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Backrooms: el fenómeno que transforma lo cotidiano en extrañeza digital

Un corredor vacío de hotel, un área de juegos sin niños, una tienda de muebles iluminada en plena madrugada o un local de comida rápida decorado para Navidad en una carretera solitaria. ¿Hay alguien allí? No existe una amenaza visible, solo espacios huecos y silenciosos. Frente a ese vacío, surge una interrogante: ¿ha llegado el Apocalipsis? ¿Dónde están las personas?

Es como regresar a la casa de la infancia y encontrar solo escombros. Como conservar una fotografía de los seres queridos cuando ya no están: ¿por qué siguen apareciendo en la imagen? Lo cotidiano se percibe como algo ajeno. Esa sensación de extrañeza tiene un nombre cada vez más común en la cultura digital: liminalidad.

El auge de los backrooms (‘trastiendas’), originados en internet y ahora adaptados al cine, ha moldeado narrativamente una sensibilidad que Valentina Tanni examina en su libro Estéticas liminales, originalmente titulado Exit Reality y recientemente traducido al español.

Un ejemplar del libro

No se trata únicamente de una moda visual de la web compuesta por paredes amarillentas, alfombras desgastadas y luces fluorescentes que zumban sin cesar en un laberinto infinito y onírico de cuartos vacíos. Hay una interrogante mucho más profunda: ¿qué le ocurre a la noción misma de lugar?

¿Dónde está nuestro hogar?

Un espacio se convierte en lugar cuando alguien puede orientarse en él, recordarlo y depositar allí su existencia. El lugar requiere tiempo, repetición y vínculo. Por eso una casa no es solo arquitectura; es donde habitamos. El filósofo Gaston Bachelard señaló que el espacio vivido no es meramente un espacio geométrico delimitado, ya que la casa, el rincón o la habitación nos importan porque organizan imaginariamente nuestra relación con el mundo. En esa intimidad resuena aún una memoria arcaica de refugio, casi de cueva o incluso útero. Lo que convierte un espacio en hogar es la huella de nuestros gestos y de nuestra pertenencia.

El ser humano necesita arraigo, pero no permanece estático. Crece, se desplaza, reconfigura roles, atraviesa duelos, nacimientos, separaciones y pérdidas. Los ritos de paso otorgan reconocimiento comunitario a esos tránsitos. El antropólogo Arnold van Gennep distinguió tres momentos en todo cambio de estado: separación, margen y agregación.

El individuo se desprende de su posición anterior, atraviesa una fase intermedia y se reincorpora a la comunidad bajo una nueva condición. Victor Turner, estudioso de símbolos y ritos, describió el estado de transición cultural y antropológico como un limbo: un ‘entre’, un estado ambiguo, por ejemplo, entre la infancia y la adultez, la soltería y el matrimonio, la vigilia y el sueño. Liminalidad proviene, precisamente, del latín limen, umbral.

Un pasillo de hotel vacío, un parque infantil abandonado. ¿Hay alguien ahí? No hay amenaza visible, tan solo espacios huecos y silenciosos. Ante ese vacío surge una pregunta: ¿ha llegado el Apocalipsis? ¿Dónde están los humanos? (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ahí surge la diferencia con nuestra experiencia contemporánea. En el rito, la liminalidad tenía dirección y se atravesaba para transformar el vínculo entre individuo y comunidad. Hoy, en cambio, se multiplican las plataformas, los perfiles, las contraseñas, los videojuegos, los foros e incluso las comunidades digitales, aunque ese tejido social aparece muchas veces mediado por una relación solitaria con la pantalla. En la contemporaneidad postdigital, lo liminal ya no es una fase, se ha convertido en una atmósfera de suspensión desarraigada.

La realidad hecha imagen: ¿vivimos en la pantalla?

Marc Augé llamó no-lugares a los espacios de circulación donde pasamos sin arraigar: los aeropuertos, hoteles de cadena, hospitales, centros comerciales o autopistas. Aunque están llenos de gente, rara vez generan pertenencia. Internet radicaliza esa intuición. Antes de llegar a un restaurante, ya conocemos su decoración. Antes de visitar una ciudad, ya hemos visto sus calles. Antes de conocer a nuestra pareja, ya la hemos seleccionado con un like. Antes de vivir una experiencia, intuimos cómo podría ser publicada.

La vida queda al servicio de la representación. De ahí que muchos espacios contemporáneos parezcan diseñados para ser fotografiados antes que habitados. Byung-Chul Han ha descrito este desplazamiento como el paso de las cosas a las no-cosas. Las cosas tienen peso, imperfección, duración, resistencia, tacto. Las no-cosas pertenecen al orden de la información, la disponibilidad y la circulación del dato. Cuando el mundo se vuelve imagen, es accesible e intocable al mismo tiempo.

Marc Augé llamó no-lugares a los espacios de circulación donde pasamos sin arraigar: los aeropuertos, hoteles de cadena, hospitales, centros comerciales o autopistas (Infobae Centroamérica/Emerson Del Cid)

Según Valentina Tanni, estéticas de internet como los backrooms, el vaporwave o el weirdcore no son solo intentos de escapar hacia dimensiones virtuales, sino que también buscan una nueva forma de relacionarnos con el concepto de realidad. La pantalla sería entonces un umbral, un portal. Pero esta zona-umbral tiene una sombra:

“la tecnología nos ha puesto en un lugar muy extraño en el que nunca estamos completamente presentes”.

Quizá de ahí proceda la nostalgia que caracteriza a la estética liminal, poblada de imágenes de lugares reconocibles, como un parque infantil de noche, un colegio abandonado, una casa en venta o una piscina fuera de temporada, que conservan la huella espectral de lo humano. Estos lugares extrañamente familiares existen en una dimensión virtual y descorporeizada. Su atmósfera inquietante, o espeluznante, se acrecienta por la ausencia de seres humanos o por el aspecto sintético de la imagen. No sabemos dónde se tomaron esas fotografías, quién las tomó ni cuándo. Esa falta de información parece conceder a la imagen vida propia, casi sobrenatural.

El miedo a la desmaterialización del mundo: Backrooms

Una frase recogida por Tanni condensa la potencia de este imaginario:

“Los backrooms son seres informes producto del caos, toman la forma de nuestro inconsciente colectivo”,

e inquietan porque parecen los restos degradados de nuestra propia realidad.

La película Backrooms ilustra esta angustia al convertir esa dimensión imposible en una copia defectuosa del mundo. En un espacio inhabitable, también la identidad se desintegra. Los alter egos monstruosos atrapados en ese laberinto sin tiempo pueden leerse más como restos deformados de identidad que como criaturas de terror. Son miedos, recuerdos e imágenes separadas del cuerpo vivo que les daba sentido. Ahí emerge el vértigo contemporáneo ante la posibilidad de que nuestros perfiles, avatares, fotografías y duplicados sobrevivan a nuestra presencia. Paradójicamente, esos no-lugares pueden incluso convertirse en refugio cuando la existencia virtual parece menos dolorosa, menos finita y exigente que nuestra realidad material.

La IA generativa ha intensificado esta sospecha. En internet, una habitación puede parecer real sin haber existido nunca, y un rostro puede parecer humano sin pertenecer a nadie. Como escribe Tanni,

“Internet […] como un archivo gigantesco y monstruoso, ha absorbido una masa incalculable de ideas, emociones, sentimientos y miedos”.

Los backrooms son la imagen espacial de ese archivo: un mundo convertido en resto de sí mismo.

The Conversation

Fuente: Infobae

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