La escritora mexicana Valeria Luiselli regresa con Principio, medio, fin (Anagrama), una novela que arranca con dos mujeres: una madre y una hija unidas por la vida, una historia y un viaje que marca un nuevo comienzo. La obra recupera el pasado común de las mujeres que las precedieron, en un relato que se despliega desde el principio hasta el medio y el fin.
“En el principio eran una madre y una hija, Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera –pies, piernas, torso, cuello– hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto”.
La protagonista, una escritora recién separada y aún doliente, viaja desde Nueva York a Europa junto a su hija de doce años, en el marco de una gira de promoción de uno de sus libros. La separación puso fin a la convivencia de una familia ensamblada y la ruptura se manifiesta en migrañas paralizantes. Para iniciar un nuevo ciclo, se instalan en el departamento de un amante músico que está de gira. La narradora intenta terminar su novela en casa ajena, mientras cuida a la niña y hace vida local en un verano arrasador de vientos y tormentas, con incendios provocados por la erupción del Etna. Al otro lado del océano, su madre, una activista ambiental que siempre priorizó sus causas, parece caminar por la cornisa de la locura.
Madre e hija llevan consigo un fragmento de un fresco antiguo que la abuela de la protagonista puso en su valija cuando emigró a América. La historia de esa abuela aguerrida, que se disfrazó de hombre para ganarse unos centavos excavando en busca de piezas arqueológicas a comienzos del siglo XX, es central en la trama. El libro, una vez más experimental en formas, voces y géneros, consta de cuatro partes divididas en capítulos integrados por breves fragmentos con subtítulos encadenados. Incluye fotos y un QR que conduce a sonidos naturales que conforman la banda sonora de la historia.
Principio, medio, fin no es un ensayo, aunque la escritura cabalga entre géneros. La narradora se pregunta por la memoria, la naturaleza, las formas de concebir el tiempo, los mandatos y deseos de las mujeres y las violencias en su contra. Otra clave es la extranjería, en una Italia xenófoba que legitima el avance de las ultraderechas.

En una entrevista, Luiselli comenta que la novela fue creciendo a partir de “una serie de preguntas difíciles”, sin una dirección precisa al inicio. Una de esas preguntas surgió de su hija de diez años, quien durante noches insomnes le preguntó: “¿por qué en todos estos mitos e historias de creación del mundo siempre todo está hendido en dos?”. Esa pregunta atraviesa el libro. La autora explica que no busca respuestas últimas, sino el viaje de exploración de esas preguntas, que se expanden hacia círculos concéntricos: la voz de una madre, la de una abuela o bisabuela, y preguntas sobre qué es un principio, qué es estar a la mitad de la vida, cómo lidiar con la sensación de un cambio civilizatorio profundo.
Luiselli también habla del sonido, un campo que la ha reentrenado en la atención y la escucha. Hace cinco años inició un proyecto con el colectivo Ecos de las Tierras Fronterizas para documentar el sonido de toda la frontera México-Estados Unidos, desde el canto de las ballenas jorobadas hasta los sonidos de la policía en las playas de Tijuana. Este trabajo influyó en la novela, que incluye sonidos grabados de los elementos –agua, tierra, aire, fuego– en Sicilia, donde nacieron los cuatro elementos con Empédocles.

La narradora vive en una casa donde han pasado muchas mujeres, y eso se refleja en la novela. La hija de doce años está en esa zona fronteriza entre la infancia y la adultez, un espacio que interesa a Luiselli como “zona profundamente fronteriza de la existencia humana”. La novela aborda la menstruación, el deseo y la contradicción de ser madre que cuida a su hija y a su madre a la distancia, mientras tiene el deseo de irse con un hombre. “El tiempo objetivo de la novela es un ciclo menstrual”, señala la autora, y la obra empieza y termina en un ciclo completo lunar y menstrual.
El hombre al que llaman “el pianista” luego pasa a ser “el turista”, un apodo que surge del lenguaje íntimo entre madre e hija. La partida de ese departamento es como el último resabio de hábitos viejos, una especie de Thelma & Louise madre e hija dejando atrás un universo de hombres que no valen la pena.


El ida y vuelta de los cuidados
En la novela, el cuidado no es unidireccional. La narradora cuida a su madre a la distancia, pero también la hija de doce años termina cuidando a su madre. “La herencia nunca es realmente unidireccional”, dice Luiselli, y cita el río Hudson, cuyo nombre original Mahicannituk significa “río que corre en dos direcciones”. “Cada vez que el pasado se cuenta, se está reescribiendo el presente y está resignificando al presente y viceversa”. La madre de la narradora, que pierde la memoria, traduce para su hija como un ejercicio mental, y es gracias a esa traducción que la narradora empieza a escribir.

La historia de la abuela (nanna) que se disfrazó de hombre para excavar es real. Luiselli explica que, mientras escribía, llegó a los archivos del museo de Rovereto y encontró fotos de principios del siglo XX donde claramente hay una mujer vestida de hombre. “Primero escribí sobre este personaje y luego vino la realidad a confirmar que existía”, dice. La ficción, para ella, “siempre está recordando el futuro”.
En la novela también aparece la hostilidad contra los africanos en Italia y las políticas migratorias restrictivas. Luiselli opina que urge “una reconceptualización de cómo entendemos las fronteras” y que la noción del Estado nación es obsoleta. Critica que los europeos olviden su propia historia migratoria y el deber histórico que tienen con los migrantes actuales.

Respecto a Estados Unidos, donde vive, dice que es “un país espantoso y un país maravilloso al mismo tiempo”. A pesar de la discriminación institucionalizada, hay una sensación de deber civil y pequeñas batallas legales que resisten la destrucción de las instituciones. “Uno no puede darse el lujo de no tener esperanza”, afirma, y elige la esperanza como postura política, con la idea del “chingatelito”, poquito a poquito.
Finalmente, sobre la estructura de la novela, Luiselli señala que el cambio de voz era necesario porque la novela trata sobre “pasar la batuta a otra generación”, soltar las riendas que ya está agarrando una generación más joven para contarse el mundo.

Fuente: Infobae