No data was found

Betiana Wolenberg: del coma a la maternidad tras 10 tratamientos de fertilidad

Nosotros pasamos por mucho, hicimos todo. Casi me muero desangrada, perdí una trompa. Pero yo dije: ‘Esta lucha es hasta el fin. Voy a tener a mi nena’”, relató Betiana Wolenberg al repasar los episodios más difíciles de su vida en el ciclo de entrevistas Ellas.

Betu, como la llaman sus seres queridos, es una modelo e influencer oriunda de Misiones que saltó a la fama a principios de los años 2000 luego de ser descubierta por Pancho Dotto y sumarse a su agencia. Durante su trayectoria, modeló para firmas de renombre, apareció en producciones editoriales tanto nacionales como extranjeras y se posicionó como una de las figuras más emblemáticas de su época.

Hoy en día, desarrolla su actividad en redes sociales, donde publica contenido sobre maternidad, bienestar y estilo de vida. Mantiene una relación con el conductor y periodista Nicolás Magaldi, con quien tiene dos hijos: Bautista y Catalina.

Su vida estuvo atravesada por un severo accidente automovilístico en 2007, que la sumió en un coma de cuatro días y le exigió una larga rehabilitación para recuperar la movilidad. Años después, confrontó un embarazo ectópico, la extirpación de una trompa de Falopio y tres años de tratamientos de fertilidad para cumplir su anhelo de ser madre por segunda ocasión.

Desde el triunfo en las pasarelas hasta la recuperación física posterior al siniestro y la incansable búsqueda de un segundo hijo, su testimonio evidencia una existencia marcada por la resiliencia, la constancia y la fe. Además, visibiliza las dificultades emocionales y físicas que atraviesan muchas parejas durante los procesos de reproducción asistida.

—¿Cuándo comenzaste con Pancho?

—Empecé en 2003. Hace mucho tiempo, con 15 años.

—Tenés una destacada carrera como modelo, en una época donde las argentinas eran muy requeridas en toda la región. Recuerdo que hiciste comerciales en México y trabajaste muchísimo durante esos años.

—Sí. La verdad es que me dediqué de lleno y fue una etapa inolvidable. La moda era diferente.

—¿Creés que cambió mucho todo?

—Sí, cambió bastante. Siempre digo que hay que aggiornarse, hay que renovarse. Hoy mandan las redes, es otra movida, otra cosa. Pero la moda en ese entonces era increíble. Hacer tapas de revista, muchos desfiles…

—¿Cuántas tapas de Para Te tenés?

—¡Ay! Ni idea, 20 o más.

—Cada vez que iba al kiosco estaba Betu en la tapa de Para Ti. Vos y Yesica Toscanini, me acuerdo.

—Es hermoso de vez en cuando recordar y volver a verlas. Tengo guardadas muchas cosas y pienso: “Qué lindo, cómo pasa el tiempo”. Recuerdo todo con mucho afecto. Además, lo que representa Pancho Dotto para mí, que es más que un padre. Lo quiero, lo adoro.

—¿Mantenés el contacto con él?

—Sí. Hacemos planes, viene a casa, nos vamos a Entre Ríos, también con mi familia.

—¿Siempre trabajaste con Pancho?

—Ocho años, después cambié.

—En 2007 sufriste un accidente terrible y recuerdo muy bien la imagen de Pancho a tu lado, en la sala de recuperación. Qué vínculo tan familiar, ¿no? Sobre todo porque muchas chicas que llegaban del interior encontraban algo muy valioso en ese entorno.

—Fue un momento muy complicado. Un accidente que transformó mi vida por completo. Me puso un freno, me dijo: “Hasta acá, Betu, calmáte”. Estaba en la cima de mi carrera y no paraba. Venía de Nueva York a trabajar dos o tres días acá y volvía a Nueva York. Llegué el Día de la Madre, que fue el accidente. Creo que necesitaba esa pausa. Y como decís, Pancho fue todo para mí. Fue más que un papá y gracias a él estoy como estoy.

—¿Qué recordás de ese momento?

—Mi lucha por volver a caminar, poder volver a verme. Nunca me hice mucho problema con mis cicatrices, pero eran un tema. Pancho me decía: “Betu, tranquila, vamos a retomar el trabajo, va a estar todo bien, estás divina”. Estuve en coma cuatro días y sin caminar casi seis meses. Él me dijo: “Tranquila, porque todo va a volver, vas a estar divina, vamos a arrancar de nuevo”. Era como que él me daba ese empujón todo el tiempo, ayudándome, conteniéndome un montón. Gracias a él no me operaron la cadera ni la cabeza porque ni bien ocurrió el accidente, cerca de Pergamino, él llevó especialistas de primer nivel de la cabeza y de la cadera para que me evaluaran. Ahí decidieron no operarme y esperar 72 horas a que la cabeza se desinflamara. Si no se desinflamaba, ahí se operaba. Estuvo conmigo en todo momento y gracias a él no me operaron. Por eso estuve en silla de ruedas tanto tiempo, para que pudiera hacerse la recuperación.

—¿Cuántos años tenías entonces?

—Tenía 19. Cumplí 20 estando internada.

—Venías de construir una carrera con mucho esfuerzo y estabas entre las modelos que más trabajaban en nuestro país. ¿Qué se te pasa por la mente una vez que despertás y te dicen que no saben si volverás a caminar?

—En el momento no recuerdo nada. Salgo del coma y tengo un mes de mi vida que se borró por completo. No me acuerdo de todas las personas que me visitaron del ambiente, fotógrafos, modelos. Pasaron cosas hermosas durante todo el mes, pero no lo recuerdo. Y cuando empecé a entender lo que había pasado, decía: “Tengo que dar gracias a Dios de estar viva”. Mi mamá me iba contando, ella también fue una leona, siempre a mi lado, firme, apoyándome y cuidándome en cada detalle. Me contaba lo que había pasado y no podía creer. Y uno de los días más felices de mi vida, sin duda, fue cuando volví a caminar.

—Te dijeron que no sabían si ibas a volver a caminar y habías estado seis meses en silla de ruedas.

—Los médicos me habían dicho: “No vas a volver a caminar todavía, no es el momento, tenemos que esperar”. Hasta que me dijeron: “Puede que vuelvas a caminar”. Y ese día fue increíble. Lo recuerdo como si fuera ayer. Un pasillo muy largo y el doctor me dice: “A ver, Betu, caminá. Hacé una pasarela para mí”. Yo me iba agarrando de las paredes porque me dolía todo, me dolía al doblar la rodilla, al doblar el pie. Caminar era un dolor, pero lo disimulé y dije: “Voy a caminar bien, me va a dar el alta”. Él me dijo: “Bueno, Betiana, vas a empezar a caminar, te vas a ir de acá caminando y tu rehabilitación va a consistir en caminar mucho, mucho y andar en bicicleta”. Yo lloraba abrazada a mi mamá. Me dieron el alta con varias cirugías que tuve en la garganta por el entubamiento, me fui caminando del Hospital Italiano y dije: “Es uno de los días más felices de mi vida”.

—Son como muchas vidas dentro de una vida porque después seguiste trabajando, tal como te dijo Pancho.

—Sí, volví a caminar. Estaba renga, caminé mal un tiempo. Pero ya hice mi primera tapa de Para Ti de vuelta, mi primera tapa después del accidente. Arranqué a trabajar enseguida. Fue lo que me impulsó también a recuperarme por completo, lo necesitaba como incentivo. Fue como mi terapia volver a empezar. El trabajo me salvó. Además, era otra edad, era muy chica. Amaba lo que hago y lo sigo amando. Era también volver a sentirme linda, ver que funcionaba, con todo lo que pasé, me recordaba todo el tiempo: “Estoy bien, estoy viva”. Tengo una cicatriz importante en mi pierna, con la que aprendí a vivir. Aprendí que es parte de mi historia, de todo lo que me atravesó en la vida y está conmigo, y fue trabajar con ella. Ya está, ya la incorporé. Está conmigo. Siempre digo: “Dios estaba en ese auto y dijo que no era el momento de ninguno de los dos”. Todo lo que pasó tenía que pasar para que hoy esté como estoy.

“Estuve en coma cuatro días sin caminar casi seis meses y uno de los días más felices de mi vida fue cuando volví a caminar”, confesó Betina

—¿Te enojaste en algún momento con Dios?

—En un momento sí. En un momento sentí que me falló. Tuve mucha fe. Pero en un momento muy particular de mi vida con la maternidad, me sentí defraudada. Son momentos que van y vienen en la vida y decís: “Qué fuerte”. Me sentía muy acompañada, sentía que estaba en cada detalle y de repente tuve un momento de mucho bajón, de sentirme en el piso, completamente destruida. Ahí sentís que te falla la fe, falla todo.

—Pero ese episodio también te dio una fortaleza enorme para afrontar muchas cosas después porque con Nico, tuvieron a su primer hijo Bauti y, tiempo más tarde, empezaron a buscar un nuevo embarazo.

—Sí.

—A Bauti lo concibieron de manera natural, pero después comenzaron a aparecer algunas complicaciones.

—Sí, sufrí un embarazo ectópico. Fue un duelo terrible, muy duro. Tuve una cirugía de emergencia, casi me muero desangrada y perdí una trompa. Nos dijeron: “Chicos, tranquilos, que con una trompa pueden quedar embarazados nuevamente. Va a estar todo bien”. Decidimos buscar varios meses con una angustia y tristeza cada mes al no conseguirlo. Y por algo todo se da en la vida de esta forma. Un día llegó una amiga a mi casa y me comentó sobre la Fecundación In Vitro (FIV). No voy a negarlo, prejuzgué mucho en un primer momento.

—¿Creés que ese prejuicio es porque no se habla tanto del tema?

—Sí. En nuestro caso hicimos tres años de tratamiento y no lo queríamos contar. Nosotros en todo momento sentíamos las ganas, la necesidad de poder ayudar, de poder estar ahí con otras futuras mamás, con otras personas, familias que desean tanto tener un hijo. Pero es algo que no se suele hablar abiertamente.

—Hoy hay una realidad que es que está el tratamiento de fertilidad para poder concebir un bebé, está cubierto. Vos lo podés hacer y te lo tiene que proveer por ley. Pero muchas veces eso también es complejo. Porque aparte de todas las trabas burocráticas, están las emocionales.

—Sí, es así.

—¿Cómo fue cuando lo hablaron con Nico?

—Los dos estábamos muy en la misma y queríamos que fuera de manera natural porque nos dijeron que podía pasar, que iba a funcionar. Pero teníamos seis meses de buscar y no quedaba embarazada. Entonces también, de forma milagrosa, llega un amigo de Nico a casa, Ignacio Moreno, que es embriólogo. Y siempre digo que todo pasa por algo. Vino a visitarnos a casa y se puso a hablar de esto porque es un apasionado por lo que hace.

—Y en otro momento quizás la conversación ni salía…

—Exacto. En otro momento no hubiésemos preguntado todo lo que preguntamos, no se hubiese dado la charla que se dio y fue mágico. Fue como decir: “Acá pasa algo, esto es una señal”. Llegó para darnos cuenta de que era por ahí. Ese era el camino. Lo hablamos y Nico me dijo: “Yo no puedo verte mal, no puedo verte cada mes cómo te ponés y cómo te hace esta situación. Vamos a hablar con Igna, le vamos a preguntar y a ver cómo arrancamos en este camino”. Le preguntamos, nos recomienda con la mejor, la número uno, nuestra amada doctora Andrea Di Vita. La conocimos, tuvimos nuestra primera entrevista y creíamos que todo iba a ser más fácil. Dijimos: “Vamos para adelante”.

—¿Qué fue distinto a como lo imaginabas?

—Que nosotros pasamos por mucho. Hicimos todo y fallaba. Fallaba de una manera, fallaba de otra. Hicimos 10 tratamientos.

“Sufrí un embarazo ectópico, casi me muero desangrada y perdí una trompa”, recordó Betu en diálogo con Luli Fernández

—Y más allá de lo que sucede en el cuerpo, porque a la mujer se la estimula, se la llenan de hormonas, es dura la decepción, la angustia de cuando te dicen: “No, no prendió”.

—Es muy doloroso.

—¿En algún momento pensaron desistir?

—No. Yo dije: “Esta lucha es hasta el fin. Voy a tener a mi nena”. Me caía, me derrumbaba. Era esperar noticias y tener que hacer más tratamientos, tener que arrancar de cero una y otra vez, ilusionarme y desilusionarme constantemente. Pero dije: “La lucha va a ser hasta el fin”. Tuvimos de todo: embarazo anembrionado, que es cuando se forma el saco gestacional y no está el embrión adentro. Entonces estás embarazada, te hacés el test y te da positivo. Pero te hacés la beta espera y es un número muy bajo porque no está el embrión. Ahí la doctora me dijo que, como ya habíamos sufrido el ectópico antes, podía volver a pasar. Entonces se hizo una ecografía desde muy temprano y estaba el saco gestacional perfecto, pero no se veía adentro. “Vamos a darle un poquito de tiempo”, me dijo. Esos días fueron eternos. Y como todo en el tratamiento, mientras que hacés toda la estimulación ovárica con todos los medicamentos, es constantemente ecografía tras ecografía, control tras control, te preguntas todo el tiempo qué pasará con este ciclo. ¿Este ciclo funcionará? ¿No funcionará? Nosotros en tres años te puedo decir que prácticamente no tuvimos momentos de no estar en tratamiento. En más de un momento me caía, estaba en el piso, devastada. Pero no me permitía hacer un duelo…

—¿De lo que no había sucedido antes?

—Claro. Yo me lamenté mucho por lo que viví con el ectópico. Lo sufrí, pero no me di el tiempo para hacer el duelo porque sentía que no lo necesitaba. Decía: “No puedo detenerme en el dolor, en pensar en lo que no fue”. Fue mi actitud, fue mi experiencia, pero ahora la comparto para poder ayudar a otras personas.

—¿Y por qué sentís que no te diste ese espacio?

—Sin querer, inevitablemente, sentís que se te pasa el tiempo. “Estoy cada vez más grande”, pensaba. “Tengo miedo de que falle, de ya no tener la misma carga ovárica, que no funcione. Tiene que ser ya. No me puedo detener”, tenía todo el tiempo en mi cabeza.

—¿En algún momento Nico te dijo: “Betu, tomémonos un respiro de todo esto”?

—Sí, pero también me bancó y me apoyó en todo. Porque es un deseo inmenso. Yo sentía que ya estaba, que iba a ser, iba a llegar, que era la próxima y lo intentaba una vez más. Y si no era, lo iba a hacer de vuelta. Lo iba a dar todo. Ponemos el cuerpo, la mente, el alma en toda esa búsqueda. Y yo puse en pausa mi vida, por decirlo de alguna manera, aunque también tenía a mi hijo hermoso, a mi Bauti adorado, amado, mi bebé, que me pedía un hermanito o una hermanita. Y yo pasé por un momento muy duro en el que dije: “Esto es lo importante, no puedo olvidar a mi hijo, no puedo olvidar que ya tengo una hermosa bendición conmigo”. Cuando iba a tener el legrado por el embarazo anembrionado, ahí me encontré con otro doctor, adorado también, y me dijo: “Betu tranquila, ya se va a dar. No olvides que llegás a tu casa y tenés una bendición que te está esperando”. Y ese fue un momento que no olvido.

—Hoy tenés a tu bebita de nueve meses y tenés a Bauti. Si pudieses tomarte un mate con la Betu que le tocó atravesar todo lo que le tocó atravesar, ¿qué te dirías?

—(Se emociona) Que me alegro mucho hoy viendo a mi beba. Cuando la tengo en brazos a mi amada Cata, digo: “Qué lindo haber tenido paciencia, haberte esperado, haberte buscado como te busqué, mi amor. No bajé los brazos nunca porque te veía, te imaginaba, sentía que estabas ahí esperándome”.

—Cuando yo inicié la búsqueda de Indalecio, una persona me miró y me dijo: “Vale el amor, no la pena”. Vale el amor que a uno le da el día de mañana toda la pena que está transitando para llegar a esto.

—¡Qué lindo! Siempre lo decimos con Nico: “El tratamiento te une o te separa”. Son momentos difíciles y es estar ahí a la par con el otro. Y él lo estuvo conmigo en todo momento. Lo escuchaba en la nota con Pampita y decía que él se dejó de lado para acompañarme. Estaba ahí a mi lado, firme en el puesto, para contenerme, apoyarme, para seguir conmigo frente a todas las adversidades. Yo estaba destruida, pero él estaba conmigo y decía: “Hagamos lo que te haga mejor, lo que te haga feliz. Betu, si querés paramos un poco, pero si querés seguir, acá estoy y vamos para adelante”. En un momento perdí la fe, pero también la recuperé, la encontré y creímos mucho. Llegamos a la misa de la dulce espera. Creí, confié y pedí mucho por mi beba. Y justo un año después volvimos a misa para agradecer, ya con Cata en brazos. Para mí siempre es bueno encontrar algo en qué creer, en qué confiar, porque la esperanza y la fe tienen que estar, tienen que acompañarte a pesar de los miedos, de que a veces sientas que no funciona nada. Porque sentís que vos no funcionás, te echás la culpa por lo que viene pasando y encontrarme ahí, en ese lugar que me daba paz, que me daba lo que necesitaba, fue importante. Puedo recomendar a más de una mamá, a más de una persona o familia que esté en la búsqueda, que pueden aferrarse a la fe.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK