En los pasillos del Estadio Azteca, las voces de los analistas se entremezclaban con el murmullo de la afición. “Es para lo que nos alcanza, güey, es lo que somos y es un golpe de realidad”, se repetía, junto con el lamento de que “México no pasa del nueve en el ranking”. Aquellas frases, dichas con tono de advertencia maternal, se convirtieron en el “te lo dije” que toda mamá mexicana pronuncia ante un accidente anunciado. La vorágine de ilusión que había acompañado al equipo desde el “¿Y si sí?” se topó de frente con la realidad.
La lluvia, persistente, intentó robarse el show una vez más en el Estadio Azteca. Ni el dios Tláloc quiso perderse las emociones del partido de octavos de final de la Copa Mundial 2026. A las 14:30 horas, los relámpagos comenzaron su orquesta sobre los cielos grises, y hasta el Pato Merlín tuvo que interrumpir su transmisión para resguardarse. La lluvia, sin embargo, no apagó el entusiasmo de la afición tricolor ni de la inglesa, ambas acostumbradas a días sin sol. Pero en esa tarde donde la localía debía pesar, era importante recordar que ellos vienen desde allá, donde no sale el sol, donde no hay calor, donde la sangre nunca se sacrificó por un amor.


Y qué mejor forma de demostrar que esto es México que con baile. Mientras se esperaba el inicio, el DJ del Coloso de Santa Úrsula animó la tribuna con canciones para entretener a los fans. No podía faltar El Sonidito de los Hechizeros Band: “Un, dos, tres, cuatro” y… el Azteca se puso a brincar. La catedral del fútbol se estremeció; no era un microsismo, o quizá sí, pero la energía de 80 mil 824 personas saltando al unísono liberó la fuerza suficiente para que el gigante de concreto vibrara y todos en su interior también lo hicieran.
No sabía de tristezas, ni de lágrimas… hasta que te conocí
La composición de Alberto Aguilera Valadez revivió una vez más a Juan Gabriel desde su concierto en Bellas Artes. Las voces del Estadio Ciudad de México retumbaron con: “Pero desgraciadamente, era una noche como esta… cuándo te encontré”, como un presagio del sufrimiento que se avecinaba para la afición.
Depeche Mode sonó y, aunque los abucheos intentaron apagar las voces inglesas, los miles de jerseys blancos entre una oleada verde alcanzaron a entonar “All I ever wanted, all I ever needed is here in my arms, words are very unnecessary, they can only do harm”. Lo mismo ocurrió con Oasis, Blur e incluso Harry Styles.


Los decibeles no bajaban en la tribuna durante los 60 minutos de retraso por tormenta eléctrica. El Tri —la banda de rock que se disputa el nombre con la selección— también entró al juego: “Ella existió, solo en un sueño… en la eternidad los dos unieron sus almas para darle vida a esta triste canción de amor”. De repente, la música se detuvo y, aunque ya se escuchaba la despedida adelantada con El último viernes de Espinoza Paz, otro personaje entró en escena.
Los Dambo Drums dancers, una agrupación de bailarines con rostros pintados y coloridos atuendos, salieron a ambientar el partido. La reacción provocó un retumbante “¡Dale México, dale, dale oh!”. Según los parámetros mostrados en las pantallas del estadio, los cánticos mexicanos alcanzaron 49 decibeles (dB), mientras que los visitantes apenas superaron los 30 dB, aunque no estaban lejos de igualar al local.
Don’t take me home, Javier Aguirre

Entre el “óle, óle” y el “eeh p*to”, los locales dejaron sordos a los ingleses los primeros minutos. En cuestión de segundos, los ingleses cometieron el primer error que condicionó su juego: tarjeta amarilla para Declan Rice. Los gritos empezaron a ecualizarse como una olla exprés a punto de ebullición, y esa energía contenida era el nerviosismo que ya quería festejar un gol. El remate de Raúl Jiménez, que Pickford detuvo, hizo palidecer a varios. En la pausa de hidratación, ambas aficiones se unieron para cantar Mr. Brightside.
Todo era “¿y si, sí?”, y hasta bromeaban con la traducción mexicanizada “and if yes” para poner en sintonía al rival. Pero en los minutos 35 y 37 cayeron los goles que enmudecieron al Coloso de Santa Úrsula. Cuando la afición comenzaba su “¡México, México, México!”, Jude Bellingham cambió la narrativa al “Sí se puede”. Las banderas que se agitaban en la tribuna fueron escondiéndose; lo que por un instante fue un paisaje tricolor se tornó gris. Pocos valientes seguían ondeando el lábaro patrio, más por costumbre que por convicción.

El sueño parecía desvanecerse, pero Julián Quiñones recordó a la afición que aún había mucho por delante. El grito de gol revivió al público; cual guerrero azteca, Quiñones pedía que el jugador número 12 no se rindiera, y con brazos extendidos solicitaba palmas a las gradas. Las miles de almas regresaron con un ensordecedor “¡México, México!”.
Las emociones se desbordaban como las alcantarillas de la ciudad inundada. En el medio tiempo, Maná al ritmo de El Rey roquero calmó por un instante el ambiente de pánico escénico que ya reflejaba el público.
Los gritos volvieron cuando Jarell Quansah salió expulsado tras la revisión del VAR. La tribuna arrojó vasos, llovió cerveza y hasta unas palomitas de maíz volaron por las gradas cuando el árbitro dejó con uno menos a los ingleses. ¿Había posibilidades? … el balón siguió rodando y los minutos pasaban; la energía de la tribuna parecía lámpara fundida, a veces prendía y a veces no.

Minuto 60 de la segunda parte, vino el silencio absoluto: penal a favor de Inglaterra. Harry Kane tomó el balón y en el marcador se reflejó un 1 – 3. “I just wanna go to work, I wanna stay here drink all your beer, please don’t, please don’t take me home” sonó entre los festejos, pero los de verde eran quienes en verdad no querían irse a sus casas.
Último acto de fe en una eliminatoria anunciada
Los fanáticos se levantaron de sus asientos: algo pasaba en la cancha. “La va a revisar, sí la va a revisar” se escuchaba entre los colegas que saboreaban la decisión: tiro penal a favor de México. La fe regresó, y Raúl Jiménez se abrazó al balón desde el instante en que se tomó la decisión. En un momento tan importante, no había persona que no sacara su celular para grabar; irónicamente, quienes menos grabaron fueron los reporteros, porque la FIFA vigilaba que no se robaran sus derechos de transmisión.
Miles de pantallas enfocaron su atención en un punto: la portería. Incluso hubo quienes se burlaron sarcásticamente: “Mira, güey, como los influencer”, expresión que un reportero soltó antes del cobro, poniendo una cara cómica para emular a quienes grabaron el primer gol de Jiménez y se volvieron meme.

Silbatazo y… ¡Goooooooool! Jiménez se apresuró a seguir el juego. El Son de la Negra puso a brincar la tribuna, pero había algo diferente; ya no era la misma felicidad del inicio. Los brincos de los fanáticos fueron casi imperceptibles; el juego seguía y aún faltaba un gol. Volvieron los gritos de “Sí se puede”, pero del “¿Y si sí?” mejor ni hablar, porque todos olvidaron ese grito de guerra que fue simbólico ante Ecuador. Ahora había preocupación antes que ilusión.

En uno de los pasillos, entre quienes hacían su labor informativa, una joven voluntaria de la FIFA se permitió sentir; sus ojos enrojecidos intentaron contener un llanto. Sus ojos apreciaban que el reloj ya marcaba el minuto 90 y no había empate que mandara al alargue. Se les regalaron 11 minutos a los jugadores del Vasco Aguirre. Nadie quería abandonar sus lugares, y las expresiones homofóbicas fueron cada vez más notorias.



Silbatazo final y toda la banda de Inglaterra corrió a abrazarse. “It’s coming home, it’s coming home, it’s coming, football’s coming home” sonó de inmediato. ¿Irse a casa México? En realidad, estamos en ella. Entre los rostros entristecidos del público, el Tricolor dijo adiós a la ilusión mundialista. Ya no hubo cánticos, ni Juan Gabriel, ni Caifanes, ni Mi mayor anhelo. Solo silencio y uno que otro aplauso. No tienen a dónde irse, están en casa. Con la derrota ante una potencia, el telón del Estadio Azteca se cierra. Concluyó la participación de la Ciudad de México como sede anfitriona de la Copa Mundial, y las emociones se trasladarán a Estados Unidos. It’s coming home, Mexico.
Fuente: Infobae