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Lecturas imperdibles: cuentos, infancia y clásicos argentinos

Hace unos días, al entrar a un bar en el barrio de Boedo, noté algo curioso: de cinco mesas ocupadas, tres tenían a una persona sola, cada una absorta en la lectura de un libro. Comentamos lo grato que resulta un sábado por la mañana dedicado al disfrute personal. Precisamente de eso quiero hablar hoy: de disfrutar leyendo.

Por eso, arranco recomendando Personaje secundario, un volumen de cuentos de Sofía Balbuena que se alzó con el Premio Ribera del Duero de narrativa breve. Debo confesar que no soy asiduo a los cuentos, pero el prestigio del galardón despertó mi curiosidad. Continúo con Mi miedo xixi, un libro infantil que acaba de lanzar Claudia Piñeiro y que aborda el temor de una niña —que luego, ejem, resulta escritora— a hacerse pis en la cama. Y, para cerrar, no puedo dejar de lado Don Segundo Sombra, esa obra ¿gauchesca? que Ricardo Güiraldes publicó hace exactamente un siglo.

Aquí vamos.

1) “Personaje secundario”, de Sofía Balbuena

En los cuentos de Sofía Balbuena aparecen mujeres

¿Es posible cansarse de ser madre, de estar casada, de soportar las miserias de la pareja? ¿Acostarse con otros para llenar un vacío indefinible, desear perder a una hija, extrañar un viejo mal amor, animarse con los clientes del bar que coquetean, sentirse inevitablemente atrapado por el jefe? ¿Que la vida, en fin, se vuelva demasiado aburrida, demasiado rápido?

Algo de eso, o todo junto, es lo que viven las mujeres de Personaje secundario, un libro de cuentos que, con apenas 120 páginas, obtuvo el Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve y fue editado por Páginas de Espuma. Su autora, Sofía Balbuena, nació en Salto, provincia de Buenos Aires, en 1984, estudió Ciencias Políticas en la UBA, vivió en Estados Unidos y hoy reside en Madrid. Quizá por eso sus relatos transcurren en distintos países y presentan personajes de diversas nacionalidades.

Sofía Balbuena vivió en la Argentina, Estados Unidos y España. (Laura C. Vela)

“Hablar en primera persona sobre mis problemas, que no quiero esconder, me parece importante”, declaró Balbuena en una entrevista.

Mirarse a una misma y observar el entorno parece haber sido el trabajo de base para estos relatos, cuyos personajes resultan de carne y hueso; uno diría que conoce a esas chicas que aspiran al doctorado pero terminan cambiando pañales y vendiendo empanadas (y que, ojo, no se han rendido).

Hay mucha introspección en esos personajes, aunque sin idealizarlos. Si ella lo dejó todo por la maternidad y él continúa el doctorado… ¿no lo odia un poquito? Pero, a la vez, ¿no teme que él la abandone? Eso: personajes que no son arquetipos de ningún discurso y una autora que, en el fondo —esto es un spoiler—, cree en el amor. O al menos eso parece.

2) “Mi miedo xixi”, de Claudia Piñeiro

Miedo a hacerse pis, miedo a la bruja y cosas que pasan cuando una crece...

Hay algo hermoso y algo arriesgado en Mi miedo xixi, el relato que Claudia Piñeiro está publicando estos días en el sello infantil Siglo para chicos de la editorial Siglo XXI, con ilustraciones de Lulú Maranzana. Aquí Piñeiro abre la cajita de sus recuerdos y cuenta uno que no debe ser el más sencillo. Se lo dedica a sus tres hijos: Ramiro, Tomás y Lucía.

El libro comienza explicando que una tía muy viajera llamaba “xixi” al pis, como en Brasil. Y que ella, de niña, sentía tanto miedo de hacerse pis que desarrolló toda una serie de estrategias para controlarlo.

Todo empezaba cuando se despertaba de noche con ganas de ir al baño y luchaba —ya saben cómo es— para no levantarse y recuperar el sueño. Y, cuando ya no quedaba más remedio, debía enfrentar el miedo a que allí la esperara una bruja. Siempre haciendo pis con temor:

“Mi bruja era una mezcla entre la anciana dueña de la casa de golosinas que engordaba a Hansel y Gretel para comérselos, la malvada que encerró a Rapunzel en una torre y le cortó su hermosa trenza, una vecina gruñona que me miraba mal cuando pasaba por su vereda en bicicleta, más algunos detalles inventados que anotaba en un cuaderno que escondía en el último estante de mi placard, detrás de los pulóveres de invierno”, cuenta Piñeiro.

Para que no la persiguiera, golpeaba fuerte la puerta al salir. ¿Sus padres? Dormidísimos: “y yo no me atreví a contarles que le tenía miedo a una bruja que nunca había visto, pero que era más fea que las de Hansel, Gretel y Rapunzel juntas”.

La niña —quien conozca a la escritora puede imaginarlo perfectamente— medía el mundo según la “Distancia xixi”. Que recuerda un poco a la “Distancia de rescate” de Samanta Schweblin y que Piñeiro define así:

“La distancia xixi era la que yo podía recorrer de ida y vuelta sin necesidad de un baño”.

Al kiosco, a la fábrica de pastas, a la escuela: ¿llego desde casa sin ir al baño?

Miedo, control, pavor al descontrol, diría uno desde el diván. Pero Piñeiro nos depara una sorpresa: la niña crece, duerme profundamente, se acaban las excursiones al baño, la bruja se va volando. Y la niña, ay, empieza a hacerse pis de verdad. Ahí el libro da un giro, se vuelve aún más íntimo, más entrañable, más expuesto. No revelaré cómo termina, pero dan ganas de abrazarla.

3) “Don Segundo Sombra”, de Ricardo Güiraldes

Una representación del libro Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes se integra en un paisaje rural con un camino de tierra, vallas y dos figuras caminando. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Es casi inevitable, en estos días, hablar de Don Segundo Sombra. Porque la novela cumple cien años y porque, desde su publicación, se ha convertido en un clásico de la literatura argentina.

Güiraldes la dedica, entre otros, a José Hernández —el autor del Martín Fierro— y también “al gaucho que llevo en mí, sacramente, como la custodia lleva la hostia”.

La novela está narrada por un adolescente huérfano, Fabio. “Un guacho”, le dicen y se dice a sí mismo. Pronto verá llegar a Don Segundo, un gaucho. El guacho y el gaucho, entonces. El gaucho será modelo y guía, un hombre, ¿un padre?

“No era tan grande en verdad, pero lo que le hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la expresión de fuerza que manaba de su cuerpo”, dice Fabio la primera vez que lo ve.

Lo ve hablar, observa la serenidad de Segundo cuando intentan matarlo y se fascina: Fabio dejará la casa donde se cría y se irá con él. El chico buscará una identidad a su lado. Aprenderá, crecerá, cambiará.

Don Segundo Sombra se publicó en 1926.

Don Segundo es casi un superhéroe, pero no es extraño que lo sea si el narrador es ese chico y son sus ojos los que lo miran. El chico que no heredará ni capital, ni costumbres, ni certezas, y por eso puede cuestionar lo que otros dan por sentado. La novela de Güiraldes, al elegir el punto de vista del muchacho, dialoga con ese linaje: el del huérfano que, lejos de ser mera víctima, se vuelve testigo incómodo y protagonista de su propio destino.

Sin embargo, las cosas darán un vuelco impensado que permitirá a Fabio mirar el mundo desde otro lado. Mientras tanto: campo, doma, gauchos, puebleros, pobres y ricos, patrones y peones, la extensión, el aprendizaje. Un mundo que, no por nada, la literatura sigue visitando, aunque Jorge Luis Borges lo haya criticado sin piedad.

Fuente: Infobae

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