Conseguir que los menores consuman más verduras de manera consistente suele ser un desafío cotidiano. Sin embargo, múltiples investigaciones señalan que ajustes sencillos en la dinámica del hogar pueden moldear sus gustos de forma duradera. El secreto está en la exposición temprana, la manera de presentar los alimentos y el ejemplo que los padres brindan en la mesa.
La rechazo infantil hacia los vegetales tiene una explicación biológica: desde pequeños, el paladar se inclina por lo dulce. Incluso la leche materna contiene azúcares naturales que resultan agradables. Cuando llega la hora de los sólidos, enfrentarse a un trozo de brócoli o una cucharada de espinaca se vuelve una prueba difícil.
Los niños requieren una alimentación variada, rica en frutas y verduras. Una dieta deficiente afecta la cognición, la concentración, el comportamiento y hasta el rendimiento escolar. Además, la obesidad infantil sigue en aumento y está vinculada a problemas de salud a largo plazo y peores resultados educativos.

La profesora de biopsicología Marion Hetherington, de la Universidad de Leeds, explicó que ofrecer una amplia gama de verduras durante la primera infancia, y hacerlo con frecuencia, puede marcar una gran diferencia. Según la especialista, la etapa preescolar es la ventana más eficaz para mejorar la aceptación de estos alimentos.
“Si no empiezas a aumentar la exposición de los niños a las verduras antes de los cinco años, es (casi) demasiado tarde”, afirmó Hetherington. “Es un mensaje duro, pero la realidad es que, si perdieron toda esa exposición, no es imposible, pero cuesta mucho trabajo”.
Los estudios indican que los pequeños suelen necesitar varios contactos repetidos antes de aceptar un alimento nuevo. El rango va de 5 a 15 exposiciones. Los bebés menores de un año pueden requerir menos que los preescolares de tres a cuatro años, etapa en la que suele intensificarse la neofobia alimentaria, es decir, el miedo a probar lo desconocido.

Este proceso puede comenzar incluso antes del nacimiento. Hay evidencias de que lo que consume la madre llega al feto a través del líquido amniótico y puede influir en las preferencias del bebé.
La forma de presentar los vegetales también juega un rol clave. Decirles que un plato “es sano” puede resultar contraproducente, porque los niños suelen escoger lo que se describe como “sabroso” antes que lo etiquetado como “saludable”.
Por ello, una estrategia efectiva es ofrecer las verduras al inicio de la comida, cuando tienen más hambre. “Los niños a menudo comen primero lo que más les gusta”, señaló Hetherington. “Y para cuando llegan a los guisantes, ya no los quieren”.

La profesora de ciencias de la nutrición Barbara Rolls, de la Universidad Estatal de Pensilvania, sostuvo que empezar por las verduras también ayuda a que los niños no coman en exceso. Aunque en muchas dietas occidentales no formen parte del desayuno, nada impide incluirlas desde primera hora, como champiñones y espinacas en una tortilla o calabacín en muffins de desayuno.
Un ensayo de 2023 en ocho centros infantiles del Reino Unido halló que los niños comieron verduras en el desayuno en más del 60% de las ocasiones en que se les ofrecieron. Si esa opción no se adapta a la rutina familiar, otra posibilidad es ajustar las proporciones del plato, reduciendo ingredientes calóricos para dejar más espacio a los vegetales.
Eso puede lograrse con una guarnición más abundante o incorporando verduras ralladas, como zanahoria y calabacín, en las salsas. Los estudios citados indican que las personas tienden a comer un volumen similar de comida y más verduras cuando cambia la proporción entre carne y vegetales.

También se ha observado que aumentar en 50% la cantidad de frutas y verduras en el plato de un niño eleva lo que realmente consume. Otras investigaciones señalan que los preescolares ingieren más vegetales y menos alimentos poco saludables cuando pueden elegir entre varios tipos en la mesa.
La apariencia del alimento influye tanto como su presencia. Si un niño tiene varias opciones delante, suele inclinarse por lo que le resulta más familiar y visualmente atractivo.
De ahí que modificar la presentación pueda ayudar. Un equipo de investigación comprobó que los niños tenían más probabilidades de comer alimentos nuevos cuando se servían de forma artística en el plato. Otros trabajos hallaron un mayor consumo de frutas y verduras cuando aparecían con formas llamativas, como mariposas, flores u osos de peluche.

La visibilidad y el acceso también cuentan. La investigación mostró que los niños de 10 a 13 años elegían y comían más verduras cuando se les ofrecían varias en un solo recipiente con porciones preparadas, en lugar de repartirlas en platos distintos.
En preescolares, dividir la comida en secciones dentro del plato elevó el consumo de verduras en 36%. El entorno visual, por tanto, no solo afecta la elección inicial, sino también la cantidad que termina en la boca.
Un estudio con escolares de Nueva Zelanda encontró que los hijos de padres con dietas más saludables comían menos tortas, chocolates y otros aperitivos salados. Del mismo modo, los niños cuyos padres muestran con regularidad hábitos de alimentación saludable suelen disfrutar más de las frutas y verduras.

Un estudio longitudinal también observó que quienes participaban con frecuencia en comidas familiares tenían mejor condición física y bebían menos refrescos.
La relación emocional con la comida también forma parte del problema. Los investigadores advierten que presionar a los niños para que coman ciertos alimentos puede reducir su disfrute de la comida y empujarlos hacia una dieta menos saludable.
Premiarlos con alimentos ricos en grasa o azúcar puede reforzar aún más su preferencia por esos productos. En cambio, un estudio sugiere que dejarles jugar con los alimentos puede reducir la neofobia alimentaria, el miedo a lo nuevo.

En ese trabajo, los investigadores animaron a los niños a tocar, oler y observar de cerca ingredientes como remolacha, garbanzos y pak choi, sin pedirles que los probaran. Después, se mostraron más abiertos a ingredientes desconocidos y más dispuestos a aceptarlos más adelante.
Invitar a los niños a cocinar también elevó su disposición a probar alimentos poco familiares. El chef experimental Jozef Youssef, que colaboró en ese estudio, resumió la idea así:
“Hay algo en convertirlo en un juego y en involucrarse en el juego sensorial que funciona con los niños”.
“Cuando están en un entorno muy relajado, distendido y sin presión, los niños están muy dispuestos a jugar un poco con la comida, probarla y experimentar con cosas distintas”, añadió Youssef. Con algo de constancia, ese cambio de enfoque puede ayudar a que la dieta infantil deje de limitarse a los alimentos “beige”.
Fuente: Infobae