falta un crack tipo Di María, el Messi que el capitán necesita como apoyo. No hay otro como él, aunque se entiende que es difícil. Fideo es titular en la Selección ideal de todos los tiempos. Después, es cierto, como señaló Scaloni, que se llegó con frecuencia y Mostafa Shobeir parecía imbatible en el primer tiempo. También es real que en los contraataques era difícil derribar a los egipcios por su decisión para llegar hasta el arco y su potencia física. El partido de Hassan, extremo de 24 años del Oviedo, fue descomunal. Se vio en el fallido 2-0 de Ziko, cuando Messi se dio cuenta antes que el VAR de la infracción a Lisandro Martínez. Allí, otra vez, regresan los distintos capítulos de la Batalla de Atlanta. No hay campeón sin suerte. El banco de Egipto enloqueció, pero el pisotón se vio claro en la primera repetición. Los detractores de la tecnología deberán conceder que hace un par de Mundiales ese error hubiese sido condenatorio.

Entre tantos ex futbolistas ahora comentaristas en la Copa del Mundo, hubo una intimidad que define. Una anécdota con concepto la contó Thierry Henry, el exquisito francés que compartió Barcelona con Messi. “No hay que despertar a la bestia. Eso es lo que pasa. Y lo he visto de cerca en las prácticas. Una vez estábamos entrenando y le hicieron una falta. El entrenador no la cobró y Leo lo cuestionó. El DT le respondió: ‘Deja de quejarte. Eso puede pasar en un partido’. Ahí lo miré y vi que le cambió el chip. Fue, buscó la pelota y metió tres goles seguidos. Yo estuve ahí. Fui testigo. Después del tercero, se dio vuelta y dijo: ‘La próxima vez, cobrá la falta’. Cuando se pone en ese estado de ánimo, es muy difícil pararlo… Jugué con Zidane, Ronaldinho y muchos otros jugadores que podría mencionar, pero a veces Messi metía algunos goles y yo me quedaba unos segundos pensando y decía guau, esto no es real”. Tiene razón. Reseteó su cabeza y nos llevó de la mano a un partido que recordaremos vibrando por siempre. Messi es una bestia. Una bestia que llora.
Fuente: Infobae