La escritora y periodista Laura Cukierman lanza su ópera prima, La forma del derrumbe, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, dentro de la colección Tierra Firme.
La trama arranca un domingo cualquiera, cuando la vida de Sofía se quiebra de golpe: una vecina le pregunta qué es eso que dicen sobre su hijo. Antes de asimilarlo, ya está en una comisaría escuchando acusaciones que no encajan con el Federico que conoce, su hijo único de 17 años, un alumno promedio que hasta lavaba los platos sin que se lo pidieran. La acusación: liderar una banda que robaba y extorsionaba a vecinos y amigos. El golpe final llega cuando el chico pide un abogado propio, uno que ella desconoce, y se niega a verlos.
Todo ocurre en las 24 horas posteriores a esa detención. En ese lapso, Cukierman construye el derrumbe de una familia común: una madre que oscila entre la negación y la rabia, entre el hijo que creyó conocer y ese desconocido en que se ha convertido. Alrededor, la mirada de los otros: los que opinan, los que sentencian, los que tienen respuestas.
Nacida en Buenos Aires, Cukierman estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, trabajó como productora de radio y televisión, y publicó antes el libro de cuentos Las chicas malas no transpiran.
Fragmento de ‘La forma del derrumbe’
No sé cuándo fue la última vez que vi a mi hijo, al mío de verdad. No a este impostor que aparece por todos lados, que usa su mismo nombre y tiene una cara desencajada que no termino de reconocer. Me cuesta ver algo del chico que compartió conmigo los últimos 17 años. Ni siquiera puedo darme cuenta de si tiene las marcas personales de Federico: un lunar en la nuca que ni él recuerda, una cicatriz en el codo derecho por un corte a los tres años al caerse de la terraza, tan profundo que nunca desapareció del todo, y una enorme mancha de nacimiento que le cubre casi toda la rodilla izquierda, que me impresionó desde que me lo dio la partera. Le corrí la mantita y fue tal mi cara de desconcierto que la enfermera solo dijo: se le va a ir con los años. Eso jamás ocurrió, ni siquiera se hizo más pequeña.
Sin embargo, había algo en esa mancha, inmensa y negra, sobre la rodilla de mi bebé recién nacido que, en ese instante y mucho después, me devolvía cierta tranquilidad. No sé bien por qué, pero necesitaba confirmar que no me habían cambiado a mi hijo. Supongo que, por aquel entonces, daba vueltas la fantasía de las embarazadas de que eso ocurra durante el parto. Llegué a pedirle a Luis que, apenas naciera, le dibujara en el talón una pequeña cruz para asegurarnos. Le di el marcador con el que debía hacerlo. No recuerdo si lo hizo, pero ahí estaba esa marca para despejar cualquier duda.
Pese a todo, la primera vez que vi a Federico en la cunita al lado de mi cama, pensé de quién sería ese bebé, en qué momento vendría su madre a buscarlo. Esa mancha servía para confirmar que era mío. Cada vez que me lo acercaban para darle de comer, lo primero que hacía era buscarla y sentir alivio. Esa marca lo volvía único. Era mi hijo, sin dudas.
A lo largo de los años, muchas otras veces sentí la insólita necesidad de chequear su presencia para corroborar la identidad del niño que estaba a mi lado viendo televisión, que retiraba de la escuela, llevaba a algún cumpleaños, levantaba del arenero o caminaba conmigo.

De repente, por algún motivo extraño, me sentía obligada a mirar la rodilla de mi hijo. Una desconfianza que no sabía de dónde venía me llevaba a hacer eso, y nunca fui capaz de confesárselo a nadie, ni siquiera a Luis. Tuve un intento frustrado con mi madre, pero fracasé. Lo cierto es que varias veces respiré aliviada al encontrar esa bendita mancha en la pierna de Federico.
Ahora, sin embargo, les rezo a los dioses en los que no creo para que no haya nada extraño en el cuerpo de ese chico que aparece por todos lados y que todo indica que es hijo mío. Lleva su nombre, tiene su aspecto. Pero me niego a reconocerlo. Ruego que muestren, junto a esa cara de convicto, su rodilla para que seamos todos testigos de la ausencia de esa marca irrefutable de identidad. Y, por fin, terminar con esta pesadilla: es un verdadero disparate que mi único hijo esté acusado de pertenecer a una banda de jóvenes que robaba y extorsionaba a nuestros vecinos desde hace más de medio año. No tiene sentido alguno. Me cambiaron al chico de grande, esa sería la única explicación.
Otra alternativa posible, que también nos devolvería algo de paz, sería descubrir, un poco tarde quizás, que hubo una terrible confusión al momento de nacer Federico. Me cambiaron al chico, tal como lo temí y anticipé, antes de parir. Y en algún lado está la verdadera madre de este ser del demonio, desesperada por ubicar a la pequeña criatura perdida, por la cual nadie ofrecerá resistencia para entregarla. Ningún ser sobre esta tierra podría oponerse a semejante acto de justicia, tan reparador para todos.
Pero nada de eso está sucediendo ahora. Me aferro al pensamiento mágico desde que el furioso sonido del celular dio vuelta por completo nuestras vidas: que no sea él, por favor, que no le haya pasado nada, fue lo primero que pensé mientras intentaba entender algo de lo que pasaba entre la marea de mensajes, notificaciones y llamadas perdidas.
Detención. Uso de armas. Sumas millonarias en efectivo y en objetos de valor. Tarjetas de crédito robadas. Operación ‘chicos bien’.
Tenemos que ir a la comisaría ya, Sofía. Ahí está Federico, nuestro hijo es un delincuente, me dijo Luis a los gritos para hacerme reaccionar, mientras yo seguía petrificada con el celular en la mano, esperando el aviso de un malentendido que nunca llegó.
Después, comencé a buscar por toda la casa el carnet de la prepaga de Federico, preguntándole a Luis si estábamos al día con la cuota. Una desgracia de esa magnitud solo podía estar relacionada con la salud. ¿Qué otra cosa podría pasarle? Tal vez un accidente de auto. Mil veces le dije que fuera cuidadoso al manejar. O le robaron, se resistió y lo desfiguraron. Siempre le dije que entregara todo.
Luis me miró fijo, como se mira a alguien desequilibrado, y yo solo quise gritarle: ¿ALGUIEN PUEDE FIJARSE EN LAS RODILLAS DE ESE CHICO, POR FAVOR?

¿Cómo no pudieron ver lo que estaba pasando? ¿Cómo no te diste cuenta de nada? La primera pregunta va dirigida a mí o a Luis, la segunda siempre a mi persona, porque creen que yo debería tener alguna explicación sensata para darles a todos.
Pero, ¿saben qué? No vi nada que me hiciera sospechar del chico que se sienta todas las noches a comer con nosotros y después lava los platos sin que nadie se lo pida, el alumno promedio que nunca genera problemas ni en el colegio ni fuera, que piensa seguir una carrera en la universidad como sus padres, que avisa cuando llega tarde y casi nunca se excede. Él mismo, que tiene infinidad de amigos, que me acompaña todos los sábados a ver a su abuela y maneja el auto porque sabe lo mal que me pone esa visita semanal obligatoria. El que está de novio desde hace casi un año con una compañera del colegio, hija de un matrimonio amigo, cuya casa también fue robada.
¿Y saben una cosa más? Aunque lo deseen, aunque crean que es lo que debo hacer, no me siento en absoluto responsable de nada de lo que está pasando con él. Me preocupa, sí. Pero no quiero rendirle cuentas al ejército de juzgadores que me rodea y con el que tendré que lidiar el resto de mi vida. No voy a darles ninguna explicación.
Solo quiero saber cómo moverme en este nuevo rol, porque para mí, ser madre siempre fue fingir de alguna manera, simular, actuar como creo que debe ser una madre, más o menos buena, más o menos normal. No la de un hijo delincuente, claro está. Ahí soy pura improvisación, hasta el día de hoy por lo menos.
No soy nada original en esto. Ser adultos, en definitiva, es eso: montar un personaje que nos salga más o menos bien y movernos con más o menos comodidad. Ponernos un traje e interpretar el papel sin que se note que estamos actuando. Especialmente las mujeres que un día decidimos procrear y pasar a interpretar un rol que nos mete en una ficción cotidiana bastante más intensa.
Fuente: Infobae