Entre el deber y el deseo: el dilema de un hombre que busca afecto

Una frase de Valerie Tasso lo resume: “No morimos por falta de sexo, sino por falta de caricias”. A veces la infidelidad no nace del deseo carnal, sino del hambre emocional. Así lo cuenta un hombre que, tras décadas de sacrificio y una vida marital sin afecto, encontró en otra persona lo que ni siquiera sabía que necesitaba.

Quince años de amores ocultos. Los primeros doce fueron una celebración constante. Pero los últimos tres se volvieron complejos. Carina llegó a su estudio de abogado para gestionar un divorcio difícil. Ella tenía 39 años; él, 50. El exmarido, un hombre conflictivo, obligó a que hablaran a diario y compartieran situaciones de alta tensión. En esos momentos, él le ofrecía su mano o un abrazo cuando ella se quebraba.

Con su esposa, la historia es otra. Llevan más de cuarenta años juntos, desde los 18, cuando estudiaban y trabajaban sin descanso. Ambos de familias humildes, construyeron un futuro a base de esfuerzo. Se mudaron juntos porque no podían pagar dos alquileres; trabajaban hasta doce horas diarias. Tardaron en tener hijos por miedo a no darles la vida que anhelaban. Hasta los cuarenta años no tuvo margen más que para empujar y empujar. La sexualidad con su esposa era mínima, de subsistencia. Durante diez años vivió su sexualidad en soledad, masturbándose casi a diario. A veces, lo que llamamos fidelidad es miedo.

A los 40 tuvo una primera aventura con una mujer de Tribunales. Dudó, pero se preguntaba si seguiría así toda la vida. Esa experiencia fue un viaje de ida: sintió libertad, pudo caminar sobre el fuego sin quemarse. Tenía amigos que recurrían a prostitutas para no enamorarse. Él no. Estaba contento con su mujer y su familia. Solo necesitaba un espacio para canalizar su deseo. Empezó a tener amantes, sin descuidar lo más importante: su familia.

Con Carina la cercanía surgió de la intimidad emocional generada por su vulnerabilidad. Desde el primer día le aclaró que no valía enamorarse. Menos de un año después, era evidente que ella no lo había cumplido. Cuando quiso terminar, ella replicó:

—¿Cómo voy a querer que dejemos de vernos si es lo más lindo que me pasa en la vida?

Así siguieron diez años más, profundizando el vínculo. Él nunca pensó en separarse, pero algo cambió en los últimos tres años: el sufrimiento de Carina, que no tiene con quien compartir su vida fuera de las horas que pasan juntos. Él nunca se atrevió a pasar una noche con ella, por miedo a que sus emociones desborden.

Estos últimos años comprendió el trasfondo: con su esposa, pese a más de cuarenta años juntos, hace rato que no hay calidez ni ternura. Se pregunta si solo fueron camaradas de lucha. Con Carina, en cambio, encontró afecto, escucha, caricias, una mirada tierna. Un hogar sin calor, seco, casi sin vida. Un desierto emocional. Por otro lado, Carina y la calidez: un manantial.

A sus 65 años siente que vive los últimos años buenos de su vida. Se pregunta si romperá su familia, si pasará Navidades lejos de hijos y nietos, si alguien lo comprenderá. Pero también si seguirá viviendo sin afecto. La falta de ternura puede ser más asfixiante que la falta de aire. Quiere dejar de sobrevivir para empezar a vivir.

Algunos amigos le dicen que hable con su mujer, como si no lo hubiera hecho. Otros lo condenan: “el que juega con fuego se quema”. Él piensa que su verdadero problema es haberse alejado tanto del fuego hasta tener una existencia gélida. Me siento mal porque sé que no hay ninguna salida posible sin dolor. Haga lo que haga, habrá pérdidas.

Un amigo le dice: “Todos eligieron, incluso tu esposa. No es víctima; elige no ver. No te cargues con lo que no te corresponde”. Él sabe que la vida no es redonda, que a veces la única salida es aprender a vivir las contradicciones. ¿Puedo darme el espacio para recorrer este camino incierto?

No quiere traicionar lo construido, pero tampoco traicionarse a sí mismo. Quizás el mayor acto de amor sea no forzar esa decisión.

*

La fidelidad no es no traicionar: es sostener lo que amamos, incluso si eso nos parte al medio.

La madurez no es saber qué hacer: es saber qué hacer con lo que no se puede resolver.

Nadie sale ileso de una vida plenamente vivida.

Fuente: Infobae

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