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Karl Wallenda: historia del equilibrista que murió por el viento

El 31 de mayo de 1976, el Estadio de los Veteranos de Filadelfia vivió un momento único. A más de 60 metros de altura, sobre las cabezas de 50.000 espectadores, un hombre de 71 años caminaba sobre un cable de acero de 195 metros de largo, sin red ni arnés. Era Karl Wallenda, el acróbata más grande de la historia. En la mitad del trayecto, se detuvo, se puso de cabeza y desplegó la bandera estadounidense. La ovación fue ensordecedora.

Apenas dos años después, el 22 de marzo de 1978, en San Juan de Puerto Rico, el viento se cobró su vida. A los 73 años, mientras cruzaba un cable a 37 metros entre las torres del Hotel Condado Plaza, una ráfaga de 48 km/h lo desestabilizó. Wallenda perdió el equilibrio, intentó agarrarse, pero cayó al vacío en vivo por televisión.

El niño de Magdeburgo que se convirtió en mito

Karl Wallenda nació el 21 de enero de 1905 en Magdeburgo, Alemania. Su padre, Engelbert Wallenda, era acróbata, y su madre, Kunigunde Jameson, descendía de una familia circense. A los 15 años, dejó su empleo en una mina y respondió a un anuncio como acróbata en Breslau (hoy Breslavia, Polonia). Allí conoció a Louis Weitzman, quien lo desafió a hacer una parada de manos sobre sus hombros en un cable de alta tensión a 12 metros de altura. Weitzman le dijo: “Solo obsérvame desde atrás. Y cuando me agache un poco, subes y haces una parada de manos sobre mis hombros”. Karl dudó, pero Weitzman insistió: “Sí puedes, o te haré bajar”. El niño ejecutó la maniobra y definió su vida.

En 1922, junto a su hermano Herman y su amigo Joseph Geiger, fundó su propio grupo. Pronto se sumó Helen Kreis, su esposa. Juntos giraron por Europa con actos como caminar sobre el cable, cruzar en bicicleta con Herman sobre los hombros y una innovadora pirámide humana sobre el cable, que debutó en Milán ese mismo año.

Junto a su familia, formó “The Flying Wallendas”, una compañía que se hizo famosa por realizar acrobacias sin red de seguridad bajo el lema de que el talento y el coraje debían ser absolutos (Wikipedia)

Tras el éxito en Europa, viajaron a Cuba. Allí, el magnate John Ringling los descubrió y los llevó al Madison Square Garden de Nueva York, donde recibieron una ovación de quince minutos. Durante las décadas de 1930 y 1940, actuaron para el circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey, ganando fama internacional y el apodo de “Los Wallendas Voladores”. Karl siempre rechazó las redes de seguridad: “Nos quitan el coraje y el don de hacer nuestro acto. Y uno necesita talento para hacer nuestro acto”, repetía.

En 1947, diseñó una pirámide de siete personas en tres niveles, llamada “Los Grandes Wallendas”. En 1956, el circo Ringling Bros. abandonó las carpas por crisis financieras, y Karl se independizó. Ese año, su esposa Helen dejó el cable. Para mantener la pirámide, integró a jóvenes de la familia sin la misma experiencia, lo que sembró el desastre.

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La semilla de la tragedia

El 30 de enero de 1962, en Detroit, la pirámide se derrumbó. Dieter Schepp, un sobrino, perdió el control y gritó: “¡Ya no puedo sostenerme!”. La estructura cayó: Richard Faughnan murió y Mario Wallenda, hijo adoptivo, quedó parapléjico. Karl sobrevivió aferrándose al cable. Declaró: “Es nuestro orgullo. Me sentiré mejor si lo intento de nuevo. Aquí abajo en el suelo me rompo en pedazos”.

Su sobrino Gunther confesó su miedo. Helen dejó de mirar y rezaba. Karl repetía: “El resto de la vida es solo tiempo que hay que llenar entre hacer el número”. Esta mentalidad inspiró al psicólogo Warren Bennis a acuñar el “Efecto Wallenda”, sobre el miedo al fracaso. En sus últimos años, revisaba obsesivamente los tensores y el clima, señal de que la duda había entrado en su mente.

El 13 de agosto de 1972, en Filadelfia, Wallenda, de 67 años, cruza una cuerda floja a 42 metros de altura entre los partidos de una doble jornada entre los Phillies y los Expos. Por la presentación recibió solamente 3.000 dólares

El 13 de agosto de 1972, con 67 años, cruzó la cuerda a 42 metros en el Veteran Stadium entre partidos de béisbol, con una parada de cabeza. Le pagaron 3.000 dólares. El 31 de mayo de 1976, con 71 años, repitió la hazaña ante 50.000 personas: caminó 195 metros a 60 metros de altura, con parada de cabeza y banderas. Nuevamente recibió 3.000 dólares.

A principios de 1978, aceptó una caminata publicitaria entre las torres del Hotel Condado Plaza en San Juan de Puerto Rico.

Las dudas sobre la tragedia: fueron los fuertes vientos o la cuerda mal ajustada los responsables de la caída que le provocaría la muerte

El viento del trópico y el último segundo

Wallenda había dicho: “El viento es mi peor enemigo”. La mañana del 22 de marzo de 1978, el clima era adverso, con vientos constantes de más de 20 km/h y ráfagas más intensas. Antes de salir, advirtió: “Si el viento es demasiado fuerte, la caminata debe posponerse”. Pero al ver el cable desde una ventana, dijo: “No te preocupes por eso. El viento es más fuerte en la calle que aquí arriba”.

Vestido impecablemente, con 73 años y físico de atleta joven, se paró frente al cable ante unas 200 personas, entre ellas su nieta Rietta, de 17 años. Comenzó a caminar. Una ráfaga hizo vibrar el acero; se detuvo y recuperó el equilibrio. Cuando había cruzado más de la mitad de los 75 metros, la cuerda se balanceó violentamente porque los tensores laterales no estaban correctamente asegurados.

Karl Wallenda veía el mundo bajo sus propios términos y repetía una frase que lo inmortalizó: “El resto de la vida es solo tiempo que hay que llenar entre hacer el número”

Wallenda se inclinó para corregir, pero el viento lo superó. Un asistente le gritó: “¡Siéntate, Poppy, siéntate!”. Flexionó las rodillas, pero otra ráfaga lo golpeó. Cayó. Las cámaras lo seguían en vivo. Wallenda intentó alcanzar la cuerda con una mano, pero sostenía la barra de equilibrio y no pudo. Su cuerpo impactó contra el techo de un taxi estacionado. Murió instantáneamente.

Cinco horas después, dos de sus discípulos realizaron su número en la misma ciudad. El público los aplaudió de pie, mientras la equilibrista sonreía con lágrimas. Así despidieron al maestro que demostró que el alambre era el único lugar donde se sentía verdaderamente vivo.

Fuente: Infobae

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