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Melingo: «Soy un Charlie Chaplin que canta tangos»

El equívoco persiste a pesar de que Daniel Melingo (Parque Patricios, 22 de octubre de 1957) lo intente aclarar una y otra vez: no es que haya pasado del rock al tango. ¡Es justo al revés! El tango llegó primero, sostiene con energía. “¡Antes que de la cuna! ¡Mi vieja cantaba tangos conmigo en la panza!“, afirma.

Sin embargo, la confusión se mantiene viva, sobre todo entre quienes ya superaron los 40 años, porque lo disfrutaron en Los Abuelos de la Nada, en Los Twist o tocando el saxo en la banda de Charly García, durante la etapa Piano Bar, tres hitos ineludibles de su paso por el rock.

Hasta que en 1998 irrumpió el Melingo tanguero con el disco Tangos Bajos, una obra clásica y moderna que evoca el pasado con la guitarra de Edmundo Rivero y apunta hacia el futuro.

Melingo acaba de lanzar su nuevo sencillo “José, el cuchiyero”, con la colaboración de Malandro, un rapero de la nueva escena atraído por sus letras sobre los barrios populares, el culto a la amistad y la empatía. Este tema forma parte del álbum Tangos Bajos (Rework) —que presentará en el Teatro Coliseo el 21 de septiembre— y también integra el Volumen 1 de la banda sonora del documental Tangos Bajos, con participación de grandes artistas. Para completar la propuesta, los amantes del buen vino podrán disfrutar de un Malbec Tangos Bajos, porque ahora Melingo tiene su propio vino. Todo esto y más abarca esta entrevista.

El origen del ‘Rework’

—El disco que vas a presentar se llama Tangos Bajos (Rework), ¿por qué?

—Primero déjame revisar el teléfono para cantarte uno por uno los temas del Volumen 1. Cara A: “Pesar” (con Pity Álvarez), “José, el cuchiyero” (con Malandro), “Ayer” (con Stefanie Ringes), “Narigón” (con Pablo Lescano), “Noche tra” (con Vinicio Capossela) y “Laberinto” (con Andrés Calamaro). Cara B: “La guitarra” (con Fito Páez), “José, el Cuchi” (con Maxi Prietto), “Este cuore” (con Broke Carrey), “Ayer” (con Juli Laso), “Narigón” (con Juliette Noureddine) y “Noche transfigurada” (otra vez con Pity). Ahora sí, ¿cuál era la pregunta?

-¿Por qué lo de Rework?

—Te explico. En este primer volumen participan once artistas que interpretan nuevas versiones de canciones icónicas de mi disco Tangos Bajos. En el volumen dos se suman más artistas, llegando a casi cuarenta en total. Estoy muy feliz de poder presentarlo en el Coliseo acompañado de estos enormes artistas.

El vino, el documental y las raíces

—¿Y cómo surgió la idea de incursionar en los vinos?

—Fue idea de un fan mío de Mendoza, Francisco Evangelista, CEO de CrowdFarming.Wine, vinos del Valle de Uco. Él produce vinos de manera artesanal, muy cuidada, igual que yo hago con la música. Cuidamos la obra como si fueran nuestros bebés y hubo una simbiosis. En mis cincuenta años de trabajar cien por ciento con la música, es el primer emprendimiento extramusical.

—¿Qué variedad elegiste?

—Es un Malbec 2020 de cosecha pandémica, que resultó muy bueno porque se mantuvo un poco más en la tierra. Es exquisito, estoy muy contento. Encontramos un paralelismo entre la cepa del Malbec —que en francés significa ‘mal boca’—, una cepa descartada en Francia pero emblemática en Argentina. Eso conecta con el tango, al que me dedico los últimos treinta años, y su vínculo con Francia. Trabajo hace veinte años en París, donde tengo mi orquesta. Encontramos un ida y vuelta tan curioso que hasta escribí un ensayo, El vino y la música.

—Cuéntame del documental…

—Se llama Tangos Bajos y busca rastrear las raíces negras en nuestra música popular, como el candombe porteño, que difiere del uruguayo. Grabé testimonios de afrodescendientes de la línea colonial, descendientes de esclavos del siglo XVIII, en Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán, donde se explica la evolución de nuestra música.

—Un gran aporte para refutar la idea de que en Argentina no había negros…

—Así es, porque no solo se esconde la raíz africana, sino también la nativa. Lamentablemente, se impuso la forma europeizante. Actualmente estamos editando, con la ayuda de grandes cineastas como Mariano Galperín, Luis Ortega y Lucrecia Martel.

—¿Cuánto tiempo llevas en el documental?

—Cuatro años de grabación y filmación, aunque ya van siete años con la orquesta típica. Son quince músicos: cuatro bandoneones, cuatro violines, contrabajo, piano, violonchelo y bouzouki.

—¿Bouzouki?

—Sí, lo toca Juan Ravioli, uno de mis colaboradores más cercanos. Es un instrumento griego, y yo tengo ancestros griegos. También incorporo guitarra eléctrica y serrucho musical, que toca Muhammad Habibi, mi otro colaborador estrecho. Juan es mi mano izquierda, Muhammad mi mano derecha. Además, está la trompeta del maestro Miguel Ángel Tallarita. Todo conforma una gran orquesta tímbrica.

—Una típica atípica…

—Claro, de base típica con estos colores, como hacía Aníbal Troilo con la celesta o el arpa. Ese es el camino que trazaré en el concierto.

La evolución musical y las influencias

—Se nota en las nuevas versiones de Tangos Bajos y en ‘Chalaman’ que buscas nuevos timbres y arreglos, alejándote del original…

—Es necesario. Lo confirmé tras una charla con Enrique Cadícamo, quien insistía en las revisiones. Con Andrés (Calamaro) concluimos que a veces la canción en el estudio hay que abandonarla porque nunca se termina.

“Cuando la terminamos de grabar, la obra está inconclusa, se termina de anidar en el oído de cada uno que la escucha”, dice

—Andrés hace eso en sus vivos, como Dylan, que parece hacer covers de sí mismo…

—Hay algo importante: una vez que se lanza un tema a la industria —hay que diferenciar la música de la industria—, la gente absorbe la primera versión y se le formatea. El músico en evolución necesita darle forma. Yo digo: la obra está inconclusa cuando se graba; se termina de anidar en el oído de cada quien.

—¿Con qué otros próceres del tango trataste?

—Me acerqué a Cadícamo por su obra, que incluye novelas y guiones. Antes de estrenar Tangos Bajos, llamé por la guía telefónica al doctor Luis Alposta, vicepresidente de la Academia Lunfardo, con quien tengo una gran amistad y más de cuarenta tangos compuestos juntos. Es el poeta lunfardo vivo más importante.

—¿Siguen componiendo?

—Claro, está bárbaro. A él le debo gran parte de mi conocimiento del tango. Con él entré por la puerta grande, aunque acá seguimos discutiendo qué es tango. En el resto del mundo se percibe de otra manera.

—¿De qué manera?

—Llevo veinticinco años girando por Europa. En Francia actué en cuarenta y cinco ciudades, y no solo me ve la comunidad argentina, sino un público local que no entiende la letra. Eso me llevó a desarrollar una gestualidad: soy una suerte de Charlie Chaplin que canta tangos.

“Me siguen asociando al rock, sin embargo ¡ya tengo más años en el tango que en el rock!

Aprendí esa necesidad tocando para europeos. Me sorprendió, por ejemplo, en Hungría, donde toqué en centros culturales enormes. El público húngaro tiene gran facilidad rítmica, a diferencia del francés. Aunque no entiendan la letra, funciono como un médium.

—El poder de la música…

—Exacto, como nos pasaba de chicos con los Beatles: la música hipnotiza y te lleva a querer saber qué dice.

—También tuviste cercanía con Edmundo Rivero…

—Sí, mi padrastro era su mánager personal. Iba al Viejo Almacén de chiquito, aunque Rivero me daba miedo. Después lo empecé a apreciar.

El tango primero, el rock después

—Para mi generación, Melingo sigue siendo el de Los Abuelos…, Los Twist, la banda de Charly…

—(Se ríe) Te explico: ¡ya tengo más años en el tango que en el rock! Nací en Parque Patricios, con familia tanguera: mi vieja cantaba tangos, mi abuelo era cantante de ópera. El rock lo aprendí con mis primos mayores. Esas son tres patas; la cuarta la creé como voz propia.

—¿Hubo un clic para dedicarte al tango profesionalmente?

—Siempre hay un clic, de la industria. Mi primer disco solista es H2O, producido por Cachorro López, entre funk y reggae. Tras diez años viviendo afuera, volví con una pulsión tanguera y empecé a componer las canciones de Tangos Bajos.

—Que salió en el…

—En el ‘98. Rompí el contrato con una multinacional y dije: “Voy a hacer esto”, algo que me sale de las tripas. Los músicos trabajamos mucho con la intuición, con ese ochenta y cinco por ciento de sombra que es el inconsciente.

—¿Cómo es eso?

—En el inconsciente se genera todo lo que después nos representa. Es un trabajo intuitivo, más allá de la formación académica. Yo digo: “La partitura es para estudiar, la música es de oreja”. Lo importante es el resultado.

Escucha activa y honestidad

—¿Qué escucha Melingo?

—De todo. Pero también el silencio es importante. No llego a casa y pongo música; la escucho atentamente, no la oigo. Para pensar en música necesito silencio. Cuando quiero escuchar, me siento. Puedo ir de Bach a Beethoven hasta el trap o el hip hop. Soy omnívoro.

—¿Cuándo ganaban más los músicos, con CDs o en la era Spotify?

—Hace cincuenta años vivo de la música, a veces de manera ajustada. Cuando decidimos por la música, sabíamos que sería así. No discrimino cuánto cobro; lo importante es el resultado. Poder vivir de la música que quiero hacer es un privilegio. Nunca di el brazo a torcer con la industria. El músico debe escucharse a sí mismo, porque la honestidad se nota, como en Bob Dylan.

—¿Qué opinas de la IA en la creación artística?

—El espíritu de la música implica algo que la IA no tiene: el alma. Eso nos diferencia: el espíritu, la humanidad.

—¿Qué te sugiere la despedida del Indio Solari?

—Muestra su importancia como ser humano en nuestro imaginario musical. Lo conocía, venía a mis conciertos de tango desde que empecé. Se manifestaba de manera anónima, pero quería estar ahí. Eso muestra la profundidad de su búsqueda, insaciable, conociéndose a sí mismo. Semejante expresión de amor popular refleja cómo la música anida en el que escucha.

—Nombra cinco discos que llevarías siempre…

—Prefiero nombrar artistas: Carlos Gardel, inventor del tango canción; Igor Stravinsky, Béla Bartók y Maurice Ravel, mi trilogía clásica; Charles Mingus, Thelonious Monk y Miles Davis, mi trinidad del jazz; y los Beatles.

—¿A qué edad descubriste a los Beatles?

—Muy temprano, con siete u ocho años. Son absolutamente gravitantes, una banda que se redescubre con cada escucha.

—Coincides en que desde Rubber Soul experimentaron con el estudio como laboratorio…

—No lo diría tan preciso. El artista necesita tiempo de maduración. Ellos lo ejercieron a lo largo de su trayectoria. Crearon una obra tremenda en menos de diez años, con una profundidad que aún hoy impacta.

“La despedida del Indio Solari demuestra la importancia que tiene como ser humano, como alma, como espíritu, dentro de nuestro imaginario musical, popular y nacional”, dice, sobre la pérdida del líder ricotero

Fotos: Jaime Olivos

Fuente: Infobae

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