Hubo un tiempo en la televisión argentina en que su sola aparición desataba risas antes de pronunciar palabra. Con energía arrolladora, mirada vivaz y una mezcla de ternura y desparpajo, Nelly Láinez creaba personajes inolvidables. Detrás de cada carcajada, sin embargo, ocultaba una vida marcada por el esfuerzo, las pérdidas y la necesidad de seguir adelante.
Nacida como Nélida Rotstein el 11 de enero de 1920 en una casona frente a Plaza Congreso (Avenida Rivadavia), creció en una familia trabajadora que conoció el auge económico y luego una caída brutal. Su padre, Jacobo Rotstein, inmigrante judío polaco, era plomero y había logrado estabilidad, pero una mala decisión financiera arruinó a la familia. Perdieron casi todo, incluso el piano de su madre Raquel, profesora de música y de salud frágil.
Aquella pérdida nunca sanó en Nelly. Quizá por eso, tras sus personajes exagerados y mujeres desesperadas por amor, asomaba una tristeza íntima, una soledad antigua.
La muerte de su padre cuando ella era adolescente la empujó a una vida de sacrificios. Ayudaba en la mercería familiar y estudiaba piano, declamación y zapateo americano. No era buena alumna; su talento estaba en observar y absorber gestos de la calle para crear futuros personajes.

“¿De dónde puedo sacar yo mis personajes? Mis personajes tienen que ser todos auténticos. El imitador por lo general tiene que ser una persona muy, pero muy observadora. Sí, yo pienso que soy observadora”, confesó años después.
Observaba a la verdulera, la vecina gritona, el hombre cansado del tranvía, la mujer abandonada que fingía alegría. Todo se convertía en humor.
A los 12 años, tras insistir a su madre, se presentó a una prueba en Radio Porteña recomendada por un comisario amigo. Consiguió un papel menor en un radioteatro policial con la línea: “Adiós, adiós, el barco se va”. Nadie imaginaba que esa niña de carácter fuerte sería una gran figura del humor argentino.
La radio fue su refugio y escuela. Allí aprendió a modular emociones, construir personajes y sobrevivir. Trabajó con figuras como Olga Casares Pearson, Narciso Ibáñez Menta y Armando Discépolo. Antes de ser cómica, hizo dramas intensos, pero el destino la llevó a la comedia popular.

Su ingreso a “La Cruzada del Buen Humor” (luego “Los Cinco Grandes del Buen Humor”) cambió su carrera. Allí creó el personaje de mujer nerviosa, verborrágica, desesperada por cariño y rechazada. El público lo adoraba porque hablaba de las pequeñas derrotas de todos.
Detrás de cámaras, Nelly era sencilla y doméstica: “A mí me gusta cocinar. A veces hago churros que saltan hasta el techo y vuelven”, decía entre risas. Añadía: “Me gusta tejer. Leer no, leo poco porque me cansa mucho la vista. Me gusta la casa, el hogar, hacer las compras. Ir al mercado para ver la verdura. Siempre soñé con tener una huerta”.
Le fascinaba mezclarse con la gente: “Preguntas me hacen como: ‘¿Ustedes también comen, los artistas?’, o ‘con la plata que tiene, usted no tiene que venir a hacer las compras’. Pero a mí me gusta estar en contacto con la gente”.

Tal vez ahí residía el secreto: jamás se sintió una estrella. Nunca dejó de ser la mujer del barrio de Constitución que observaba rostros para robarles gestos.
El cine llegó tarde. Debutó a los 30 años en Fascinación, dirigida por Carlos Schlieper. Luego compartió pantalla con Lolita Torres, Luis Sandrini, José Marrone y Juan Carlos Calabró.
El cine le dio popularidad pero también la encasilló en el estereotipo de “solterona fea y rechazada”. Sin embargo, Nelly humanizaba esas caricaturas. Había dolor real en sus personajes y el público lo sentía.
“El cine me apasiona y me encanta. Es fascinante. Mientras vos dormís, el cine camina por vos”, reflexionaba. “¿Cuántas veces estoy en mi casa y al día siguiente camino por la calle y me dicen: ‘Uy, ayer la vi en una película’?”

La televisión la convirtió en rostro imprescindible. Participó en Operación Ja-Já, Polémica en el bar y decenas de ciclos, pero La tuerca la hizo inmortal con su personaje Isolina y frases que perduran.
Irónicamente, quien hacía reír a millones padecía terror al escenario. El teatro la paralizaba; bromeaba que actuar en vivo era “estar encerrada en un sótano tres horas para actuar cinco minutos”.
“He hecho cine, he hecho televisión, he hecho radio. No me falta nada por conocer… pero poco teatro he hecho”, reconocía.
La vida no le ahorró golpes económicos. Hubo años de desaparición televisiva en que tuvo que vender su Renault 6, televisor, tapado de piel e incluso un Martín Fierro para sobrevivir.

“Los tiempos están muy difíciles. Nosotros necesitamos trabajar y nos gusta trabajar. Y no están los tiempos como para decir: ‘Bueno, si no me pagan tanto, no lo hago’. ¿Qué vas a hacer?”, reflexionaba con honestidad. “Se necesita mucho más coraje para decir que sí cuando tenés ganas de decir que no”.
Nunca perdió el humor: “Pese a todo lo difícil que todo me resulta, sigo siendo alegre y voy a seguir siendo alegre porque pienso que mi vida es la de cumplir una misión de darle toda la alegría del mundo a la gente que la necesita”.
Cuando le preguntaban si había tenido que hacer reír estando destruida, respondía: “Un ochenta por ciento. Y no es difícil porque me sale de adentro. Lo hago de corazón. Pienso que es una necesidad hacerlo. Como si tuviera que pintar un cuadro y no me pudieras quitar los pinceles. Yo tengo que hacer eso. Para eso nací”.
A comienzos de los ’90, cuando parecía olvidada, Antonio Gasalla la devolvió al centro. La convocó para El mundo de Antonio Gasalla y El palacio de la risa, devolviéndole popularidad. Gasalla dijo: “Desde que se levantaba a la mañana tenía el humor bien puesto”.

En medio de escenarios, risas y urgencias económicas, Nelly encontró el amor a los 48 años. Conoció al periodista Hugo Storni (nombre real Hugo Morales), quien vivía en Bahía Blanca. Todo empezó con una carta.
Él la conocía solo por una foto en una revista, pero algo lo impulsó a escribirle. Nelly recordaba: “Un día recibí una carta de un desconocido… En ese momento yo vivía con mamá, que ya estaba muy enferma. Le conté que me había escrito un loco y ahí me llevé la sorpresa de mi vida: ‘Contestale’, me dijo. ‘No quiero que te quedes sola cuando yo falte’”. Pero Nelly no respondió por el trabajo y la salud de su madre.

“Por supuesto que no le contesté, porque entre cuidar a mamá y mi trabajo no tenía tiempo… Él me conocía solo por una foto que había visto en una revista”.
Tras la muerte de su madre, Nelly quedó sola. Atravesó momentos dolorosos; la casa se volvió silenciosa. Caminaba por la Costanera porteña: “Mamá murió y yo, como ella tanto temía, me quedé sola. Estaba perdida. A la noche me iba a la Costanera, miraba al río y le decía: ‘Mandame un novio’. Pero el novio no aparecía”.
Un vidente le dijo: “Tu mamá dice que vayas a buscarlo”. Entonces, impulsivamente, “me tomé el tren a Bahía Blanca y fui a buscarlo”. La historia funcionó: compartieron 27 años juntos y se casaron formalmente en 1993.
Para entonces, Nelly había vivido el esplendor, el olvido, las crisis y el regreso con Gasalla. Hugo estuvo siempre ahí. Pero en 1995, dos años después de la boda, Hugo falleció. Nelly enfrentó de nuevo la soledad. Vivió sola en el departamento de Constitución hasta 2001, cuando una cirugía de cadera la obligó a mudarse a un hogar para ancianos.
Sus últimos años fueron de problemas de salud y aislamiento, pero conservaba su ironía y ternura. Murió el 31 de mayo de 2008, a los 88 años. La imagen de la mujer que caminaba frente al río pidiendo amor resume su esencia.
Detrás de la actriz cómica y los personajes atolondrados, había alguien profundamente sensible y necesitado de afecto. Una mujer que hizo reír a otros mientras buscaba, silenciosamente, no quedarse sola.
“He dejado toda mi vida. Desde chica que estoy metida en esto por vocación, por amor, por necesidad, por todo esto, como vos quieras llamarle”.
Fuente: Infobae