El estruendo de los motores sacudió la estepa kazaja. En el interior de una cápsula espacial, con dimensiones similares a las de un ascensor, una joven de 26 años luchaba por mantener la calma mientras los últimos segundos de la cuenta regresiva se desvanecían. No era una piloto de combate, ni había nacido en una cuna de privilegios. Tampoco había pisado una universidad de élite. Apenas unos años atrás, sus días transcurrían entre telares y bobinas en una fábrica textil.
Sin embargo, aquella mañana del 16 de junio de 1963, en plena Guerra Fría, cuando el mundo se partía en dos y Estados Unidos y la Unión Soviética disputaban cada palmo del dominio tecnológico, Valentina Vladimirovna Tereshkova estaba a punto de inscribir su nombre en la historia.
La escotilla se selló. La torre de lanzamiento temblaba con una vibración intensa. Y cuando el Vostok 6 despegó desde el cosmódromo de Baikonur, la soviética se transformó en la primera mujer en surcar el espacio. Durante 71 horas permaneció fuera de la Tierra, completando 48 órbitas alrededor del planeta. Con aquel vuelo, abrió una puerta que, de forma paradójica, tardaría casi dos décadas en volver a cruzarse.

Raíces de campesina
Su origen, no obstante, estaba muy lejos de las estrellas. Valentina Tereshkova nació el 6 de marzo de 1937 en Maslennikovo, una aldea diminuta bañada por el río Volga, en la región de Yaroslavl. La Unión Soviética vivía tiempos turbulentos. Su padre, Vladimir Tereshkov, era conductor de tractores y había sido reclutado por el Ejército Rojo. Su madre, Elena Fyodorovna, trabajaba incansablemente en una fábrica textil para mantener a la familia.
Cuando Valentina tenía apenas dos años, su padre perdió la vida en combate durante la Guerra de Invierno entre la Unión Soviética y Finlandia. Aquella ausencia dejó una huella indeleble en la pequeña. La familia se mudó a Yaroslavl en busca de un futuro mejor, aunque el dinero era escaso y la prioridad era, simplemente, sobrevivir.
Valentina comenzó la escuela tarde. A los dieciséis años, dejó los estudios formales para aportar dinero en casa. Trabajó primero en una fábrica de neumáticos y, más tarde, en una enorme industria textil. Las jornadas eran agotadoras, el cansancio constante. Pero poseía una tenacidad poco común. Continuó su educación por correspondencia y empezó a interesarse por una actividad que terminaría por redefinir su destino: el paracaidismo.
En 1959, a los 22 años, realizó su primer salto. La experiencia de caer desde las alturas la cautivó al instante. Pronto se convirtió en una de las figuras más destacadas del aeroclub local, acumulando decenas de saltos y dominando el arte de controlar el miedo. Tomaba decisiones rápidas, confiaba en sus instintos. Sin saberlo, se estaba preparando para el reto más grande de su vida.
En abril de 1961, Yuri Gagarin, cosmonauta soviético, había completado la primera órbita orbital de la historia. La Unión Soviética había vencido a Estados Unidos en la carrera por enviar a un ser humano al espacio. El éxito fue rotundo. Pero el Kremlin ambicionaba más. Nikita Jrushchov, líder soviético durante la Guerra Fría, comprendió al instante el valor propagandístico de otro golpe maestro: enviar a una mujer al cosmos antes que los estadounidenses.

La elegida
La orden fue tajante y se inició la búsqueda de candidatas. Los requisitos eran rigurosos. Debían tener menos de treinta años, medir menos de un metro setenta y pesar menos de setenta kilos. Idealmente, debían poseer experiencia en paracaidismo. La razón era técnica: los cosmonautas de las cápsulas Vostok no aterrizaban dentro de la nave. Eran expulsados a varios kilómetros de altura y descendían por separado con paracaídas.
De entre cientos de aspirantes, cinco mujeres fueron seleccionadas para formar el primer grupo femenino de cosmonautas. Valentina Tereshkova estaba en la lista. No era la más brillante académicamente ni la más veterana. Pero reunía una combinación que fascinó a los responsables del programa: origen obrero, compromiso ideológico y un excelente desempeño como paracaidista.
De pronto, su vida dio un vuelco. Ingresó a un entrenamiento despiadado: pruebas de aislamiento extremo, exámenes médicos agotadores, cámaras de calor y de frío. Centrífugas que simulaban fuerzas insoportables, vuelos en gravedad cero, estudios de ingeniería espacial, astronomía, navegación y supervivencia. Las cinco mujeres fueron sometidas a exigencias similares a las de los cosmonautas varones. El programa buscaba demostrar que el socialismo garantizaba la igualdad de oportunidades, incluso más allá de la atmósfera.
Finalmente, las autoridades tomaron la decisión: la elegida era Tereshkova. Tenía 26 años. El 14 de junio de 1963, había despegado el Vostok 5 con Valeri Bykovski a bordo. Dos días después, llegó el turno del Vostok 6. Valentina adoptó como señal distintiva el nombre en clave “Chaika”, que significa “Gaviota”. Cuando el cohete se elevó desde la plataforma, millones de soviéticos escucharon la transmisión radial. Una obrera convertida en exploradora espacial, hija de campesinos que atravesaría el cielo, un símbolo perfecto para el relato oficial del régimen.

Cosmonauta a pesar de todo
Sin embargo, tras la propaganda se escondía una realidad mucho más compleja. El vuelo no fue sencillo; la cápsula Vostok era extremadamente limitada y el espacio interior apenas permitía moverse.
Tereshkova sufrió molestias físicas, náuseas y agotamiento. Años más tarde, revelaría un dato sorprendente. Había detectado un error en la programación automática de la nave. En lugar de orientar la cápsula hacia el regreso a la Tierra, el sistema incrementaba progresivamente la órbita, alejándola del planeta. De inmediato informó la anomalía a los ingenieros en tierra, quienes le transmitieron nuevos datos para corregir el problema.
Durante décadas, aquel incidente permaneció en secreto. La cosmonauta aseguró que había prometido no hablar del tema públicamente. A pesar de las dificultades, completó la misión. Tomó fotografías del horizonte terrestre que luego se usarían para estudiar capas atmosféricas y la formación de aerosoles. Mantuvo comunicaciones con Bykovski, registró observaciones médicas sobre los efectos del vuelo y contempló una imagen que pocos humanos habían visto: la Tierra suspendida en la oscuridad, sin fronteras visibles.
Después de 70 horas y 50 minutos en el espacio, comenzó el regreso. Tal como estaba planeado, fue eyectada de la cápsula a unos siete kilómetros de altura y descendió con su paracaídas. Aterrizó el 19 de junio de 1963 cerca de la localidad de Karaganda, en la actual Kazajistán. Los campesinos de la zona corrieron hacia ella, sorprendidos, sin poder creer lo que veían. La primera mujer del espacio estaba frente a ellos.

Heroína del cosmos
Según algunos relatos, compartió alimentos con los habitantes locales antes de que llegaran los equipos de rescate. Eso no agradó a ciertos funcionarios soviéticos, preocupados por el cumplimiento estricto del protocolo. Pero la hazaña ya era imparable. Tereshkova fue recibida como heroína nacional y desfiló por la Plaza Roja, recibiendo la máxima distinción: Heroína de la Unión Soviética.
Fue homenajeada en numerosos países y se convirtió en embajadora internacional del programa espacial. El mundo entero conoció su rostro. Sin embargo, la historia tuvo un costado paradójico. Aunque la Unión Soviética había demostrado que una mujer podía viajar al espacio con éxito, el programa femenino perdió impulso. Las otras integrantes del grupo nunca volaron y el equipo fue finalmente disuelto.
Pasarían diecinueve años antes de que otra mujer abandonara la Tierra. La siguiente sería Svetlana Savítskaya, también soviética, en 1982. Estados Unidos esperaría hasta 1983 para enviar a Sally Ride. El hito de Tereshkova quedó congelado en el tiempo. Tras su misión, Valentina estudió ingeniería en la Academia de la Fuerza Aérea Zhukovski, donde se graduó con honores. Continuó vinculada al programa espacial soviético y alcanzó el rango de mayor general de la Fuerza Aérea, siendo la primera mujer rusa en lograrlo.
También desarrolló una extensa carrera política. Fue diputada del Sóviet Supremo y participó en organizaciones internacionales. Tras la disolución de la Unión Soviética, mantuvo presencia pública en la política rusa. A diferencia de muchos héroes de la carrera espacial, nunca renegó de su pasado y defendió con orgullo su papel histórico. Jamás perdió la fascinación por el cosmos. Ya en edad avanzada, declaró que, si tuviera la oportunidad, aceptaría viajar a Marte aunque el regreso no estuviera garantizado. Aquella frase resumía bastante bien quién era.
Porque más allá de la propaganda, del uso político de su figura y de las contradicciones de la Guerra Fría, existía una mujer auténticamente valiente. Una trabajadora que se había atrevido a saltar de aviones y que aceptó desafíos extremos. Fue una pionera que enfrentó un ambiente dominado casi exclusivamente por hombres, una exploradora que abrió caminos que otras tardarían décadas en recorrer.
Mientras el siglo XX se debatía entre guerras, ideologías enfrentadas y amenazas nucleares, una hija de campesinos atravesó la atmósfera terrestre y demostró que el futuro también podía tener rostro de mujer.
Su vuelo duró apenas 71 horas. Unas cuarenta y ocho órbitas alrededor del planeta. Fueron tres días suspendida entre la inmensidad y el vacío. Pero el eco de aquella travesía todavía resuena cada vez que una astronauta despega rumbo a la Estación Espacial Internacional y que una científica lidera una misión: desde entonces, el universo dejó de ser un territorio exclusivamente masculino.
Fuente: Infobae