Muhammad Ali, ícono indiscutible del boxeo mundial, vivió sus años finales inmerso en una dura batalla contra el mal de Parkinson, pero sin perder el afecto de su círculo más cercano ni su pasión por la filantropía. Alejado de los reflectores en Arizona, conservó su magnetismo y su habilidad para motivar a otros, según reveló la revista PEOPLE.
El diagnóstico y los primeros indicios
Por más de tres décadas, Ali convivió con el Parkinson. La enfermedad fue diagnosticada oficialmente en 1984, aunque ciertas señales ya eran visibles en los años setenta, cuando aún brillaba en el cuadrilátero. En la recta final de su vida, limitó sus comparecencias públicas para cuidar su privacidad al lado de su esposa Lonnie, sus hijos y sus nietos. Falleció en junio de 2016 a los 74 años en Scottsdale, Arizona, desatando una ola de homenajes que confirmaron la dimensión de su legado deportivo y humanitario.

Los primeros síntomas se remontan a la década de 1970. Ferdie Pacheco, su médico de cabecera en el ring, notó una merma en los reflejos y en el habla del pugilista, y le aconsejó retirarse, pero Ali decidió seguir peleando. Su entorno familiar también percibió cambios en el equilibrio y la voz, atribuyéndolos al desgaste del boxeo, hasta que finalmente el diagnóstico llegó cuando tenía 42 años.
El proceso de adaptación y el núcleo familiar
Durante un tiempo, Ali restó importancia a los problemas de movilidad y dicción, creyendo que eran producto del esfuerzo físico. Su hija Maryum dijo a People que en la familia pensaban que esas dificultades eran consecuencia del deporte. Lonnie, su esposa, rememoró que en una de sus primeras citas, Ali tropezó al salir de un ascensor, una clara señal del avance del mal.

A pesar del deterioro corporal, Ali mantuvo una postura desafiante y optimista frente al Parkinson. Rasheda, otra de sus hijas, relató que, aun cuando no podía articular bien, conservaba un brillo inconfundible y repetía: “Hay una razón por la que tengo esta enfermedad. Esto es lo que Dios me dio y voy a sacar lo mejor de ello”.
El hogar como santuario y la vida diaria
Con los años, Ali redujo su exposición a los medios, pero su casa siguió siendo un espacio de intensa actividad. Lonnie Ali comentó que el excampeón dejó de aceptar la mayoría de las invitaciones públicas porque no quería que lo vieran en un estado frágil. Sin embargo, nunca perdió su espíritu divertido ni el placer de agasajar a sus visitas con chistes, juegos y trucos de magia.

Incluso cuando pasaba entre un 85 y 90 por ciento del tiempo en silla de ruedas, conservó la alegría de estar con su familia. Se mantenía próximo a sus nietos, disfrutaba de la lectura y veía películas del oeste y programas clásicos de televisión. En la intimidad del hogar, se entregaba a las rutinas cotidianas rodeado de sus seres queridos, evidenciando una fortaleza que iba más allá de las limitaciones que le imponía la enfermedad.
El final y la emotiva despedida
A fines de mayo de 2016, Ali fue ingresado en el HonorHealth Scottsdale Osborn Medical Center a causa de complicaciones respiratorias que se agravaron rápidamente. Su familia no se separó de él en ningún momento, y las despedidas estuvieron marcadas por anécdotas, risas y lágrimas.

En las últimas horas, un monitor emitió un sonido que sus allegados asociaron con el “ding, ding, ding” que anuncia el inicio de un round de boxeo. Rasheda Ali señaló que ese detalle trajo un momento de humor a la habitación, como si el propio Ali intentara aliviar la tristeza antes del desenlace. Cuando el final se hizo inminente, la familia pidió la presencia de un imán para una oración islámica. Hana Ali contó que el corazón del boxeador siguió latiendo durante treinta minutos después de que el resto de las funciones vitales cesaran, un acto simbólico de resistencia antes de morir.
El legado solidario y la huella cultural
El funeral en Louisville, Kentucky, congregó a miles de admiradores y personalidades de todo el mundo. El cortejo fúnebre pasó por sitios emblemáticos de la ciudad y culminó con un homenaje en el Freedom Hall, reflejo del peso moral, cultural y deportivo de su trayectoria.

Más allá del ring, Ali impulsó la creación del Centro Muhammad Ali para el Parkinson en el Barrow Neurological Institute en 1997, recaudando fondos para la investigación médica a través de eventos benéficos. Rasheda Ali recalcó que la verdadera herencia de su padre reside en su ejemplo de caridad, espiritualidad y convicción. El museo y centro cultural en Louisville sigue transmitiendo estos valores a las nuevas generaciones.
Muhammad Ali perdura como un símbolo universal de activismo, hazañas deportivas y defensa de los derechos civiles. Cada año, su familia impulsa proyectos solidarios que perpetúan esos ideales y el espíritu de superación que caracterizó su existencia.
Fuente: Infobae