La celebración del Mundial 2026 en territorio mexicano no es solo un evento deportivo; representa una disputa por el control de la narrativa y la imagen que se proyecta al mundo. La decisión sobre el idioma oficial del torneo va más allá de la logística y encierra un profundo significado político y cultural.
El dominio del inglés en las comunicaciones oficiales del torneo implica una marginación del español, lengua cotidiana de más de 120 millones de mexicanos. Esto convierte a México en un ‘escenario pintoresco’, según advierte el Dr. César Villanueva Rivas, experto en diplomacia cultural de la IBERO, y no en el protagonista de su propia historia. El país queda reducido a un anfitrión colorido: estadios, folclor, fiesta, pero sin la capacidad de nombrar ni explicar lo que sucede en su propio territorio.
El académico subraya que esta situación no es un mero nacionalismo, sino una cuestión legítima: ¿quién tiene derecho a nombrar lo que ocurre en su propia casa? La invisibilización del idioma local implica que la cultura mexicana es bienvenida como espectáculo, pero excluida como voz autónoma.
La selección del idioma en un evento global no es neutral.
Quien decide en qué idioma se anuncia un gol, se redacta una norma o se nombra una sede, decide también quién se siente parte del evento y quién se siente visitante en su propia ciudad
, señala Villanueva Rivas. El lenguaje, como planteó Pierre Bourdieu, es capital simbólico y una frontera de pertenencia o exclusión.
El español es la segunda lengua materna más hablada del mundo, pero su presencia en el Mundial se justifica solo como un asunto logístico. Para el investigador, esta minimización es
francamente, no querer ver lo obvio
, un gesto discriminatorio que limita la representación cultural de millones de personas.

El idioma como herramienta de poder y geopolítica
El argumento oficial para priorizar el inglés suele ser pragmático: mayor alcance de mercado, facilidad operativa y más patrocinadores. Sin embargo, la hegemonía del inglés responde a una estrategia de poder suave, según la definición de Joseph Nye: imponer reglas y narrativas que se perciben como universales y naturales. Así, la política lingüística de la FIFA y los organizadores termina moldeando la imagen de la región y decidiendo quién da el tono, quién pone la narrativa, quién define qué versión de Norteamérica se proyecta al mundo.
El Mundial de 2026, organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, implica una negociación implícita en la que el español queda en desventaja. Esta situación cuestiona la supuesta inclusión y diversidad que promueve el evento, pues Norteamérica, en buena medida, habla español. Dejarlo fuera de la esfera oficial es ignorar la composición cultural real del continente.
La proyección internacional de México: ¿escaparate o sujeto activo?
México tiene una oportunidad única para mostrarse al mundo, pero la pregunta central es: ¿qué va a mostrar y cómo lo hará? La ceremonia inaugural fue una muestra de estereotipos y lugares comunes: sombreros, bailes, fiesta, pero poca agencia sobre el propio relato. El riesgo es que el país quede confinado a ser un fondo exótico, sin voz ni capacidad de hablar por sí mismo.
El Dr. Villanueva Rivas insiste en que la diplomacia cultural no es asunto exclusivo de cancillerías. El reto consiste en articular una agenda propia, con una presencia real del español y una programación cultural autónoma, no sujeta a los filtros de la FIFA ni a la auto-exotización. Es menester ver y promover arte, gastronomía, música, literatura, cine, no como adorno folclórico, sino como argumento mayor.

La experiencia de los Juegos Olímpicos de 1968 demuestra que sí es posible construir una narrativa nacional potente y reconocida. En el caso actual, el español no debería defenderse solo: el Mundial reúne a naciones hispanohablantes como Argentina, Colombia, Ecuador, España, Paraguay, Uruguay, Chile y México, además de los más de setenta millones de hispanohablantes en Estados Unidos y Canadá.
Un legado más allá de la infraestructura
El desafío para México después del Mundial es negociar una presencia real del español en la comunicación oficial, construir una agenda cultural soberana y documentar el evento desde adentro.
Me apena decir que una nación que presta sus estadios sin negociar sus condiciones materiales y la narrativa que quiere presentar, no está siendo un anfitrión real. Es más bien un ‘socio-sede’ con fines meramente comerciales
.
En resumen, el Mundial 2026 no solo pone a prueba la infraestructura y la capacidad organizativa, sino la autonomía cultural y lingüística de México. El riesgo es que la mayor vitrina internacional de las últimas décadas se convierta en una oportunidad perdida para contar, desde el propio idioma, la historia que el país desea proyectar al mundo.
Fuente: Infobae