Hay victorias que dejan más dudas que satisfacciones. Eso fue lo que ocurrió con la selección argentina en su presentación ante Cabo Verde. El resultado fue favorable, pero el desempeño encendió las alarmas y obliga a una reflexión profunda sobre el rumbo del equipo.
Acostumbrados a una Albiceleste que controlaba los partidos con pragmatismo y solvencia, el encuentro en el Hard Rock Stadium mostró a una versión incómoda, lejos de la que nos tenía habituados. Contra Cabo Verde, Argentina avanzó y cumplió el objetivo, pero expuso una fragilidad que no se veía desde hace tiempo. El ambiente en las tribunas reflejaba esa extraña mezcla de alivio y preocupación.
Tal vez este partido sea más valioso de lo que parece. Los Mundiales también se nutren de estos momentos: rivales que aparecen para desafiar el relato, que sin la historia de las grandes potencias juegan sin complejos y obligan a competir de verdad.
Cabo Verde demostró ser mucho más que un rival digno. Fue un equipo valiente e inteligente, que atacó cada espacio, anotó dos golazos y nunca se sintió inferior. El conjunto dirigido por Bubista tuvo la rebeldía y la cohesión que Argentina perdió. Jugó convencido de que podía escribir su propia historia.

Al salir del estadio, muchos recordaron aquella Arabia Saudita de Qatar, no por el desenlace, sino por la aparición de ese rival incómodo que obliga a despertar. Un balde de agua fría que recuerda que ningún campeón tiene el camino allanado. El fútbol es, como dijo Panzeri, “la dinámica de lo impensado”.
A veces se cree que los Mundiales se ganan solo con jerarquía, pero también se ganan atravesando estas noches: cuando el plan no alcanza, el rival hiere y la única salida es resistir hasta que aparezca el carácter. A Argentina se la vio frustrada. Los propios futbolistas reconocieron que fue uno de los peores partidos del ciclo Scaloni.
El equipo lució cansado, desconectado, lejos de aquella versión que controlaba los partidos desde el mediocampo. Justo donde suele construirse la identidad, faltó claridad, intensidad y coordinación. Argentina nunca logró imponer su sello.
Las presiones llegaron tarde, los relevos perdieron sincronía, el ritmo de recuperación no fue el de siempre. Desde la tribuna se percibía un equipo lento, anodino y predecible.

La conexión que suele brillar entre Enzo, Alexis, Rodrigo y Almada mostró cortocircuitos. Los roles y funciones se confundieron, sin claridad en el mediocampo. Rodrigo De Paul, ese futbolista de motor distinto, pasó inadvertido durante largos pasajes.
Cabo Verde detectó con valentía los espacios a espaldas de los volantes. Cada recuperación se transformó en una transición peligrosa. Su confianza creció y por momentos se sintieron capaces de ganar el partido.
También hay que asumir que el rival pudo jugar porque Argentina se lo permitió. No presionó alto ni se replegó en bloque bajo. Quedó en un intermedio peligroso, partido, que facilitó la tarea a los africanos.
Mención aparte para Vozinha. El arquero caboverdiano, de 40 años, volvió a ser el héroe inesperado. Cada intervención alimentó la ilusión de su pueblo y la incertidumbre argentina. Ya puede ser considerado uno de los mejores arqueros del Mundial.

En ofensiva, otra cuestión que llama la atención: Argentina genera muy poco para su centrodelantero. Sea Julián Álvarez o Lautaro Martínez, el nueve pasa demasiados minutos lejos del área rival. Ambos cumplen un rol enorme en la presión y el desgaste defensivo, pero un delantero necesita vivir de situaciones de gol.
El nueve trabaja mucho más de lo que define. El puesto produce poco, sin importar quién juegue. Argentina necesita volver a abastecer a su centrodelantero para potenciar al equipo.
El ingreso de Nicolás González desnudó el ritmo cansino del equipo. Con electricidad y verticalidad, dio profundidad. La Selección necesita más frontalidad y un revulsivo. Scaloni sigue apostando por la misma morfología, pero quizás este partido alcance para probar cambios.
Dentro de las preocupaciones, hay tres buenas noticias. Primero, Lionel Messi sigue siendo el factor diferencial. Cada vez que recibe la pelota ocurre algo: pases, gambetas, centros letales. Su influencia tranquiliza.
Segundo, Cristian Romero y Lisandro Martínez conforman una de las mejores zagas centrales del mundo. Se complementan perfectamente: el Cuti impone agresividad, Lisandro aporta lectura y salida limpia. El central del Manchester United tiene pie de número cinco, como demostró en el primer gol.
Tercero, a Argentina le alcanzó con muy poco. Con una actuación pobre, el equipo sacó adelante la eliminatoria. El fútbol da otra oportunidad a este grupo para demostrar que la continuidad de Qatar sigue viva, aunque futbolísticamente aún no lo ha hecho en esta Copa.
Este equipo supo terminar con la Messidependencia, rodeándolo y potenciándolo. Pero ante Cabo Verde, por primera vez en mucho tiempo, volvimos a mirar al 10 esperando que inventara una solución.
Ahora necesita volver a ser equipo, recuperar su sello y reencontrarse con su esencia.
Fuente: Infobae