Desde su estreno el pasado 4 de junio, una producción de solo tres episodios ha dominado los rankings de las series más vistas en Netflix tanto en Ecuador como en el resto del mundo. Se trata de El testigo, una miniserie que recrea el asesinato real de Rachel Nickell ocurrido en 1992, pero que pone el foco en su familia, no en el crimen ni en la investigación, explorando el duelo, la presión de los medios y los errores policiales.
La historia arranca con una frase que define su enfoque:
“Fui a dar un paseo con mi madre cuando era un niño, y nunca volvió a casa”.
Rachel Nickell, de 23 años, fue apuñalada 49 veces a plena luz del día en Wimbledon Common mientras caminaba con su hijo Alex, de apenas dos años.
Lo que diferencia a esta serie de otros ‘true crimes’ es que evita poner como protagonistas a la policía o al asesino. En cambio, el peso narrativo recae en Alex —interpretado de niño por Jahsaiah Williams y de adolescente por Max Fincham— y en su padre André Hanscombe, a quien da vida Jordan Bolger. André debe enfrentar la pérdida de su pareja, la crianza solitaria y la protección de un niño traumatizado en medio de una investigación mediática.
Un niño de dos años frente al horror
Desde el primer momento, la serie muestra al pequeño Alex ensangrentado y confuso, aunque ileso, en la parte trasera de una ambulancia. Un transeúnte lo encontró aferrado al cuerpo de su madre y rogándole que se levantara, cuando ella ya había fallecido; sin embargo, esa escena no se muestra en pantalla.
Un rasgo distintivo de El testigo es cómo retrata la imposibilidad de atravesar una tragedia de esa magnitud sin una guía clara. André Hanscombe toma decisiones discutibles, como molestarse por el comportamiento de Alex ante una psicóloga infantil o llevarlo a identificar el cadáver de su madre. Esta última es una de las secuencias más impactantes: mientras André insiste en la identificación, Alex parece comprender antes que su padre que no obtendrá nada bueno al verla muerta, y se sienta en el suelo a jugar con juguetes. La miniserie no suaviza las imperfecciones del padre ni las reacciones contradictorias de ambos sobrevivientes, sino que las expone sin filtros.
Esa misma mirada se repite en la relación posterior entre padre e hijo. El Alex adolescente es retratado como un joven rebelde que se enfrenta a una fractura singular: él no quiere remover el pasado, mientras André considera imposible seguir evitándolo.
El adolescente intenta preservar el recuerdo impreciso de su madre mediante gestos concretos, como esconder un frasco de perfume bajo la almohada o mantener su dieta ‘pescetariana’. En una de las discusiones, el hijo exclama:
“No quiero recordar a mamá por su muerte”.
Acoso mediático
Otra línea del relato es el papel de la prensa sensacionalista británica, una presencia constante en la casa de André y Rachel, en la comisaría y en la escena del crimen, hasta formar una “manada” que lanza preguntas groseras sin descanso.
Cuando André busca refugio en casa de su madre, reporteros y ‘paparazis’ averiguan la dirección, acampan afuera, revisan la basura y roban el correo. Incluso, en una visita a la policía, un periodista llega a imitar el sonido de un mono para insultar a André con un insulto racista.

La persecución no se limita al Reino Unido. André se mudó primero a Francia y luego a España, concretamente a un pueblo de Barcelona, pero los periodistas continuaron acosándolo a él y a su hijo incluso años después del asesinato, haciéndolos vivir como fugitivos.
Fracaso policial
En paralelo, en un segundo plano pero de manera inequívoca, se muestra el fracaso de la Policía Metropolitana. La presión pública y mediática empujó a los investigadores a centrarse en un inocente mientras ignoraban a un delincuente reincidente.
Ese sospechoso fue Colin Stagg, cuyo único “delito” era encajar vagamente en el perfil de un hombre blanco solitario con fantasías sexuales desviadas, además de la creencia de que la posibilidad de que hubiera dos individuos así en la misma zona era “extraordinariamente pequeña”, según la ingenua psicología criminal de la época.

El detective principal Keith Pedder, interpretado por Neil Maskell, aparece como un profesional defectuoso pero comprensible. Su decisión de usar a una agente encubierta para tender una trampa a Stagg se presenta como un error cometido bajo fuerte presión de sus superiores y de la prensa. Esa maniobra fue conocida como la operación Edzell.
Las consecuencias fueron graves. Stagg pasó 14 meses entre rejas y la cadena de errores permitió que el verdadero asesino siguiera libre y matara de nuevo durante otros dos años. El caso no se resolvió hasta 2008.
La serie se complementa con el documental El asesinato de Rachel Nickell, estrenado por Netflix el mismo día. André Hanscombe y su hijo Alex participaron en la elaboración del guion junto al escritor Rob Williams, lo que explica el grado de crudeza con el que El testigo expone la historia.
Fuente: Infobae