Seis cuadros que transformaron el placer de leer en obras de arte

La lectura no es solo un ejercicio mental; también implica una posición física particular y una interacción con la luz. Los grandes maestros de la pintura lo comprendieron a la perfección. Durante siglos, el libro ha sido un elemento representado con la misma frecuencia que las naturalezas muertas, y la imagen de una persona absorta en sus páginas se ha convertido en un tema recurrente en el arte universal.

Esta selección especial abarca seis obras maestras que, desde el siglo XVI hasta la actualidad, lograron traducir ese gesto tan privado en una imagen poderosa y perdurable.

Un rostro hecho de libros

Sin duda, la obra más excéntrica de esta lista es El bibliotecario, creada por Giuseppe Arcimboldo alrededor de 1566. Actualmente se conserva en el castillo de Skokloster, en Suecia. Este pintor milanés, quien fuera retratista oficial de la corte de los Habsburgo, ideó un rostro humano utilizando únicamente libros apilados. Las tapas forman los ojos, los lomos constituyen el cuerpo y un volumen abierto corona la cabeza a modo de sombrero. La pieza pertenece a una serie de retratos compuestos con objetos alusivos a la profesión del retratado.

Se cree que el modelo pudo haber sido Wolfgang Lazius, un humanista e historiador al servicio del emperador Maximiliano II. Desde su primera exhibición, la obra ha generado debate entre los especialistas: mientras algunos la consideran un homenaje a la erudición renacentista, otros la interpretan como una sátira hacia quienes acumulan libros sin leerlos. El título actual —Bibliotekarien, en sueco— no aparece registrado en ningún inventario anterior al siglo XX.

La concentración infantil en la época victoriana

Tres centurias después, Edward Burne-Jones optó por un enfoque completamente diferente. En su Retrato de Katie Lewis (1886), la hija del abogado y mecenas sir George Lewis aparece recostada en un sofá dorado, vestida de negro, con un libro abierto entre las manos y un perro dormido a su lado. La niña está tan inmersa en su lectura que parece ignorar por completo la presencia del pintor.

Burne-Jones, una figura clave del movimiento prerrafaelita, creó varias obras sobre la familia Lewis a principios de la década de 1880. Este retrato en particular se exhibió en la Grosvenor Gallery de Londres en 1887 y fue donado por el artista al padre de la niña en 1897. El libro que Katie sostiene es una edición ilustrada de la leyenda de San Jorge y el dragón.

Un espejo que desafía la realidad

René Magritte, fiel a su estilo, abordó la lectura de manera indirecta. La reproduction interdite (Reproducción prohibida) es un óleo de 1937 encargado por el poeta y mecenas Edward James para el salón de baile de su residencia en Londres.

El cuadro presenta a un hombre de espaldas frente a un espejo. Sorprendentemente, el espejo no refleja su rostro, sino que muestra también su nuca. Sin embargo, sobre la repisa, un libro sí aparece reflejado correctamente.

Ese volumen es una edición francesa de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, la única novela de Edgar Allan Poe, escritor favorito de Magritte. La paradoja central de la obra es que un objeto inanimado obedece las leyes de la física, mientras que el ser humano las transgrede. Actualmente, la obra se encuentra en el Museum Boijmans Van Beuningen de Rotterdam.

El realismo social antes del color

Van Gogh firmó con su nombre de pila —Vincent— el dibujo titulado Campesino leyendo junto al fuego, de 1881. Ese año, el artista vivía con sus padres en Etten, Países Bajos, y se dedicaba a retratar a trabajadores rurales en sus labores diarias.

El modelo fue Cornelis Schuitemaker, un veterano de guerra que dependía de la asistencia social. La escena es austera: un hombre sentado en una silla de paja, inclinado sobre un libro, con una chimenea encendida a su derecha. Los tonos son ocres y grises, y la línea es firme. Esta es una obra del Van Gogh anterior a la paleta brillante, cuando todavía contemplaba el mundo desde la óptica del realismo social.

Gabriel Picart sitúa la lectura en un ámbito íntimo y femenino, bajo la luz natural y en una escena asociada al sur de Europa

Luz mediterránea y lectura

En la obra Mujer leyendo, del pintor español Gabriel Picart (nacido en 1962), una figura femenina con una falda de patchwork en tonos azules lee sentada en unos peldaños de piedra, descalza, bajo un sol que recorta las sombras con precisión.

La puerta de madera oscura y las flores al fondo sitúan la escena en el sur de Europa. Las obras de Picart forman parte de colecciones privadas en España, Estados Unidos, Alemania, China y Reino Unido, entre otros países.

La lectura en la era digital

La última imagen de esta serie pertenece al recientemente fallecido David Hockney. A partir de 2009, el pintor británico comenzó a dibujar con el dedo en la pantalla de un iPhone, utilizando la aplicación Brushes, y enviaba las imágenes resultantes a amigos y colaboradores. Cuando Apple lanzó el iPad en 2010, Hockney adoptó el nuevo dispositivo de inmediato y amplió su producción digital a flores, paisajes y naturalezas muertas.

La pintura de esta selección, que aparece en el libro Una ventana al mundo (Taschen), muestra una lámpara de escritorio que derrama luz amarilla sobre una pila de libros. Al fondo, una ventana nocturna deja ver una grúa de construcción. El fondo es de un violeta intenso, la luz es eléctrica y las líneas son rápidas. Se trata de una imagen creada desde la cama, en la oscuridad, con un dispositivo que cabe en la palma de la mano. Hockney logró convertir esta herramienta cotidiana en un soporte artístico con la misma naturalidad con que otros eligieron el lienzo o el papel.

Fuente: Infobae

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