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Julio Le Parc: luces, arte y política para todos los sentidos

Penumbra, pequeños puntos luminosos en movimiento, una ilusión óptica que fragmenta el cuerpo en múltiples reflejos, esferas construidas con diminutos fragmentos de acrílico de colores. Así recibía al público en el exCCK, hoy conocido como Palacio Libertad. Ese era el universo que llevaba a los museos Julio Le Parc, el artista argentino cuya partida se confirmó este sábado. Quizás no para todos esos juegos视觉 parecían gran arte.

No es seguro que estos experimentos cautivaran a quienes conciben el arte como algo solemne, reservado para iniciados, para ser observado con gesto grave, mano en el mentón. Julio Le Parc, hoy despedido como uno de los grandes nombres del arte contemporáneo, dedicó su vida a militar un arte directo, que se gozara, que simplemente regalara un instante de felicidad a quien se exponía a sus creaciones.

“Alegría, sorpresa, emoción, son cosas que también se sienten en la Montaña Rusa”, le espetaron una vez para provocarlo. No se dejó intimidar: “Sí, son muy interesantes esos juegos de parque de atracciones, provocan un despertar de las sensaciones, no se los puede dejar de lado”.

Esa concepción del arte para todos —“todos tienen ojos”, solía decir— era una postura estética, pero sobre todo, una declaración política. No hay que dejarse engañar por los destellos luminosos ni pensar que son superficialidades: Le Parc lo hacía porque creía que así democratizaba la vivencia del arte, aunque él mismo dijera que la palabra “democratizar” era demasiado ampulosa y se riera de cualquier intento de definirlo con grandilocuencia.

Le Parc juego con una de sus instalaciones.

Le Parc falleció hoy en París, ciudad donde residía desde 1958. Allí integró el GRAV (Grupo de Investigación en Artes Visuales), colectivo que en 1966 obtuvo el Primer Premio de la Bienal de Venecia (nada menos). Sin embargo, en 1968 fue expulsado de Francia por unos meses, debido a su participación en los talleres que elaboraban los afiches del Mayo Francés.

En alguna ocasión explicó el vínculo entre sus lucecitas, sus figuras cinéticas y sus convicciones políticas. “A fines de los ‘50, el arte que estaba de moda era hermético. La pintura abstracta, por ejemplo. Había un divorcio entre el público y lo que se producía. Era un arte que creaba una sensación de pasividad en la gente y, muchas veces, un rechazo. Quisimos ver, entonces, cómo intervenir sin caer en la denuncia a través de la figuración, lo que en ese momento hacían Berni o Castagnino. Queríamos establecer un contrato con la gente respetando la personalidad de cada uno”.

¿Y entonces? ¿Cómo lograrlo? “Ojos tiene todo el mundo”, afirmó (fue ahí cuando pronunció la frase). “Y una vez que se establece una relación, que se le reconoce la libertad, la gente encuentra su mirada.” Y allí surgió el contacto entre la belleza y la política: “La belleza ya es política sin proponérselo porque crea en el que asiste una confianza en él mismo, una alegría, una sorpresa, y esa sorpresa te hace sentir vivo. Eso es mucho más político que un cuadro con figuras denunciando la miseria del mundo”.

Las lámparas de Julio Le Parc.

Lo repetía constantemente: que el arte sirviera para sentirse mejor en la vida diaria. Que el arte SIRVIERA, había que tener coraje para sostener esa idea cuando se supone que una de las virtudes del arte es su independencia de la utilidad, su libertad para ser inútil.

En 2014 presentó una gran exposición en el Malba, y en 2019 otra, en lo que entonces era el CCK. Se ingresaba a un espacio oscuro, se recorría sala por sala, se observaba, se experimentaba. Todo era, cómo decirlo, mecánico. No había grandes proezas tecnológicas. Más bien, saber dónde colocar una lamparita para que el efecto fuera este y no aquel. Lo que comenzó como una necesidad —no tenía dinero para otra cosa— se convirtió en virtud: con los años, Le Parc comprendió que el poder de lo técnico suele deslumbrar y terminar por ocultar la propuesta del artista. “Uno no ve más que los medios”, decía. Sencillo, analógico. Un señor nacido en 1928, capaz de asimilar los cambios pero también de no correr tras ellos.

Luz, oscuridad, movimiento: Julio Le Parc en acción

“Fui experimentando con la lamparita de la cocina, después con pequeñas linternas”, relató. “Prendés una lamparita, ves un círculo y decís: ‘¿Qué pasa si la pongo más lejos, si en vez de vertical la pongo inclinada, si en vez de una pongo dos?’ Así vas encontrando lo que buscás”.

Fue artista, vivió del arte, vendió su arte. Y, sin embargo, mantuvo una mirada crítica —desconfiada, digámoslo claro— hacia el papel del mercado. Que una obra de arte no se entienda, argumentaba, la aleja del público. Es decir, la deja en manos de otros. “En las instituciones oficiales no existen situaciones donde el público pueda hacer valorizaciones, para que la producción contemporánea no quede en manos del que tiene dinero para comprarla y al comprarla le da valor de mercadería”, reflexionaba.

Arte para todo el que tenga ojos, arte para apartarse un momento de la alienación y ser un poco más felices. Eso era Le Parc, una forma de revolución.

Fuente: Infobae

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