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El trágico final de Manuel Belgrano: abandono, pobreza y muerte solitaria

Una de las muestras de afecto más genuinas que recibió Manuel Belgrano en sus últimos días lo quebró emocionalmente. El 11 de septiembre de 1819, entregó el mando de su ejército al general Francisco Fernández Cruz antes de dirigirse a Tucumán para reencontrarse con su pequeña hija Manuela Mónica del Corazón de Jesús, fruto de su relación con María Dolores Helguero y Liendo.

Manuela Mónica Belgrano, la hija tucumana que se criaría con su familia

Al pasar por las afueras de Córdoba, el gobernador Manuel Antonio Castro y los jefes de la guarnición local salieron a recibirlo. Cuando los veinticinco hombres de su escolta se retiraban, desmontaron espontáneamente para despedir, visiblemente conmovidos, a su jefe. Le dijeron:

“Adiós nuestro general: Dios vuelva a Vuestra Excelencia la salud y le veamos cuanto antes en el ejército”

Conmovido por el gesto, Belgrano escribió una carta al gobernador Castro durante una pausa en una posta. Para el creador de la bandera, ese momento no fue trivial; fue la última vez que recibió una aclamación en una vida que se apagaba lentamente.

Planeaba quedarse en Tucumán, su tierra natal, pero las quejas por la ingratitud recibida lo atormentaban. Durante un motín que instaló a Bernabé Aráoz en la gobernación, Belgrano estuvo injustamente preso, pues algunos lo veían como una amenaza. Incluso quisieron colocarle grilletes en sus tobillos, deformados por la hidropesía. A sus 49 años, decidió que lo mejor era regresar a Buenos Aires para morir.

No tenía dinero. El Estado le debía 18 sueldos, y la fortuna de 40 mil pesos que había recibido por sus triunfos en Salta y Tucumán, los había donado para la creación de cuatro escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Tan ilusionado estaba con el proyecto que el 25 de mayo de 1813 redactó un reglamento para esas instituciones, aunque tardarían décadas en construirse.

Su amigo José Celedonio Balbín le prestó generosamente dos mil pesos, ya que el gobernador Aráoz le había dicho que el tesoro provincial estaba vacío. Así, en febrero de 1820 emprende un penoso viaje hacia Buenos Aires.

De puño y letra. Primera página del reglamento redactado por el creador de la bandera para el funcionamiento de las escuelas que había proyectado levantar con el premio obtenido por sus victorias en Tucumán y Salta

Sus piernas, severamente hinchadas por la hidropesía, obligaban a que en las postas lo bajaran en andas y lo llevaran directamente a la cama. Durante todo el extenuante trayecto, solo recibió muestras de hostilidad y frialdad.

Además de hidropesía, Belgrano sufría problemas cardíacos y renales. Lo acompañaban su médico Joseph Redhead —enviado por Güemes— y un par de asistentes. Llegó a la ciudad en marzo de 1820 y se instaló en la casa paterna, en la calle Pirán, donde había nacido el 3 de junio de 1770.

Joseph James Thomas Redhead, nacido en Edimburgo en 1765 y graduado en medicina, no se separaba de su lado. Tras una extensa formación europea, viajó a Potosí en 1806 para suministrar la vacuna contra la viruela y, tres años después, se radicó en una finca en las afueras de Salta.

Carruaje que usó Belgrano en la batalla de Salta (Archivo General de la Nación)

Allí organizó un herbario con especies medicinales. Enseñaba cómo preparar remedios caseros para evitar las costosas boticas y farmacias. Este clínico y obstetra introdujo la costumbre de hervir agua y verterla tibia en una bañera para que las parturientas dieran a luz. También estudió minerales y topografía local. Escribió Memoria sobre la dilatación progresiva del aire atmosférico, publicada en Salta en 1819, dedicada a Belgrano.

Cuando el general Pío Tristán lo tenía en la mira, Redhead buscó refugio en el campamento de Belgrano, convirtiéndose en su médico personal y amigo. Estuvo en las batallas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma, atendiendo a heridos de ambos bandos. Fue testigo privilegiado del encuentro entre Belgrano y San Martín en la posta de Algarrobos, el 30 de enero de 1814.

Lo trató de su paludismo con un medicamento a base de corteza de quina y lo acompañó en los momentos más difíciles, cuando su salud se deterioró notablemente.

Acto en memoria de Belgrano, hecho frente al solar donde estaba ubicada su casa, donde había nacido y donde moriría

Redhead llamó al irlandés John Sullivan, colega para asistir al ilustre paciente. Sullivan, de 23 años, nacido en Dublín, llegó a Buenos Aires en 1817, formado como médico cirujano en el Colegio Real de Cirujanos de Londres. El 10 de abril de 1820 comenzó a atender a Belgrano y participó en todas las consultas.

Aficionado a la música, Sullivan solía tocar el clave, lo que distraía a Belgrano. Muy pocas personas se acercaban a visitarlo.

“Se vio abandonado de todos el general Belgrano, nadie lo visitaba, todos se retraían a hacerlo”

lamentaba Balbín, uno de sus pocos amigos fieles.

Pasaba los días sentado en un sillón, pues si se acostaba se le dificultaba respirar. Dormitaba a ratos y las noches eran insomnio. Sus hermanos y unos pocos amigos se turnaban para acompañarlo, aunque a veces pedía estar solo. En una ocasión, lo vieron pálido y con ojos casi sin vida. A su amigo Castro le confesó que pensaba en la eternidad, en el lugar al que iría y en la tierra que dejaba.

Casi en soledad. Belgrano murió rodeado solo de un puñado de familiares y allegados

El 25 de mayo de 1820 redactó un testamento donde se declaraba soltero y sin descendencia, aunque a su hermano Domingo Estanislao, su heredero, le encomendó ocuparse de la educación de su hija. Sobre su hijo Pedro Rosas —criado por Juan Manuel de Rosas— pidió que al cumplir la mayoría de edad se le revelara la identidad de su padre. Al saberlo, el joven agregó el apellido Belgrano a su nombre.

El 3 de junio, Belgrano cumplió 50 años. Murió a las 7 de la mañana del martes 20 de junio de 1820 en una Buenos Aires anárquica, devastada por la guerra civil, con tres gobernadores simultáneos: Ildefonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y el Cabildo. Solo quienes leyeron el Despertador Teofilantrópico Místico Político del Padre Francisco de Paula Castañeda, cinco días después, se enteraron de su fallecimiento, porque nadie publicó una línea.

Su cuerpo fue llevado al convento de Santo Domingo. Allí, el doctor Sullivan le practicó una autopsia. En su informe, relató que extrajo mucho líquido del abdomen y halló un tumor en la región del epigastrio derecho, cavidad que alberga el estómago, el lóbulo izquierdo del hígado, la cabeza del páncreas y parte de la aorta torácica.

Inauguración del mausoleo, en el convento de Santo Domingo (Archivo General de la Nación)

El hígado y el bazo estaban agrandados, así como el corazón, descrito como “de dos puños”. Sullivan propuso extraerlo para estudiarlo, pero no se lo permitieron.

Le llamaron la atención los pulmones, del tamaño de una mano, que flotaban en líquido. Sullivan informó a Redhead que este no se había equivocado al diagnosticar hidropesía por un trastorno hepático.

El cuerpo fue vestido con el hábito dominico y, en un ataúd de pino cubierto con paño negro, fue tapado con cal y enterrado en el atrio del convento de Santo Domingo el 27 de junio. La lápida era de mármol de un mueble de uno de sus hermanos.

El reloj que Belgrano le obsequió a su médico, y que aún no se sabe nada de él

A Redhead se le pagaron tres mil pesos, parte en alhajas y muebles. Belgrano, en homenaje a su amistad, le había obsequiado un reloj de bolsillo de oro y esmalte, con cadena de cuatro eslabones y pasador, con el monograma Belgrano, regalo del rey Jorge III de Inglaterra. Fue robado de la vitrina del Museo Histórico Nacional en 2007.

Sullivan cobró 305 pesos y 4 reales de honorarios, de los cuales 100 correspondían a la autopsia. Inicialmente desistió del pago, pero al saber que el gobierno había girado los sueldos atrasados, insistió en cobrar. Domingo, el hermano del fallecido, le dijo que reclamara a Redhead. El caso terminó en un juicio que el médico ganó.

Sullivan permaneció en Buenos Aires. En 1828 se casó con María Simeona Beascoechea y murió en su casa del Retiro el 19 de octubre de 1835.

Redhead ejerció un año en el Hospital de la Residencia y volvió a Salta en el carruaje de Belgrano. Allí continuó atendiendo a la familia Güemes. Falleció el 28 de junio de 1847 en su quinta, en lo que hoy son las calles Tucumán y Florida. Sus restos descansan en el cementerio de la iglesia de los Cerrillos.

El 24 de septiembre de 1873 el presidente Sarmiento, acompañado por Bartolomé Mitre, inauguraron el monumento ecuestre que se encuentra en Plaza de Mayo (Archivo General de la Nación)

El domingo 29 de julio de 1821, el gobierno de Martín Rodríguez quiso enmendar el olvido y Belgrano tuvo los funerales que merecía. A las 9 de la mañana, el cortejo partió de su casa, cerca del Convento de Santo Domingo, donde había sido sepultado un año y 39 días antes. Participaron brigadieres, coroneles, autoridades civiles y eclesiásticas. En cada esquina se detenían para rezar. Las tropas llevaban luto en uniformes, armas y banderas. Desde la madrugada, cada media hora, desde el Fuerte se disparaba un cañón con bandera a media asta. Las campanas de las iglesias tañían a muerto. Las actividades se suspendieron, los comercios cerraron y las calles quedaron vacías.

La placa de mármol de su tumba fue cambiada en 1865 por otra conseguida por el jefe de policía Cayetano María Cazón. El 20 de junio de 1903, con gran pompa, se inauguró el mausoleo en Santo Domingo. Cuando el 4 de septiembre del año anterior se removieron los restos, los ministros del interior Joaquín V. González y de guerra Pablo Riccheri se llevaron dos dientes del prócer, ante la mirada atónita del cura párroco Modesto Becco, que sostenía una bandeja de plata con los despojos, que se deshacían al tocarlos. “Los ministros odontólogos”, se burló la revista Caras y Caretas, dibujando a Belgrano asomándose a la tumba: “¡Hasta los dientes me llevan! ¿No tendrán bastante con los propios para comer del presupuesto?”

El diario La Prensa exigió: “Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la nación”. Los ministros alegaron que querían mostrárselos al general Mitre. En medio de un gran escándalo, devolvieron las reliquias de aquel olvidado general que murió en la indiferencia general y que solo se llevó al otro mundo las lágrimas sinceras de un puñado de soldados.

Fuente: Infobae

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