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Larry Walters: el hombre que voló 4.880 metros en una silla de jardín con 42 globos

El 2 de julio de 1982, el camionero Larry Walters, de 33 años, sin licencia de piloto, se elevó desde el patio trasero de la casa de su novia en San Pedro, California, Estados Unidos. Iba sentado en una silla de jardín de aluminio comprada en Sears, atada a 42 globos meteorológicos rellenos de helio. En menos de dos minutos, alcanzó los 4.880 metros de altura, quedando a la vista de pilotos de aviones comerciales que sobrevolaban Los Ángeles.

El vuelo duró aproximadamente una hora y media. Walters cruzó el espacio aéreo controlado del aeropuerto internacional de Los Ángeles y fue avistado por al menos dos aeronaves comerciales. Durante el trayecto, perdió su pistola de aire comprimido y terminó enredado en cables de alta tensión en Long Beach, cerca de Los Ángeles, donde provocó un apagón de 20 minutos en todo un barrio. Bajó ileso.

Walters planeó durante diez años su vuelo en silla de jardín, reunió globos meteorológicos, bidones de agua y un paracaídas, y bautizó el artefacto Inspiration I (The Smithsonian)

El origen de la obsesión por volar

Larry Walters nació el 19 de abril de 1949 en Los Ángeles. Según contó años después a The New Yorker, la idea de volar surgió cuando tenía entre ocho y nueve años, durante una visita a Disneylandia. Vio a una mujer que sostenía muchos globos de Mickey Mouse y algo hizo clic en su cabeza.

“Sé que fue entonces cuando la idea se desarrolló. Quiero decir, si juntás suficientes de esos, te van a levantar”, dijo en esa entrevista.

A los 13 años ya experimentaba con generadores de hidrógeno caseros. Al encontrar globos meteorológicos en una tienda de rezagos militares, se convenció de que esos artefactos, en cantidad suficiente, podían elevar a una persona.

Su plan original era ser piloto militar, pero su mala visión se lo impidió. En lugar de volar, sirvió como cocinero durante la guerra de Vietnam. Sin embargo, la idea de levantar vuelo persistió.

En 1972, Walters decidió que si quería volar, tendría que hacerlo por sus propios medios. Durante los siguientes diez años reunió los materiales: una silla de jardín resistente, 45 globos de gran tamaño y varios bidones de agua para regular el peso.

La preparación meticulosa

Calculó cuántos globos necesitaba para elevar su peso. Aprendió paracaidismo como medida de precaución. Consiguió los globos meteorológicos con una carta falsa en la que decía que eran para una publicidad televisiva. Los dispuso en cuatro capas, los ató a la silla y la inclinó a 45 grados hacia atrás. Le puso nombre a su artefacto: Inspiration I.

Para el vuelo cargó sándwiches, cerveza, una radio CB (de corto alcance, que usaba como camionero), un altímetro, una cámara, una pistola de perdigones para pinchar los globos durante el descenso y un paracaídas. El costo total de la operación rondó los 4.000 dólares.

El vuelo de Larry Walters duró cerca de una hora y media, cruzó el espacio aéreo controlado de Los Ángeles y fue reportado por pilotos comerciales (National Air and Space Museum)

Su plan era despegar del patio de la casa de su novia, Carol Van Deusen, en San Pedro, al sur de Los Ángeles. La silla quedaría atada a su camioneta Jeep con tres cuerdas para un ascenso controlado hasta unos 30 metros. Desde ahí, calculaba que los vientos lo llevarían hacia el este, en dirección al desierto Mojave. Pensaba disfrutar de la vista un par de horas, tomar fotos y luego descender con calma.

A las 11 de la mañana del 2 de julio de 1982, hace 44 años, Walters subió a la silla desde el techo de la casa. Las cuerdas que lo sujetaban a la Jeep se cortaron antes de lo previsto. La silla no flotó suavemente: salió disparada hacia arriba.

En cuestión de minutos estaba a una altura no planificada. El frío y la falta de oxígeno le confirmaron que había superado con creces los pocos cientos de metros que creía alcanzar. Sin mirar el altímetro, supo que algo había salido muy mal.

Desde tierra, su novia le gritaba que abortara la operación. Walters no tenía intención de hacerlo.

“No iba a discutir con ella porque de ninguna manera, después de todo esto, de toda mi vida y el dinero que habíamos puesto en esto, iba a bajar. De ninguna manera. Iba a pasarla bien ahí arriba”, recordó después.

Y eso fue exactamente lo que hizo, al menos por un rato. Desde esa altura vio las chimeneas naranjas del Queen Mary, el hidroavión Spruce Goose de Howard Hughes y, más arriba, tanques de petróleo que se apreciaban como pequeños puntos. También divisó la Isla Catalina, situada a 35 kilómetros de la costa. Tenía la cámara, pero no sacó ninguna foto. “Era algo personal. Solo quería el recuerdo”, dijo a The New Yorker.

Dos pilotos comerciales lo avistaron en el espacio aéreo controlado cerca del aeropuerto internacional de Los Ángeles y lo reportaron a los controladores. Uno de los informes fue:

“Aquí TWA 231, a nivel de 16.000 pies (4.800 metros). Tenemos un hombre en una silla con globos en nuestra posición de las diez, a 5 millas (8 kilómetros) de distancia”.

Walters usó la radio CB para contactar a REACT, una organización de monitoreo de radio. Le preguntaron cuál era su dificultad. “La dificultad es que este fue un lanzamiento de globo no autorizado y sé que estoy en espacio aéreo federal”, respondió.

El plan de Larry Walters era elevarse de forma controlada desde el patio de Carol Van Deusen y dejarse llevar hacia el desierto Mojave antes de descender (National Air and Space Museum)

El descenso accidentado y el apagón

Cuando decidió que era hora de bajar, sacó la pistola y empezó a pinchar los globos del anillo exterior. Pero al apoyar el arma en sus piernas, una ráfaga de viento lo sacudió hacia adelante. La pistola se cayó. “Hasta el día de hoy puedo verla caer, haciéndose cada vez más pequeña, hacia las casas, tres kilómetros más abajo”, recordó Walters. Sin forma de pinchar más globos, quedó a merced del helio que se escapaba lentamente de los ya perforados. Para controlar el descenso, abrió los bidones de agua con una navaja y volcó el lastre. Sin la pistola, no podía regular la altitud con precisión.

La silla descendió y se enredó en los cables de alta tensión de la calle 45 número 432 en Long Beach. El impacto dejó sin electricidad a todo un barrio durante varios minutos. Walters bajó por su cuenta, sin un rasguño.

Lo esperaba la policía de Long Beach. Poco después llegaron funcionarios de la Administración Federal de Aviación (FAA), que le imputó cuatro cargos. El inspector de seguridad Neal Savoy declaró a The New York Times:

“Sabemos que violó alguna parte de la Ley Federal de Aviación, y en cuanto decidamos cuál parte es, se presentará un cargo”. Y agregó: “Si tuviera licencia de piloto, se la suspenderíamos, pero no la tiene”.

Walters no supo qué hacer con la silla. Se la regaló a un chico del barrio donde aterrizó. Luego se reencontró con su novia y se fue a casa.

La FAA lo multó inicialmente con 4.000 dólares por volar “sin establecer ni mantener comunicación bidireccional con la torre de control”. Walters apeló. Uno de los cargos fue descartado —resultó que una silla de jardín no requiere certificado de aeronavegabilidad— y la multa quedó reducida a 1.500 dólares.

Las cuerdas atadas a la Jeep se cortaron antes de tiempo y la silla de jardín salió disparada hacia arriba, muy por encima de la altura prevista por Walters (Wikimedia Commons)

Fama fugaz y final trágico

El episodio lo convirtió en una figura mediática. Lo apodaron Lawnchair Larry y lo invitaron al Tonight Show y al programa de David Letterman, donde intentó explicar con seriedad los detalles técnicos de su operación mientras el público se reía. También protagonizó avisos publicitarios de relojes Timex.

Dijo:

“Fue el cumplimiento de un sueño de veinte años. Alcancé la paz interior”.

En otra ocasión fue más directo sobre lo que lo había empujado: si nunca hubiera volado, estaba convencido de que habría “terminado en el manicomio”.

Intentó convertir la fama en una carrera como orador motivacional y dejó su trabajo de camionero. Pero la carrera nunca despegó. Los contratos no llegaron con la frecuencia ni con el dinero que necesitaba, y Walters pasó los años siguientes con dificultades económicas.

El 6 de octubre de 1993, a los 44 años, fue encontrado muerto en el Bosque Nacional de los Ángeles. Se había disparado en el corazón. Su madre declaró a los medios que la familia desconocía un motivo concreto. Años después, en una entrevista con The New Yorker, ella misma mencionó circunstancias sospechosas: había traficantes de droga en la zona y el arma fue hallada en su mano derecha, siendo él zurdo. Su hermana, en el mismo artículo, descartó cualquier hipótesis de crimen.

La silla de jardín que le regaló al chico del barrio donde aterrizó fue recuperada décadas después. En 2019, ese vecino, Jerry Fleck, la donó al Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian, en Washington D.C., donde se exhibe hoy.

Fuente: Infobae

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