De pasar a realizar encomiendas o trasladar armas hacia el sitio donde se realizará un ataque y servir como campaneros para dar aviso del ingreso de las fuerzas del orden, ahora los menores tienen un mayor involucramiento en eventos violentos, incluso siendo responsables de secuestros y hasta asesinatos.
Un caso reciente de gran connotación social se dio el pasado 17 de junio en el aeropuerto de Guayaquil. Allí, dos adolescentes de 15 y 16 años usaron peluches y un ramo de flores para no levantar sospechas mientras esperaban la salida de un pasajero por el pasillo de arribos internacionales. A quemarropa le dispararon a Carlos Suástegui, considerado cabecilla de Los Águilas.
Este evento, registrado en un lugar de máxima seguridad, según expertos, denota la evolución del crimen organizado hacia prácticas más sofisticadas con la participación de menores de edad.

Evolución del crimen organizado y menores
En años recientes, la Policía y las Fuerzas Armadas han encontrado polígonos de tiro donde se dan prácticas informales de menores para involucrarlos en actos violentos. Así se ha evidenciado en Nueva Prosperina, en el noroeste de Guayaquil; Durán y Salitre, en Guayas.
En el cantón Durán, personal del Grupo de Operaciones Militares de Ámbito Interno (Gomai) de Durán ha notado al menos tres puntos en el reciente año.
Una fuente militar corroboró que el accionar de estas bandas se va sofisticando conforme también las fuerzas del orden buscan tomar el control de diversas áreas priorizadas dentro de la declaratoria de conflicto interno armado.
En sus operaciones e intervenciones en territorios de Durán, el servidor militar puntualizó que han detectado menores de 13 y 14 años que se integran a las filas de bandas para cometer delitos graves.
Según indagaciones militares, estos menores son captados inicialmente por mujeres jóvenes, de entre 26 y 28 años, que primero forman una amistad a fin de generar confianza y luego hasta se involucran sentimentalmente para formar un mayor vínculo con los adolescentes.
Con base en indagaciones militares, varias de estas mujeres forman parte de las estructuras delictivas mientras ofrecen servicios sexuales en centros de tolerancia.
“Van ingresando de a poco; las señoritas son el enganche. Primero les dan un sentido de pertenencia, les brindan comida y de ahí ya satisfacen sus necesidades: tener aceptación en un grupo social, tener para comer, celular. De ahí ya viene: ‘Ya te dimos, ahora tienes que hacer esto’. Es una organización bien estructurada”, manifestó el servidor militar.
Algunos de estos menores, a la par, mantienen sus residencias en casas de sus padres, por lo que no se descarta que esos adultos sepan que los menores están involucrados en actividades irregulares.
Poco a poco, los menores participan acompañando en motos a los sicarios hasta que se forman para cometer directamente los ataques, además de inmiscuirse en el consumo de alcohol y drogas, mientras fortalecen su sentido de pertenencia al grupo irregular.
“Estos son ‘desechables’, mientras están útiles es cuando todavía están cuerdos y obedecen; y si ya se quieren abrir, no les son útiles. Se les encomienda un sicariato y ahí mismo los meten para que los cojan, los regalan a la justicia”, detalló el servidor militar, al citar el caso específico del aeropuerto, donde finalmente capturaron a los dos menores.
En ocasiones, estos menores son aprehendidos junto con las mujeres, de las cuales se ‘enamoran’, y se autoimputan ante la autoridad por el porte ilegal de armas o drogas.
Preparación en polígonos de tiro


A la par, estos menores se preparan en polígonos; allí comienzan a oler la pólvora y van tomando confianza en la práctica de actividades con armas.
En el último año, el Gomai Durán ha detectado tres polígonos de tiro de niveles artesanales o centros de entrenamiento de sicarios: en Fincas Delia, en la vía a Taura y en la vía del km 26 (en la ruta a Yaguachi).
En estos sitios armados artesanalmente, los menores realizan prácticas regularmente en las tardes. En ocasiones, militares han ubicado los espacios por alertas ciudadanas sobre disparos.
Algunos sitios pequeños para realizar tiros son árboles, donde se colocan globos como blancos de los disparos, e incluso usan motos para trasladarse en el mismo vehículo en el que después cometerán un ataque.
“No son polígonos olímpicos, donde hay un blanco a una distancia de 60 a 100 metros; son como terrenos pequeños, donde ellos lo que tienen que hacer es familiarizarse”, describió.
Para la fuente militar, en estas prácticas hay asesoramiento internacional y no se realizan las actividades de manera improvisada.
Estos menores se conectan virtualmente con instructores de México y Colombia para ampliar sus conocimientos en el manejo de armas, incluyendo la guía de los más experimentados en sitio, citó el militar.

“Se están preparando, perfeccionando su “actividad” de ingreso económico”, reflexionó el servidor militar, quien apuntó que estos menores sicarios incluso promocionan sus servicios en redes sociales.
“No tienen la capacidad del Estado de tener bastantes municiones; vemos el blanco, se corrigen miras o posición, pero hacen. Al menos su cerebro grabó algo y esa práctica les da confianza”, apuntó el servidor militar.
En las motos usadas para ataques también se nota el asesoramiento para salir airosos de los ataques. Entre las prácticas, ellos reducen el tamaño del volante para que puedan pasar entre los carros, así como adaptaciones en el sistema de combustible para obtener mayor aceleración.
Cuando recién empiezan sus actividades delictivas, estos chicos usan revólveres o armas artesanales; cuando tienen más pericia y suman más de tres crímenes, se les da una semiautomática. Al alcanzar más de 30 crímenes, ya usan fusiles; incluso se tatúan armas en la piel.
Además, en estos polígonos se ha evidenciado que hay sistemas de seguridad, como circuitos de cámaras para vigilancia en las instalaciones, y además usan campaneros que alertan de algún ingreso de patrullas de las fuerzas del orden por medio de mensajes de teléfonos celulares.
Para Javier Gutiérrez, sociólogo y analista de seguridad, la existencia de sitios de preparación es evidente por los mismos hallazgos de las autoridades, aunque no hay estudios a fondo del tema. Estos, indicó, son ideales para la capacitación y el fomento de niños reclutados.
“No hay otra forma de explicarnos que los niños y adolescentes apliquen estas tareas si no hay un lugar donde se estén entrenando de manera especializada; esto lo están haciendo en sitios clandestinos”, afirmó.
Por qué ingresan a las bandas
Para él, los reclutadores no suelen emplear la violencia, sino que buscan generar confianza. Sobre todo, identifican a menores en situación de vulnerabilidad, como pobreza, deserción escolar, familias disfuncionales, fragmentadas, con problemas con la justicia y de consumo.
Según su análisis, las bandas pasaron de la utilización al reclutamiento “extendido” principalmente en la Costa.
“Estamos observando procesos de incorporación de adolescentes a estructuras criminales organizadas con funciones, roles y tareas cada vez más especializadas y de mayor impacto social; nos preocupa sobremanera que ya están incorporadas en la estructura criminal”, reflexionó.
Agregó que los grupos de delincuencia organizada buscan mano de obra disponible, influenciable y con menos capacidad de resistirse a la presión y a los conflictos de las bandas, sobre todo en zonas de altas necesidades.
“Los niños están en las calles muchas veces sin estudiar, sin proyectos de vida; además, son fácilmente influenciables, muchas veces influenciados por el contexto de la pobreza, atravesados por la violencia y la falta de oportunidades, así como la presión de grupos criminales”, indicó.
Puntualizó que los niños y adolescentes no perciben las consecuencias reales de sus actos, a diferencia de los adultos, ya que aún se mantienen en etapa de desarrollo. Además, obtienen una sensación de poder, de ser adultos e incluso de pertenencia a un grupo determinado.
Explicó que existe la percepción de que los menores enfrentan consecuencias penales distintas, más leves o livianas; sin embargo, señaló que no necesariamente el aumento de las penas podría evitar el reclutamiento. Añadió que se debería actuar sobre el germen del problema, que sería el adulto que busca captar al menor. (I)
Fuente: El Universo