En el corazón del archipiélago de las Seychelles, frente a la costa africana en el océano Índico, se encuentra Moyenne, una isla de menos de diez hectáreas que encierra una historia tan fascinante como cualquier leyenda de piratas. Durante los siglos XVIII y XIX, se dice que este pequeño territorio sirvió como refugio para bucaneros; una de sus playas del norte se llama incluso Cueva del Pirata. También se rumorea que en algún lugar de sus reducidos confines hay un tesoro enterrado valorado en unos 50 millones de dólares. Dos tumbas sin nombre refuerzan el misterio. Pero la historia real de Moyenne supera cualquier ficción: de ser una isla despoblada y salvaje, se transformó en un paraíso gracias al sueño y la tenacidad de un hombre, Brendon Derek Grimshaw, un periodista británico al que muchos comparan con un moderno Robinson Crusoe.
Moyenne —cuyo nombre en francés significa ‘mediana’— es una de las islas más pequeñas de las Seychelles. Su extensión no alcanza las diez hectáreas, su perímetro es inferior a dos kilómetros y su punto más alto apenas llega a los 61 metros sobre el nivel del mar. Se ubica a unos 4,5 kilómetros de la costa norte de Mahé. Abandonada por sus últimos habitantes en 1917, la isla sufrió los estragos del olvido: deforestación, maleza descontrolada y la desaparición de muchas especies de aves. Su fauna terrestre se reducía principalmente a ratas.
Ese era el panorama que encontró Brendon Grimshaw en 1962, cuando visitó las Seychelles durante unas vacaciones. Quedó tan cautivado por su belleza natural que decidió cambiar el rumbo de su vida.

Un periodista con espíritu aventurero
Nacido en 1925 en Yorkshire, Inglaterra, Grimshaw comenzó su carrera periodística muy joven. Escribió para el Batley News y el Sheffield Star, y a los 23 años se convirtió en el jefe de redacción más joven de Gran Bretaña. Aunque su futuro editorial era prometedor, su deseo de conocer el mundo lo llevó a buscar oportunidades en el extranjero. En sus memorias, Un grano de arena: la historia de un hombre y una isla, relata que puso su mirada en África y trabajó como editor en el East African Standard de Nairobi, Kenia, y luego en el Tanganyika Standard de Tanzania.
Disfrutaba de su labor, pero a principios de los años 60 África vivía cambios profundos. Tanzania se independizó en 1961 y Kenia lo haría en 1963. Grimshaw, como inglés, sabía que esos puestos pronto serían ocupados por locales. Fue entonces cuando viajó a las Seychelles para tomar unas vacaciones y reflexionar sobre su futuro. Tenía 37 años.
En sus memorias describe cómo se enamoró de las bellezas del archipiélago y comenzó a soñar con vivir allí. Quería comprar una isla, pero le parecía inalcanzable. Sin embargo, un día antes de regresar a Kenia, un joven le preguntó si quería visitar una isla que estaba en venta. Así conoció Moyenne. “Este es el lugar que estaba buscando”, pensó apenas pisó la isla. El joven era Phillipe Georges, descendiente de franceses cuya familia era dueña de la isla desde 1946. El precio: 8.000 libras esterlinas (unos 10.000 dólares), una cifra que Grimshaw podía pagar. La compró.
Durante los años siguientes, Grimshaw alternó temporadas en Moyenne con trabajos en África. Dejó el periodismo y se desempeñó como consultor de relaciones públicas para el gobierno de Julius Nyerere, primer presidente de Tanzania y amigo personal. Recién en 1973 se instaló definitivamente en la isla y se dedicó por completo a su gran sueño: restaurar la riqueza natural de Moyenne y convertirla en un santuario protegido.

El gran desafío
No podía hacerlo solo. Consiguió la ayuda de René Lafortune, hijo de una familia de pescadores de una isla cercana, quien pasó de ser un empleado a convertirse en su amigo y socio. Con pocas herramientas y a veces solo con sus manos, durante décadas plantaron más de 16.000 árboles de especies autóctonas —cuando Grimshaw compró Moyenne solo había cuatro— y construyeron cerca de cinco kilómetros de senderos. El esfuerzo dio frutos: la vida salvaje regresó, muchas aves que habían desaparecido volvieron y otras especies fueron introducidas, como la amenazada tortuga gigante de Aldabra, de la que Grimshaw era un gran entusiasta. Hoy hay más de un centenar de ejemplares en Moyenne.
Para financiar el proyecto, además de usar sus ahorros, cobraban una pequeña cuota a los turistas que visitaban la isla y comían en el Jolly Roger, un pequeño restaurante de comida local de pescados y mariscos. Nunca permitieron que nadie pasara la noche en Moyenne. En los años 80, el auge del turismo en la región convirtió a la isla en un blanco atractivo para especuladores, promotores inmobiliarios y cadenas hoteleras. Grimshaw recibió numerosas ofertas para venderla, pero las rechazó todas. Ni siquiera cuando un príncipe saudí ofreció 50 millones de dólares por Moyenne, cedió.
No quería que su paraíso natural se transformara en un lujoso resort para ricos. Prefería que siguiera siendo una reserva natural accesible para todos. Por eso comenzó a negociar con el gobierno de Seychelles para que la isla obtuviera protección oficial, incluso después de su muerte.

La búsqueda del tesoro
Cuando su madre, Kate, falleció en 1981, Grimshaw hizo una excepción a su regla de no permitir que nadie más viviera en la isla: invitó a su padre, Raymond Grimshaw, de 88 años, a mudarse con ellos. Raymond vivió allí hasta su muerte en 1987 y fue enterrado en la isla, junto a las tumbas de los dos supuestos piratas desconocidos.
Durante todos esos años, mientras trabajaban incansablemente, Grimshaw y Lafortune buscaron el tesoro que los piratas habrían escondido en Moyenne. Excavaron, removieron tierra e incluso dinamitaron rocas, pero nunca lo encontraron. Abandonaron la búsqueda en 2002, cuando el experiodista tenía 77 años y su amigo luchaba contra un cáncer. Años después, en una entrevista con el diario español El Mundo, Grimshaw confesó: “Simplemente yo no he sabido encontrarlo. Fue como jugar a la lotería durante 27 años. Tener que dejarlo no fue una tragedia, pero sí una desilusión”.
El tesoro que sí logró fue que el gobierno de Seychelles declarara a Moyenne parque natural. Esto ocurrió en 2008, cuando Lafortune ya había muerto y Grimshaw era el único habitante de la isla. Así vivió cuatro años más, hasta su muerte el 3 de julio de 2012. En su testamento dejó escrita su última voluntad: “La isla de Moyenne debe conservarse como un lugar de oración, paz, tranquilidad, descanso y conocimiento para los seychelenses y los visitantes extranjeros de todas las nacionalidades, razas y creencias”.
Las autoridades del archipiélago construyeron entonces una cabaña y asignaron un guardián para controlar el ingreso de turistas. También crearon un pequeño museo dedicado a Grimshaw. En una de sus últimas entrevistas, el hombre que transformó Moyenne resumió su obra: “He pasado 33 años de mi vida convirtiendo una isla salvaje en lo que hoy es. Veo los árboles de 12 metros que planté yo. Son mis amigos y esta es mi casa”.
Los restos de Grimshaw descansan junto a las tumbas de su padre, de su amigo Lafortune y de los dos supuestos piratas. En su lápida se lee una frase que él mismo eligió: “Moyenne le enseñó a abrir los ojos a la belleza que lo rodeaba y a dar gracias a Dios”.
Fuente: Infobae