Noor Inayat Khan: la princesa india que espió para los Aliados y fue ejecutada en Dachau

Cuando se habla de mujeres espías que marcaron un antes y un después durante la Segunda Guerra Mundial, el nombre de Noor Inayat Khan no siempre ocupa el lugar que merece. No es tan conocida como Vera Atkins, la gran maestra del espionaje británico, ni como Virginia Hall, la llamada “espía coja” que tantos dolores de cabeza provocó a Klaus Barbie, el carnicero de Lyon. Tampoco brilla con la misma luz que Audrey Hepburn o Josephine Baker, quienes usaron su fama como figuras del espectáculo para recabar información para los Aliados. Sin embargo, en Francia se la venera como una heroína de guerra, hasta el punto de que cada 14 de julio, durante los festejos de la Revolución Francesa, una banda militar se planta frente a la casa donde vivió en las afueras de París y le rinde tributo tocando La Marsellesa.

Se trata de un caso realmente singular, porque Noor Inayat Khan no nació en Francia ni en ninguna de sus colonias: era de nacionalidad india y vino al mundo en Moscú. Tampoco trabajó para el espionaje francés; sirvió bajo las órdenes del Servicio de Operaciones Especiales (SOE) británico, que la envió detrás de las líneas enemigas durante la ocupación alemana de Francia. Allí informó con el nombre en clave de Nora Baker hasta que una traición la puso en manos de la Gestapo. Finalmente, fue fusilada en el campo de concentración de Dachau, después de que los nazis intentaran en vano arrancarle una sola palabra sobre sus compañeros.

Además, fue una espía insólita porque tenía todo en contra para ser agente de campo en tiempos de guerra: odiaba la violencia, era frágil, carecía de resistencia física, manejaba muy mal las pistolas y los revólveres, y no sabía usar armas largas. Aun así, su labor resultó fundamental para enviar a Londres información sobre los movimientos de las tropas alemanas en Francia.

Con sus tres hermanos y sus padres, Noor Inayat Khan abandonó la casa de las afueras de París y cruzó el Canal de la Mancha para resguardarse en Londres.

De linaje principesco

Noor Inayat Khan nació el 1 de enero de 1914 en la entonces agitada capital rusa. Fue la primera hija de Inayat Khan y Pirani Ameena Begum. Por parte de su padre, descendía de la realeza musulmana india: su familia tenía lazos cercanos con Tipu Sultan, el célebre gobernante del Reino de Mysore. El padre de Noor, sin embargo, no sentía apego por su tierra natal. Prefería viajar por el mundo practicando sus dos grandes pasiones: la música —era un instrumentista notable— y las enseñanzas del sufismo, el misticismo islámico del que era maestro. En Rusia, Inayat Khan logró asistir a la corte del zar Nicolás gracias a sus vínculos con el famoso consejero del monarca, el monje Rasputín.

Pero los días de la familia en Moscú no duraron mucho. Las crecientes revueltas obreras y campesinas en Rusia preocupaban al maestro sufí, un pacifista convencido, y el estallido de la Primera Guerra Mundial fue la gota que colmó el vaso. Así que Inayat Khan y los suyos se mudaron a Londres, donde vivieron seis años en Bloomsbury, hasta que en 1920 volvieron a trasladarse a las afueras de París. Allí, el matrimonio —que ya tenía tres hijos más— se instaló en una casa llamada Fazal Manzil, en Suresnes.

Estos cambios fueron cruciales en la formación de la pequeña Noor, que ya dominaba el ruso y el inglés con fluidez, y empezó a aprender francés en la escuela. También se formó bajo las estrictas reglas de su padre, quien le inculcó su pacifismo, sus enseñanzas morales y su amor por la música. Así creció en un ambiente donde la lectura y el arte eran parte de la vida diaria. “Noor adoraba la música. Era compositora, tocaba el arpa y la vina (una especie de guitarra típica de India). También escribía cuentos infantiles”, relata Shrabani Basu, autora de la biografía La princesa espía: la vida de Noor Inayat Khan.

Los tranquilos días de esa familia dedicada al arte y la religión terminaron de golpe cuando el Ejército alemán invadió Francia en 1940. Noor tenía 26 años, era una talentosa intérprete musical y había escrito varios libros para niños, pero la guerra le cambiaría el rumbo. Junto a sus tres hermanos y sus padres, abandonó la casa en las afueras de París y cruzó el Canal de la Mancha para refugiarse en Londres. “Llegaron a Reino Unido como refugiados. Poco después, Noor tomó la decisión de ayudar al país que la había acogido y luchar contra el fascismo”, cuenta la biógrafa Basu. Ni ella ni su hermano Vulayat vieron contradicción entre el pacifismo inculcado por su padre y la necesidad de combatir a los nazis. El joven se alistó en el Ejército británico y Noor se unió a la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres, donde recibió entrenamiento como operadora de radio. Ese aprendizaje marcaría su destino.

La maestra de espías Vera Atkins vio virtudes en la princesa india que hablaba francés a la perfección y lucía inofensiva, además de ser una excelente operadora de radio, y decidió entrenarla personalmente

La intuición de Vera Atkins

La princesa india llevaba casi un año en tareas de oficina y comunicaciones cuando uno de sus superiores notó su dominio de varios idiomas, en especial el francés, y le propuso unirse al Servicio de Operaciones Especiales. Noor aceptó, pero pronto descubrió que no bastaba con cambiar de sección: debía pasar por un entrenamiento durísimo, que incluía mucha actividad física y simulacros de interrogatorios donde no faltaba la violencia. Tenía voluntad de sobra, pero su cuerpo frágil no aguantaba tanta exigencia. Además, se derrumbaba ante los maltratos y era muy mala para mentir.

Estaban a punto de devolverla a su puesto anterior cuando la descubrió la maestra de mujeres espías británicas. Esta mujer se hacía llamar Vera Atkins, pero su nombre real era Vera May Rosenberg, nacida en Rumania en 1908, hija de la ciudadana británica Hilda Atkins y del ciudadano alemán —de origen judío— Max Rosenberg.

Atkins había estudiado francés en la Sorbona hasta que la invasión alemana a Francia también la llevó a Londres. Gracias a contactos familiares, pudo ingresar, pese a ser extranjera, a la Sección F, o Sección Francesa, del SOE, una organización secreta creada por Winston Churchill. En los papeles, Atkins era la secretaria del coronel Maurice Buckmaster, quien pronto notó sus habilidades como organizadora y —aunque por su condición de extranjera siguió con el cargo de secretaria— la nombró su asistente personal, la capacitó él mismo en inteligencia y le encargó reclutar mujeres para misiones detrás de las líneas enemigas como operadoras de radio y mensajeras.

Cuando reparó en Noor, Atkins ya estaba entrenando a otra mujer por la que nadie había apostado como espía: Virginia Hall, quien más tarde sería conocida como la “espía coja”. Hall hablaba alemán, italiano y francés con soltura, y su acento norteamericano —cuando Estados Unidos aún no había entrado en la guerra— le permitía interpretar a la perfección su personaje de cobertura: corresponsal de un diario estadounidense en la Francia ocupada. Su cojera, lejos de ser un obstáculo, reforzaba su fachada al hacerla parecer “inofensiva”.

La maestra de espías creyó ver cualidades similares en la princesa india. Noor hablaba francés a la perfección y su aspecto inofensivo podía servirle como cobertura. Además, era una excelente operadora de radio. Decidió entrenarla personalmente y la puso en el mismo equipo que a Hall.

Virginia Hall, de la Rama de Operaciones Especiales, recibe la Cruz por Servicio Distinguido de manos del General Donovan (Wikipedia/CIA Official Website)

Detrás de las líneas enemigas

En el SOE todos sabían que operar una radio detrás de las líneas enemigas era casi una sentencia de muerte. No solo tenían que transmitir con rapidez, sino cambiar de ubicación de inmediato para no ser capturados, porque los alemanes contaban con un sistema de camiones móviles con detectores. Además, trasladar los equipos no era fácil, ya que eran bastante grandes. Para cuando a Noor Inayat Khan le asignaron la misión, se calculaba que un operador de radio podía durar, en promedio, unos dos meses sin ser detenido, pero eso era solo un promedio: podía caer en la primera transmisión.

Noor llegó a Francia con un grupo de agentes el 16 de junio de 1943. Allí los esperaba Henri Dericourt, un agente francés del SOE, quien la puso a trabajar bajo las órdenes de un comando dirigido por Emile Garry en París. Lo que nadie sabía entonces era que el grupo de Garry había sido infiltrado por los alemanes, que en pocas semanas lo desmantelaron. A principios de julio, todos los agentes habían caído en manos de la Gestapo. Todos menos Noor, que logró escapar y poner a salvo su equipo. Quizás por ser la más nueva, no la tenían detectada.

Su situación, sin embargo, quedó muy comprometida. Tanto que desde Londres le ofrecieron sacarla del terreno de operaciones, pero la joven india decidió quedarse y completar la misión. Durante los siguientes cuatro meses, Noor demostró que las esperanzas que Vera Atkins había depositado en ella estaban más que justificadas. Siguió transmitiendo casi todos los días, luego de lo cual cambiaba de ubicación llevando su transmisor en una bicicleta. Una vez por semana se teñía el pelo de un color diferente para modificar su aspecto.

Los alemanes no lograban dar con ella. En la práctica, hizo en soledad el mismo trabajo que realizaba el equipo completo. Con el nombre en código de “Madeleine”, se convirtió en el único enlace entre su unidad de la Resistencia Francesa y la base de operaciones en Gran Bretaña. Siguió así hasta octubre de 1943, cuando finalmente alguien la delató y fue capturada por la Gestapo.

Existen varias versiones sobre quién la entregó, pero en el SOE no tuvieron dudas de que fue uno de los contactos locales que le brindaban apoyo. La biógrafa de Noor se inclina por una hipótesis de despecho: “La hermana de uno de sus contactos la vendió a los alemanes. Estaba celosa porque Noor era hermosa y todos estaban enamorados de ella”, sostuvo Shrabani Basu en una entrevista con la BBC. También relató que, a pesar de la poca fortaleza física de Noor, les costó reducirla cuando entraron al departamento donde estaba escondida. “Peleó, se necesitaron seis hombres corpulentos para someterla”, dijo.

Todos los 14 de julio, en el aniversario de la Revolución Francesa, una banda militar se forma frente a las puertas de la casa de Noor Inayat Khan a las afueras de París y toca La Marsellesa en homenaje a la mujer que consideran heroína de guerra

Un final heroico

Apenas fue detenida, la llevaron a la sede central de la Gestapo en París, en la Avenida Foch, donde al principio intentaron convencerla de que cooperara. Como se negó, la torturaron durante días sin conseguir que hablara. La retuvieron en las mazmorras más de un mes, durante el cual intentó escapar dos veces. Quisieron obligarla a firmar un documento comprometiéndose a no volver a intentar la fuga, pero, así como se había negado a hablar, se negó a firmarlo.

Cuando los alemanes se convencieron de que no delataría a nadie, en noviembre la trasladaron a la cárcel de Karlsruhe y más tarde la recluyeron en Pforsheim, donde la confinaron en una celda especial para presos considerados especialmente peligrosos. La frágil princesita india les había ganado su última batalla. El 12 de septiembre de 1944, fue enviada a Dachau y fusilada al día siguiente. Sus restos fueron incinerados en el crematorio. Tenía 29 años.

Terminada la guerra, Noor Inayat Khan fue condecorada post mortem con la Cruz de Guerra, por Francia, y con la Cruz de San Jorge, por el Reino Unido. Es la única mujer que recibió esas dos distinciones. El reconocimiento a su entrega continúa hasta hoy: cada 14 de julio, una banda militar se forma frente a la casa de su infancia, en las afueras de París, y toca La Marsellesa.

La historia del trabajo conjunto de Vera Atkins, Virginia Hall y Noor Inayat Khan durante la Segunda Guerra Mundial inspiró el largometraje de 2019 A Call to Spy, donde la actriz india Radhika Apte interpreta a Noor. También existen dos películas dedicadas exclusivamente a las acciones de la princesa india tras las líneas enemigas: el docudrama televisivo Enemy of the Reich: The Noor Inayat Khan Story y el cortometraje Liberté.

Fuente: Infobae

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