Tres de cada cuatro ciudadanos españoles tienen su primera relación sexual mientras aún cursan estudios secundarios. La Encuesta Nacional de Salud Sexual 2025, publicada esta semana por el Ministerio de Sanidad, revela que los varones inician su vida sexual en promedio a los 17 años, mientras que las mujeres lo hacen a los 18 años. Sin embargo, uno de cada diez participantes en esta macroencuesta experimentó ese primer contacto entre los 13 y 14 años, y uno de cada cuatro entre los 15 y 16 años. Pero el conocimiento de la sexualidad llega mucho antes, a través de las pantallas.
De acuerdo con el estudio Jóvenes y contenidos digitales: Pornografía, violencia explícita, hipersexualización, divulgado en mayo pasado, el 44% de los adolescentes tiene su primer contacto con material pornográfico a los 12 años. Esta cifra, que preocupa profundamente a los especialistas en infancia por las posibles repercusiones en el desarrollo saludable de los menores, suele pasar inadvertida para los padres. Datos del Ministerio de Igualdad indican que nueve de cada diez progenitores desconocen que sus hijos consumen estos contenidos. No obstante, por una simple cuestión estadística, existen motivos de sobra para sospechar. La pregunta clave es: ¿qué hacer ante la duda?
Ana de Vierna Grosso, enfermera que imparte talleres de sexualidad en institutos y autora del libro Si no les hablas de sexo, lo harán otros (Toromítico, 2026), considera fundamental romper el tabú y que las familias intervengan de manera activa en la educación sexual de los menores.
¿A qué edad comenzar a hablar de sexualidad?
Según la experiencia de De Vierna, lo primero es evaluar el grado de madurez de cada niño o niña. No existe una edad única, sino un criterio que varía según la curiosidad y la inocencia. La experta recuerda que, tarde o temprano, “la biología se impone”. Explica: “Tu hijo o hija empieza con cambios físicos cuando su eje neuroendocrino se ha puesto en funcionamiento, que eso a mí me lo hace ver el olor, que cambia, el crecimiento testicular, el aumento en el pecho, etc. Dos años después, mi hija tendrá la menstruación y el niño tendrá una polución nocturna. Por lo tanto, esos son los dos años que los padres tenemos para hablar con ellos sí o sí, aunque nuestro hijo no nos pregunte, sobre todo para hacerles amables esos cambios que están sufriendo e introducir muchos temas relacionados con su sexualidad y con su aparato reproductor y con sus afectos”.
De Vierna insiste en la necesidad de adaptar el mensaje conforme el menor crece: “Cuando los niños son pequeños, la información debe ser sencilla y enfocada en el propio cuerpo y los afectos. Cuando crecen, hay que profundizar en intimidad, respeto y toma de decisiones informadas”.
Cómo explicar la pornografía a niños y adolescentes
Diversas investigaciones señalan que muchos menores, de manera accidental, tienen su primer contacto con la pornografía a los ocho años. Ante esta realidad, la especialista recomienda la prevención. Afirma: “Cuando son niños, yo recomiendo optar por medidas prohibitivas o restrictivas, y cuando son más adultos es más el acompañamiento”. La autora es contundente: “Un dispositivo libre, sin control parental, es un peligro. Es como el que le da a un niño una catana para que se unte una tostada de mantequilla. No hay que demonizar la nueva tecnología, pero sí que hay que guiar”.
En caso de que los pequeños pregunten abiertamente qué es la pornografía, la especialista propone una definición clara, con un enfoque moral y pedagógico: “La pornografía son personas que enseñan sus partes íntimas y se utilizan las unas a las otras para darse placer o para que otras personas lo vean”.
Cuando se trata de adolescentes, De Vierna recomienda desplazar la conversación desde la prohibición hacia la reflexión personal. La pregunta central deja de ser qué deben evitar y pasa a ser cómo interpretan lo que ven y qué modelo de relación extraen de ello. La experta sugiere interpelar al joven con cuestiones concretas: “¿A ti te gustaría que te trataran así? ¿Ellos realmente tienen una relación de amor o se están utilizando, se está cosificando?”. El objetivo, según De Vierna, es que el menor identifique por sí mismo si en esas escenas “se está pensando en la otra persona” o si solo “está buscando su bien propio”.
La razón de este cambio de enfoque radica en la autonomía adolescente. La especialista afirma: “Los niños mayores y los adolescentes van a hacer lo que ellos creen conveniente, no lo que los padres les obligan a hacer”. Por eso insiste en que, a esas edades, la tarea de la familia consiste en “crearles un criterio propio”, de modo que la decisión no surja del miedo, sino del convencimiento.
Fuente: Infobae