Justicia e IA: Borges y el Papa advierten sobre los riesgos de la tecnología

La creciente incorporación de inteligencia artificial en el ámbito judicial está transformando un pilar esencial del Estado de Derecho: la obligación de motivar los fallos. No es suficiente que una resolución sea acertada; debe ser entendible, verificable y estar sólidamente fundamentada.

Justamente en este punto convergen la genialidad literaria de Jorge Luis Borges —reflejada en La Biblioteca de Babel y La lotería en Babilonia— con las advertencias éticas de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV.

En La Biblioteca de Babel, Borges describe una biblioteca infinita que contiene absolutamente todos los libros posibles. Allí están todas las respuestas, pero también todos los errores. Tener acceso a información ilimitada no asegura hallar la verdad; al contrario, a veces la vuelve más esquiva.

La inteligencia artificial aplicada al derecho reproduce exactamente ese dilema. Puede procesar millones de precedentes, sentencias, normas y doctrina en segundos. Sin embargo, la legitimidad de un fallo no depende de la cantidad de datos consultados, sino de la solidez de su argumentación y de cómo aborda las cuestiones planteadas. El juez no debe exhibir una montaña de información, sino explicar con claridad la conclusión a la que llega.

La motivación judicial se convierte así en el antídoto contra el caos de Babel. Ante la infinidad de argumentos posibles, el juez selecciona, ordena y justifica. La razón vence al desorden.

Pero existe un segundo peligro, adelantado por Borges en La lotería en Babilonia. En ese relato, una compañía misteriosa distribuye premios y castigos mediante procesos cada vez más complejos y secretos. Los habitantes ignoran quién decide y con qué criterios. El poder se mantiene, pero la explicación desaparece.

Esa imagen es inquietantemente similar a ciertos sistemas algorítmicos actuales. Si una inteligencia artificial se limita a aplicar el derecho de forma mecánica, dicta condenas automáticas, clasifica riesgos o define decisiones judiciales mediante mecanismos inaccesibles para las partes, la justicia corre el riesgo de volverse una nueva lotería. No porque los resultados sean aleatorios, sino porque sus fundamentos dejan de ser comprensibles.

La historia del constitucionalismo moderno puede interpretarse como una lucha contra la arbitrariedad. Como señala Zaffaroni, un poder punitivo sin control puede llevarnos al desastre. Una de las principales herramientas para evitarlo es la obligación de motivar los fallos. Una sentencia bien fundamentada es una decisión sometida al derecho.

En este punto, la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV ofrece una reflexión crucial. El documento afirma que la inteligencia artificial puede ser una herramienta valiosa, pero advierte que la tecnología nunca es neutral y que cualquier decisión que afecte a las personas debe preservar la responsabilidad humana, la transparencia y la dignidad de la persona. También alerta sobre una nueva “Torre de Babel” tecnológica basada en la concentración del conocimiento y del poder. Al inicio del texto pontificio se lee: “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy una elección decisiva; levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad de Dios y la humanidad habiten juntos”.

La preocupación del Papa coincide con una exigencia clásica del derecho: quien decide debe poder dar razones de su decisión. La labor jurisdiccional implica exponer los fundamentos de hecho y de derecho que sustentan el fallo.

Cuando nadie puede explicar cómo se llegó a una conclusión, también resulta difícil determinar quién asume la responsabilidad. La opacidad tecnológica nubla no solo la transparencia, sino también la legitimidad de la función judicial.

Desde esta óptica, la motivación aparece como el punto de encuentro entre Borges y León XIV. Frente a la Biblioteca de Babel, la motivación selecciona y jerarquiza razones. Frente a la Lotería en Babilonia, hace visible el proceso decisorio. Frente a la inteligencia artificial, preserva la responsabilidad humana.

Sería absurdo rechazar la inteligencia artificial o pretender volver a la vieja máquina de escribir. Lo que debe impedirse es que la tecnología reemplace la exigencia de fundamentación o, peor aún, que la máquina sustituya al ser humano. Una sentencia redactada con ayuda algorítmica será legítima solo si el juez puede asumirla como propia, explicarla públicamente, responder por ella y si en ella se reflejan el corazón, la frescura y los sentimientos de quien la emite.

La justicia del futuro deberá evitar dos tentaciones. La primera, creer que la acumulación ilimitada de datos garantiza decisiones justas: un fallo no debe parecerse a una guía telefónica. La segunda, aceptar decisiones técnicamente sofisticadas pero incomprensibles. Borges mostró los peligros de ambos laberintos; León XIV recuerda que toda tecnología debe estar al servicio de la persona humana. Entre la Biblioteca y la Lotería, entre la información infinita y el algoritmo opaco, la motivación sigue siendo la garantía esencial de una justicia verdaderamente humana.

En su libro Atenas y Jerusalén, Lev Shestov advierte sobre la peligrosa elección del hombre entre Dios y la serpiente: Dios previene contra los frutos del árbol del conocimiento, del bien y del mal, mientras la serpiente los ensalza. El hombre elige al reptil. No debemos caer en la misma tentación con la inteligencia artificial: la máquina debe ser complementaria y auxiliar del ser humano, no su sustituta.

Cerramos con César Vallejos: el nuevo servicio de justicia —sin duda influido por la inteligencia artificial— seguirá necesitando personas profundamente humanas, que sepan qué es un ser humano, su maravillosa riqueza, su capacidad de construir conocimiento, de tener un pensamiento libre y un amor incondicional por la verdad. El contacto humano, las emociones que van más allá de las ideas, no las posee el programador, que ciertamente suministra información, pero no transmite emoción.

Fuente: Infobae

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