En 2004, Carlos “Indio” Solari acababa de lanzar su primer trabajo solista, El tesoro de los inocentes (bingo fuel). En ese contexto, accedió a una extensa conversación con la revista colombiana Gatopardo, publicada en febrero de 2005. El material, rescatado ahora, muestra a un artista en un punto de inflexión: el fin de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y el inicio de una nueva etapa para una de las figuras más influyentes del rock argentino.
El Salinger del rock argentino
La primera llamada telefónica fue breve. Una voz se identificó como el manager del Indio y prometió contactar de nuevo. Una semana después, el teléfono sonó otra vez. “Anotá”, dijo la misma voz, y dio una dirección en el Oeste del Gran Buenos Aires, cerca de una estación de servicio Shell. La cita era un jueves a las nueve de la mañana. Una camioneta Land Rover blanca o un Ford Mondeo pasaría a buscarlo. El contacto se llamaba Martín.
No era un reportaje cualquiera. Solari, de 56 años en ese entonces, es la personalidad más importante y esquiva del rock nacional. Poeta, compositor y cantante, vivía recluido en su casa desde hacía una década, al estilo de J. D. Salinger. Llevaba cuatro años sin hablar con la prensa y solo daba entrevistas para promocionar un disco. Era más fácil conseguir una audiencia con el Presidente de la Nación que con el líder de la banda más popular de la historia: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Los Redondos se separaron a mediados de 2001, en silencio, sin peleas ni anuncios. El rumor se esparció y millones de seguidores quedaron sin su banda de referencia. El disco solista de Solari, una producción independiente, salió el 3 de diciembre y, sin publicidad, ya había superado las 150 mil copias vendidas, una cifra enorme en un país golpeado por la piratería y la pobreza.
Para llegar a la entrevista, hubo que atravesar un cerco de seguridad que cualquier líder político envidiaría. Solari es conocido por su hermetismo: para ir al cine viaja a Uruguay, y para caminar tranquilo, a Nueva York. La camioneta blanca llegó puntual a la estación de servicio. Martín, el contacto, invitó a subir con gestos breves. El vehículo recorrió calles de tierra sin nombre hasta un portón de hierro negro.
De su vida privada se sabe poco. Su apodo data de los años 60, cuando era hippie y tenía el pelo largo. Es hincha de Boca Juniors y ama a los perros. Su obsesión por la intimidad lo llevó a conservar una vieja escopeta calibre 12.70. “He visto muchas cosas, en distintas épocas. Todavía llevo grabada la mirada del primer animal que maté”, declaró en el pasado. Su pareja, Virginia, es una mujer morena y delgada, diez años menor que él. Tienen un hijo, Bruno, que entonces tenía cuatro años. El nombre del disco, Bingo fuel, alude a los pilotos de la Segunda Guerra Mundial que volaban sin combustible. “Con respecto a mi hijo, he descubierto una inocencia primitiva, algo que pensé que ya no existía. La contradicción básica es cómo criar un angelito que tiene que sobrevivir en una jungla asesina. ¿Le enseñás a defenderse o tratás de transmitirle otras cosas?”, explicaría más tarde.
En la propiedad hay siete perros pastores alemanes. Dos de ellos, Saturno y Villano, son feroces y debieron ser encerrados antes de que el visitante descendiera del vehículo. La oficina de Solari es un playroom donde trabaja, lee y compone. Un monitor muestra en circuito cerrado lo que registran cuatro cámaras de seguridad. Hay una biblioteca con obras de Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, cómics y el ensayo No logo de Naomi Klein.
Finalmente, aparece Solari. Viste camisa celeste, pantalón cargo Reebok y zapatillas Camper. Mide un metro setenta. Lleva gafas oscuras, aunque sean las nueve de la mañana. Minutos después, las deja a un lado. Su voz es gruesa, distinta a la de sus discos. Es amable y ofrece café. Confiesa ser “fundamentalista del aire acondicionado”. Luego, dice: “Es muy difícil que la gente te transforme en una especie de muñeco diseñado por su necesidad. Se hace difícil tener nuevas relaciones cuando te ponen en el lugar del icono. Esa imagen es muy fuerte, y sospecho que la gente a veces prefiere que uno sea así, ése monstruo, porque ése es el atractivo. Entonces, sólo pueden quedar los amigos de siempre. Está bien, además, soy un poco fóbico. De la única manera en que puedo participar de un hecho multitudinario es si estoy arriba de un escenario. Sucede que yo me formé en los 70, años en que era conveniente la clandestinidad. Es por eso que cuando siento que la gente me vigila me da escozor. Pero bueno, tengo claro que el precio de la libertad es la soledad”.
La historia de Los Redondos comenzó en 1978, aunque sus integrantes se conocían desde antes. Skay Beilinson, el guitarrista, había estado en París durante mayo del 68. De regreso en Buenos Aires, se encontró con Carmen Castro, alias La Negra “Poly”, quien sería la manager y su pareja. Juntos conocieron al Indio, que había filmado un cortometraje con el hermano de Skay. A mediados de los 70, participaron en La Cofradía de la Flor Solar, germen de la banda. El nombre Patricio Rey aludía a una entidad metafísica; los redonditos de ricota eran buñuelos de queso que repartían en los primeros recitales, que incluían monólogos, poesía y stripteases, todo un desafío a la dictadura militar.
Con la democracia en 1983, los Redondos eran un referente del underground. Solari sorprendía con sus letras de alto contenido simbólico y la banda con un rock ecléctico. Nunca firmaron con una discográfica, no pisaron un estudio de televisión, no publicitaban sus discos hasta los 90 y no se fotografiaban debajo del escenario. La independencia fue su ideología. Durante años, fueron el contrapunto de Soda Stereo, como un River-Boca musical.
Dice Solari: “Hasta que aparecieron Los Redondos, en los 80, todo el mundo decía que las producciones independientes no podían existir. Los medios estaban acostumbrados a un trato especial. El mercado del espectáculo es un barrio jodido. Si uno está fichado en una corporación poderosa, esa productora tiene radios y revistas propias. Pero cuando uno lidera una producción independiente sucede todo lo contrario. En los años ochenta una empresa discográfica compró cientos de copias de Gulp!, nuestro primer disco, y las guardó en un desván. Todo para que no progresara la independencia”.
En 1991, con La mosca y la sopa, llegó la masividad. La banda se volvió irrefrenable, incluso fuera de Argentina, con seguidores que viajaban por el mundo llevando sus discos. Solari sonríe cuando lo sabe. “No lo sé. Suelo tener una mirada de francotirador. Pero si el blanco soy yo, no puedo dar con los motivos. No puedo mirar atrás y darme cuenta en lo que estoy involucrado. El eufemismo más definitorio sería decir que estuvimos en el lugar apropiado en el momento apropiado”.
La popularidad trajo costos. En abril de 1991, un joven de 17 años, Walter Bulacio, fue detenido por la policía en un show de la banda y asesinado a golpes. Fue el primer caso de violación de derechos humanos denunciado desde el regreso de la democracia. El Estado argentino admitió su responsabilidad y pagó una indemnización de 334 mil dólares. Tras incidentes en conciertos de 1994, la banda dejó de tocar en Buenos Aires y se replegó al interior del país. En 1995, en San Carlos (Santa Fe), un pueblo de 10 mil habitantes, 10 mil seguidores tomaron el lugar, dejando bicicletas robadas por todas partes.
En 2000, los Redondos llenaron el estadio de River Plate dos días seguidos, con 140 mil personas pagando entre 15 y 35 dólares. Se estima que los tres líderes embolsaron un millón de dólares cada uno. Pero durante el primer recital, Jorge Ríos, un hombre de 27 años que había salido de la cárcel, apuñaló a varias personas. La banda dejó de tocar. “Lo mató la misma gente, a patadas, algo así como Fuenteovejuna”, dice el Indio. “No justifico la violencia, pero la comprendo”. Luego, sobre el escenario, Solari amonestó a la multitud: “Escuchen… escuchen, carajo. Consideren esta como una de nuestras últimas presentaciones”. Así fue.

Ahora, en su oficina, el músico rechaza la idea de que vive desconectado. “Más desconectado de la realidad vive aquel que está pendiente de la información. Hoy en día toda información es probable. Ahora, desde hace unos años, están de moda los canales de noticias, donde sucede todo en tiempo real. Nada tiene sentido entonces, porque para que algo lo tenga uno debe poder interpretar la realidad que ve. ¿Soy yo el que me estoy perdiendo de algo, o es este sistema paródico el que le hace creer a todo el mundo que realmente vive la vida?”.
Solari ve a la Argentina actual con crudeza: “En la cultura de una sociedad, en su educación, en eso anida la capacidad de saber elegir y defender la calidad de vida de los ladrones de turno. El tonto no puede oler al diablo, ni si caga en su nariz: ése es el problema. La corrupción es estructural. Todos aprendimos a sobrevivir creyendo que somos muy inteligentes si robamos lo que tenemos a mano, y eso nos hace padecer un eterno sojuzgamiento a la pobreza. Hemos postergado la verdad, es penoso. La mayor ambición del hombre no debería ser el aposentamiento económico, sino la justificación de su vida”.
Se muestra disconforme con ciertas ideas vigentes. “La gente como yo, que se formó en la cultura rock, equivocados o no, lo hacíamos en serio. Hay un montón de cosas que hoy están de moda, frases ingeniosas como que uno está en esto para seducir mujeres, o que no hay que tomarse las cosas demasiado en serio. O que una canción no cambia el mundo. Por supuesto que una canción no cambia el mundo, pero hubo canciones que cambiaron mi mirada del mundo. Y como soy constructivista pienso que, si cambiaron mi mirada, el mundo efectivamente cambió. No tomarse en serio a uno mismo probablemente sea el impulso de los teenagers de hoy, pero cuando yo era joven me tomé muy en serio la cultura rock. Todas las experiencias que hice pretendían ampliar el campo de la conciencia. Ahora estoy a la espera de cambios rotundos que provoquen otra música de fondo”.
¿Hay resistencia en la sociedad? “Sé que en los nervios de los jóvenes hay más información de futuro que en la experiencia que yo tengo. Desgraciadamente, esta pauperización que vivimos los transforma en seres bastante más primitivos que los que éramos nosotros de jóvenes. Pero quizá esta especie de vaciamiento cerebral que nos están haciendo sea la antesala de una sociedad… virtual. Siempre estoy esperando lo mejor. No soy escéptico, tengo la esperanza de que algo venga a renovar el espíritu vital”.
Suena el teléfono. Aprovecho para mirar alrededor. Detrás de la puerta hay una foto enmarcada de él en las escaleras del mítico CBGB’S de Nueva York, donde debutaron The Ramones. El Indio vuelve y sigue demoliendo mitos: “Abandoné la bohemia hace rato, empiezo el día muy temprano. Me levanto a las cinco y media de la mañana. He descubierto que ése es el momento en el que estoy más lúcido. Cuando me mudé para acá me pasaba toda la noche tomando whisky y jugando al pool. El canto de los pájaros, al otro día, era una molestia. Y entonces hice un cambio, en el que influyó también el nacimiento de mi hijo. Me di cuenta que mi vida ya no significaba lo mismo. Descubrí una alternativa de lucidez, a la mañana, despertándome a esta hora. A eso de las ocho ya estoy en una buena actitud, que por lo general dura hasta el mediodía”. ¿Su método de trabajo? “La casualidad ayuda a las mentes dedicadas”.
Nos preparamos para escuchar su disco. Se recuesta en el sillón y sube el volumen. El track 9, “Pabellón séptimo”, es una crónica carcelaria: “Me asfixio Dios/ Pienso en mi cara… se está quemando ahora mi cara ¡Dios! / Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos/ Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas/ El pabellón, en un segundo, se nubló todo y ya no vemos nada más”.
Solari explica: “La canción es una crónica de un hecho real que sucedió en 1978. Una masacre de presos comunes en la cárcel de Villa Devoto. Ahí murió un amigo mío… si había alguien que no tenía que estar ahí era él. Tenía un problema psíquico, lo engancharon en la casa de una novia, con unas tabletas de ácido lisérgico, y lo metieron en un pabellón cualquiera. Un día hubo una revuelta y los masacraron a todos. Sé que la letra es políticamente incorrecto. Pero bueno, yo siempre dije que todo preso es político. No se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal”.
Han pasado cuatro horas. El Indio se levanta, da un beso de despedida y desaparece en su casa. En mi cabeza resuena una de sus frases: “Si no hay amor que no haya nada entonces, vida mía, no vas a regatear”. Una declaración de principios para este principio de siglo.
Fuente: Infobae