Milagro en Tailandia: el rescate extremo de los 12 niños en la cueva

El 6 de julio de 2018, el doctor Richard Harris, anestesiólogo australiano y buzo especializado en cuevas, llegó a Chiang Rai, Tailandia, con una misión sin precedentes: sedar a 13 personas dentro de una cueva inundada, a más de dos kilómetros de la entrada, y confiar en que sobrevivirían el trayecto de salida. Harris sabía que, si alguno de los jóvenes moría bajo su cuidado, sería recordado como el médico que los mató. Aun así, aceptó el desafío.

Dos días después, el 8 de julio de 2018, hace ocho años, comenzó el rescate.

El sábado 23 de junio de 2018, 12 integrantes del equipo de fútbol infantil Wild Boars y su entrenador asistente, Ekkapol “Ake” Chantawong, de 25 años, ingresaron a la cueva Tham Luang Nang Non, en la provincia de Chiang Rai, al norte de Tailandia. Los niños tenían entre 11 y 16 años. Uno de ellos, Peerapat “Night” Sompiangjai, cumplía 17 ese día.

Los chicos rescatados de la cueva Tham Luang fueron internados en el hospital de Chiang Rai en aislamiento, controles por infección y adaptación gradual a la luz (AP Photo/Tassanee Vejpongsa)

La cueva era un lugar conocido para el grupo. La visitaban con frecuencia, a veces para llegar hasta los ocho kilómetros de profundidad, donde escribían los nombres de los nuevos integrantes del equipo en la pared de roca. Esa tarde no planeaban quedarse más de una hora. Dejaron las bicicletas y las mochilas en la entrada. Entraron con linternas.

Lo que no calcularon fue la lluvia. Llevaba varios días cayendo sobre la montaña y el agua se había comenzado a acumular dentro del sistema de cuevas. Una crecida repentina los sorprendió en el interior. En lugar de poder retroceder, tuvieron que avanzar más profundo para escapar del agua.

Terminaron varados en una pequeña cornisa rocosa a unos cuatro kilómetros de la entrada, pasando un punto normalmente seco conocido como “Pattaya Beach”, que para ese momento ya estaba inundado. Rodeados de oscuridad y sin comida, el entrenador Ake —ex monje budista— les enseñó técnicas de meditación para que conservaran energía y consumieran el menor aire posible. Los chicos también usaron piedras para excavar unos 5 metros más adentro de la cornisa y crear una caverna donde resguardarse del frío.

El rescate en Tham Luang comenzó el 8 de julio de 2018 con buzos extranjeros y Navy SEALs tailandeses que sacaron a los 12 chicos y al entrenador en tres jornadas (AP Photo/Tassanee Vejpongsa)

Las familias, al no verlos llegar, fueron directo a la cueva. Encontraron las bicicletas, las mochilas y algunos botines afuera. Dieron la alarma.

Durante los primeros días, los Navy SEALs (buzos) tailandeses exploraron la cueva, pero el agua seguía subiendo y los obligaba a retroceder. Bombas industriales intentaban drenar el sistema, pero apenas lograban bajar el nivel uno o dos centímetros por día, según declaró por entonces a CNN el contralmirante Arpakorn Yookongkaew, comandante de los SEALs tailandeses. “Nuestra esperanza de encontrar a los chicos era poca”, admitió.

La operación fue escalando. Llegaron hasta mil personas al lugar: unidades de operaciones especiales del ejército tailandés, policía nacional, voluntarios locales y, desde el 28 de junio, especialistas internacionales. Entre ellos había buzos de Reino Unido, Bélgica, Australia, Estados Unidos y países escandinavos.

La muerte del ex Navy SEAL Saman Kunan y la baja del oxígeno al 15,6% aceleraron la decisión de evacuar por el agua a los chicos atrapados en la cueva (REUTERS)

Desde Inglaterra, Bill Whitehouse, vicepresidente del Consejo Británico de Rescate en Cuevas, coordinó el envío de los buzos más experimentados disponibles. La embajada tailandesa en Londres consiguió tres asientos en el primer vuelo de Thai Airways a Bangkok. John Volanthen —consultor de tecnología— y Rick Stanton —ex bombero— eran dos de los buzos en cuevas más experimentados del mundo. Viajaron junto a Robert Harper y aterrizaron en Chiang Rai el 27 de junio.

Las condiciones dentro de la cueva eran extremas. “Era como manejar en la niebla con las luces prendidas”, describió Whitehouse a CNN. La corriente era fuerte, el barro en suspensión eliminaba casi toda la visibilidad y los pasajes eran angostos.

No fue hasta el tercer intento, el 2 de julio, que Volanthen y Stanton llegaron más allá de Pattaya Beach. Volanthen llegó al límite de su cuerda guía, la aseguró en el barro y emergió a la superficie. Frente a él, sobre una cornisa a poco más de un metro sobre el agua, estaban los 12 chicos y su entrenador.

Richard Harris llegó a Chiang Rai el 6 de julio de 2018 para sedar a los 12 chicos y al entrenador atrapados en la cueva Tham Luang durante el rescate en Tailandia

“¿Cuántos son?”, les preguntó. “Trece”, respondió uno. “Brillante”, dijo Volanthen.

Stanton, en una entrevista, recordó ese instante: “Los escuché decir otras voces y luego vi una luz, y luego aparecieron. A pesar de nuestros pensamientos pesimistas, todos estaban en pie. Eso fue casi un milagro.

Encontrarlos fue una cosa. Sacarlos, otra completamente distinta. El plan original era mantenerlos dentro de la cueva durante semanas, quizás meses, mientras se buscaba otra salida o bajaba el nivel del agua. Pero el oxígeno dentro de la cámara donde estaban los chicos había caído al 15,6%, un nivel por debajo del mínimo de 18% que los bomberos necesitan para entrar a un edificio en llamas, según explicó la documentalista Chai Vasarhelyi en un reportaje.

El 5 de julio murió el ex Navy SEAL tailandés Saman Kunan, de 38 años, mientras colocaba tanques de oxígeno más allá de la “cámara tres”, la sección más peligrosa del recorrido. Se quedó sin aire en el regreso. Su muerte dejó en claro el nivel de riesgo que implicaba cada movimiento dentro de la cueva.

Ese mismo día, las autoridades confirmaron que el monzón estaba por llegar. Si las lluvias subían el nivel del agua, el espacio disponible en la cornisa donde estaban los chicos podría reducirse a apenas 10 metros cuadrados. La ventana para actuar se cerraba.

Los Navy SEALs tailandeses y buzos internacionales enfrentaron agua turbia, corriente fuerte y pasajes angostos en la búsqueda dentro de la cueva de Tailandia

“Al principio pensábamos que podíamos sostener la vida de los chicos ahí adentro por mucho tiempo, pero ahora muchas cosas cambiaron”, dijo el contralmirante Yookongkaew. “Tenemos tiempo limitado”.

La decisión de sacarlos por el agua fue tomada el fin de semana del 7 y 8 de julio. Ninguno de los chicos sabía nadar, y mucho menos bucear. La única opción viable era sedarlos.

El doctor Harris y su compañero de buceo Craig Challen —ambos australianos convocados por el gobierno tailandés— trabajaron junto a los Navy SEALs para preparar a cada chico antes de la evacuación. Harris administró personalmente la primera dosis de sedantes. Pero el trayecto de salida duraba entre dos horas y media y tres horas, y el efecto del sedante apenas alcanzaba los 40 minutos.

“Nos dieron una instrucción de cinco minutos sobre cómo inyectar a los chicos, evaluar su nivel de sedación e inyectarlos de nuevo”, relató Stanton. Los buzos debían realizar ese procedimiento mientras nadaban en la oscuridad.

El domingo 8 de julio de hace ocho años, 13 buzos extranjeros —entre ellos un médico— se sumaron a cinco buzos de los Navy SEALs tailandeses para el primer intento de evacuación. Los chicos fueron equipados con trajes de neoprene de 5 milímetros, máscaras de cara completa y tanques de aire. A diferencia del equipo estándar de buceo, los cilindros fueron colocados en el frente del cuerpo, no en la espalda: así los mantenían boca abajo, lo que protegía las vías respiratorias y aseguraba el sello de la máscara.

Los chicos fueron divididos en grupos de cuatro. A cada uno lo acompañaban dos buzos que cargaban sus tanques y lo guiaban por los túneles. El tramo más peligroso era el primer kilómetro, ya que debían atravesar un canal inundado y angosto.

Stanton describió ese pasaje en una entrevista: “Era como una ranura de buzón por la que había que pasar al chico. No podías ver dónde estaba la ranura. Tenías que usar al chico como sensor para encontrar el lugar correcto y luego seguirlo. Y todo el tiempo no podías ver su cara a menos que te acercaras mucho. A veces ni siquiera podías escuchar su respiración, así que tenías que parar y verificar que todavía estuviera vivo.

Una vez superado ese primer tramo, equipos especializados tomaban el relevo y guiaban a los chicos por las secciones donde podían caminar o vadear. Ese primer día salieron cuatro chicos.

Rescate chicos Tailandia

El lunes 9 de julio salieron otros cuatro. El martes 10 de julio fue la jornada más exigente: los cuatro chicos restantes eran los más pequeños y débiles del grupo, y el operativo requirió el mayor esfuerzo de los 100 integrantes del equipo de rescate.

Antes de las 16 del martes, el primero de los últimos cuatro chicos salió de la cueva y fue trasladado en helicóptero al hospital de Chiang Rai. Poco después llegó la confirmación de los otros dos. Aproximadamente dos horas más tarde, los Navy SEALs tailandeses publicaron en su página de Facebook: “Los 12 Wild Boars y su entrenador salieron de la cueva y están a salvo. El mensaje terminaba con su grito de guerra: “Hooyah”.

“Hoy, el pueblo tailandés, el equipo Tailandia, logró la misión imposible”, declaró aquel día histórico Narongsak Osatanakorn, jefe del centro de comando conjunto, ante una sala que estalló en aplausos.

Tres SEALs y el médico que habían permanecido varios días dentro de la cueva junto a los chicos aún estaban saliendo cuando se hizo el anuncio. También llegaron a salvo.

Los 12 chicos y su entrenador fueron internados en el hospital de Chiang Rai en aislamiento. Al salir llevaban parches blancos sobre los ojos para ayudarlos a adaptarse a la luz después de más de dos semanas de oscuridad casi total.

Rescatistas encontraron con vida a los 12 chicos y a su entrenador el 2 de julio de 2018, nueve días después de su desaparición en Tham Luang

Algunos de los primeros rescatados tenían los glóbulos blancos elevados, señal de infección. Dos mostraban indicios de neumonía, aunque respondían bien al tratamiento. “Los médicos atendieron a los chicos y ahora todos están bien y de buen humor. Hablan con normalidad. Sin fiebre”, informó por aquel entonces Jesada Chokedamrongsuk, médico del Ministerio de Salud tailandés.

Los primeros cuatro en salir ya podían comer comida normal, aunque sin picante. Sus familias pudieron verlos, pero solo a través de un vidrio o desde dos metros de distancia, con los padres usando camisolín, barbijo y cofia médica. Se esperaba que todos permanecieran internados al menos una semana.

Namhom Boonpiam, madre de uno de los rescatados, resumió el momento con pocas palabras: “Feliz, pero con mucho sueño”.

Fuente: Infobae

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